Un chico cruza por la noche una calle del centro de Madrid / ep

Relato negro

Una noche cualquiera

«¿Soy un excombatiente en Agfanistan o una gallina?», se dijo Álex...

RAMÓN PALOMAR

Las vibraciones que brotaban desde su estómago nunca le habían fallado. Y su estómago ahora era pulpa esponjosa bailando zapateado de furia flamenca. Alex Navarro, talla media, musculoso sin dar el cante, pelo espeso recortado a lo militroncho, experto en artes marciales y camello de los que recorren la gran ciudad cuando cae la noche para surtir de farlopa a su engolfada clientela habitual, dudaba frente a un edifico de ringorrango situado en un pulcro barrio del centro.

El propietario de la morada le había llamado suplicando. No era un habitual, pero era amigo de uno de sus clientes más fieles. «Por favor, ven, nos hemos quedado sin mandanga y la fiesta está en lo mejor… Por favor, te pago más si hace falta, pero necesito veinte gramos ya mismo…», imploró el menda.

Sonaban las cuatro de la mañana y estaba a punto de regresar a su hogar, pero veinte gramos de golpe le solucionaban la semana, el mes, la vida. Con esa venta podría descansar unos cuantos días. Sin embargo el palpitar de su panza rechazaba esa última trapisonda y él era un tipo prudente, esa era una de las razones de su longevidad en el trapicheo al por menor. «¿Soy un hombre, un excombatiente español en Afganistán, o una puta gallina?», se dijo Alex. Y decidió que era un hombre.

Se ajustó la pequeña automática del 22 en la trasera de los vaqueros y pulsó el timbre. Subió hasta el ático duplex. Abrió la puerta un tipo menudo luciendo camisa fucsia y bigotillo de hilera de hormigas sobre el labio superior. «Soy Esteban, el que te ha llamado, gracias por venir… Tío, nos has salvado la juerga… Pasa pasa…», masculló. Las entrañas de Alex bufaron, resoplaron, se encresparon. No le gustó aquel mozo. Ni su ropa ni el crucifijo de oro que se balanceaba sobre su depilado pecho. Alex, mirada experta de profesional curtido, observó la parroquia: una panda de pijos viciosos en fase terminal de atroz chunda-chunda y reguetón. Minifalderas de contoneo laxo, perezoso. Buitres de medio pelo con aspiraciones de gloria. Amasijo de peña presuntamente guapa amamantada por los papás y las mamás. Andaban de capa caída, necesitaban gasolina y él era el siervo que sujetaba el surtidor del divino polvo blanco.

La concurrencia le taladró desde sus ojos saturados de codicia, todos sabían que él portaba la vitamina que les hidrataría para continuar con su perreo de nenes bien hasta el amanecer o más allá. Odiaba que le mirasen así. Él era un esforzado trabajador de la noche que nutría de golosinas a los espíritus débiles. Él se ganaba el jornal y a nadie obligaba a incrustar su napia contra un gusano de polvo blanco. Le miraban con repelente fascinación y le juzgaban con la condescendencia del nuevo rico. «Ven por aquí, vamos arriba y así concretamos lo nuestro sin estas fieras danzando…», dijo Esteban.

Atravesaron el amplio salón preñado de muebles blancos de diseño como de hospital para millonarios desahuciados. Treparon sobre los peldaños ingrávidos de una escalera anclada contra la pared. Desembocaron en una estancia que parecía el despacho de un mafioso de tercera o de un timador de cuarta. El estómago de Alex gruñó, tembló. Mal rollo. Vibración realmente chunga. No estaban solos. Tres tíos, además de Esteban, yacían desparramados allí sujetando sus copas. Esteban se sentó tras una mesa maciza de médico antañón. «Bueno, saca el material y lo probamos…».

La sesera de Alex emitió chispazos desconfiados. Sus fosas nasales aletearon una, dos, tres veces. Tomó aire antes de soltar un rotundo «NO». Esteban compuso una sonrisa que se transformó en mueca de peluche desmochado. «¿Cómo? ¿Te voy a comprar veinte gramos y ni siquiera puedo probarlo?», cacareó. Alex se rascó la nuca. Aquellos payasos le estaban tocando los huevos. «NO», repitió sin inmutarse. Esteban miró a sus amigos y estos dejaron las copas en ademán de agresividad enlatada. «Pues yo te digo que sí, que sí vamos a catar lo que compramos…».

Alex chequeó la situación. Radiografió el entorno. «Dame la pasta y te doy lo tuyo», deslizó muy tranquilo. Esteban se levantó de golpe y sus compañeros rodearon a Alex. Grave error. Alex pateó los cojones del que se situaba junto a él. Al segundo le hundió la nariz de un derechazo. Al tercero le conectó un codazo contra la sien. El trío, gimiendo, besaba el suelo. Luego sacó su cacharra y la encajó entre las cejas de Esteban. Rápido, limpio, eficaz. «Ahora, por listo, me vas a dar la pasta que estos llevan y también la tuya». Esteban obedeció. Alex recogió el fajo. Cuando se largaba Esteban aulló histérico. Gritó: «¡¡Socorro, nos roban!!». Alex deploró su traición. Le abofeteó con la mano abierta y luego le disparó contra el pie. Esteban selló los labios, no tanto por el dolor sino por el asombro. Alex desapareció con paso firme.

A las siete de la mañana entró en su casa. Le recibió su esposa: «¿Qué tal el turno de noche en la fábrica?». Alex suspiró: «Bah, ya sabes, el muermo habitual... Por lo menos me han pagado las horas extra que me debían… ¿Llevo a los niños al cole? Todavía no tengo sueño…». Su mujer le rodeó con los brazos: «Vale, me encanta que seas tan bonachón, pero abusan de ti, te comes el turno de noche desde hace siglos y eso no puede ser...». El estómago de Alex ronroneó de placer.