La playa de Levante de Benidorm se muestra como diseñada por un aparejador; solo los críos y las pelotas escapan de los cercados, que todo el mundo acata como un dogma.

Benirdorm, la playa ordenada

De arenas parceladas, anomalías temporales y estereotiposque se derrumban

Rosa Palo
ROSA PALO

Escribo desde la terraza del apartahotel. A las cinco de la tarde, suenan las campanas de una iglesia cercana. De repente, Benidorm, envuelto en tañidos, parece un pueblo. Y en esta tarde cálida de verano, pienso que podría llegar a gustarme Benidorm. Nunca lo pensé, y nunca vine; me pesaba demasiado el cliché, el estereotipo de sitio cutre y abarrotado. Pero Benidorm le gustó a Sylvia Plath cuando vino de luna de miel en 1956 y pasó cinco semanas aquí con Ted Hughes; posiblemente, las cinco semanas más felices de sus vidas. Y le gustó a Susana Estrada cuando María Jesús y su acordeón, tras coincidir concursando en 'La granja de los famosos', la invitaron a pasar unos días en Benidorm. Desde entonces, la Estrada sigue viviendo aquí. Y quién soy yo para contradecir a esas mujeres.

A lo mejor me gusta porque el primer Benidorm que veo en mi vida es un Benidorm que no existe, una disrupción en el tiempo. Las playas atiborradas que aparecían en los informativos ya no están, ahora son playas de escuadra y cartabón, de aparejador; playas cuadriculadas en azul; esta es mi parcela y estas son mis lindes. Solo las pelotas y los críos se escapan de los cercados. Para acceder a la playa de Levante hay que reservar cita previa por internet o en alguno de los tres puntos físicos dispuestos para ello. Es curioso entrar en la playa como quien entra en una discoteca. Y todo el mundo lo acepta. Todos, menos los abuelos. «Son los únicos que se quejan. Dicen que ellos viven enfrente de la playa y que están acostumbrados a bajar por las mañanas temprano y a plantar su sombrilla. Protestan todos los días», me dice una de las chicas que controlan el acceso.

No sé si a Iñaki Uriarte, defensor de la playa de Levante, le gustará verla parcelada. A Uriarte ya le chiflaba Benidorm cuando todos abominábamos de este lugar, en especial los que nunca habíamos estado aquí. Reivindicativo, escribía Uriarte en un artículo: «Lo diré de una vez: esta es la mejor playa urbana que hay (y lo dice uno de San Sebastián, que sabe de qué va la cosa). Ni Nizas, ni Conchas, ni Copacabanas. Al menos sí estamos de acuerdo en lo fundamental, en que lo bueno es el sol, un amplia superficie de arena fina y blanca para cada uno, y la posibilidad de darse unos frescos y largos baños. ¿La gente? ¿Por lo que se pregunta es por el 'tipo de gente'? Pues como en cualquier parte. Mayores, jóvenes y niños. De todos los lugares del mundo. La cartera no se les ve». Quién iba a decir que habría una conexión entre Belén Esteban, María Jesús y sus pajaritos y un escritor exquisito. Sentada en la arena, miro alrededor a ver si me encuentro a alguno de los tres; estoy en esa edad en la que lo mismo me vale uno que otro.

«¿Mucha gente? Qué va, cualquier otro año a estas horas no podrías ni caminarpor aquí»

A las siete vuelven a sonar las campanas. Esta vez, son interrumpidas por los gritos de los ingleses. No sé de qué me extraño: lo primero que vimos nada más llegar al apartahotel fue la bandera del Leeds colgando de un balcón. Están bebiendo en la piscina desde las nueve de la mañana. «Los tíos llegan y se piden la primera cerveza antes de registrarse», me dice el camarero, que sigue atónito ante el comportamiento humano a pesar de los años que lleva en el tajo. Yo, al menos, me he pedido la cerveza tras pasar por recepción. Beber después de registrarse es lo que nos separa de la barbarie.

Será por piscinas

La capacidad vocal de los ingleses es mayor que la de Montserrat Caballé: estoy en una planta dieciséis, y los oigo perfectamente. Todo aquí es vertical, demasiado para una tipa con vértigo. A cambio, las vistas. El pueblo aparece cercado por los rascacielos que son, al mismo tiempo, su vida y su muerte. Y las piscinas: nunca he visto tantas piscinas juntas teniendo tan cerca el mar. Piscinas en los hoteles, en las casas particulares, en las urbanizaciones, en las azoteas de los edificios. Un reino de taifas; la originaria individualización del baño hasta que llegó la parcelación de la playa. Este año en régimen de alquiler; el año que viene, no se sabe.

En Benidorm hacemos las cosas preceptivas, de obligado cumplimiento: dar una vuelta por el paseo y llegar hasta el balcón del Mediterráneo. Todo el mundo se quita la mascarilla para fotografiarse. Hay una señora a la que su hija le está haciendo un reportaje: mira a la cámara, pone morritos, mueve la melena rubia, se sienta junto a un cañón, se apoya, coqueta, en la fuente. Después, en la habitación de hotel, subirá las fotos a una aplicación para solteros exigentes. Al contrario que Terelu, que afirma que ya no habrá más hombres en su vida, la señora no ha perdido la fe en el amor; se nota porque mueve la cadera al ritmo de la guitarra española que un prójimo toca sobre un fondo musical de saxo seductor, un crossover entre Kenny G. y Tomatito que convierte el atardecer en un anuncio promocional de la España ochentera. Ojalá la señora ligue esta noche.

El paseo de la playa de Levante está lleno de gente. Hablo con un abuelo que está sentando en un banco, absorto en el mar. Estupefacto, con las cejas en arco de medio punto, me mira como si acabara de haberme visto bajar de un platillo volante cuando le comento que hay más movimiento del que me esperaba.

-«¿Que hay mucha gente? Qué va, cualquier otro año a estas horas no podrías caminar por aquí. No hay nadie».

A treinta

La recepcionista del hotel me ha dicho lo mismo: están a un treinta por ciento de ocupación. Pues si este verano Benidorm está vacía, no quiero ni pensar cómo será a pleno rendimiento. Por eso creí, ingenua, que encontraríamos sitio para tapear en la calle de los vascos. O en la calle del coño: antes de salir de casa me contó Vicente, también embajador de Benidorm, que la calle se llama así porque muchos vascos se encuentra por la zona y se saludan diciéndose: «Coño, Iñaki, qué haces tú por aquí». Pues, coño, hay mucha gente, demasiada para mantener un mínimo de distancia, así que terminamos cenando de plato en un restaurante postinero y mucho menos lleno. A este ritmo, no sé cómo voy a acabar el periplo después de tantos días comiendo fuera. Para eliminar los pensamientos negativos, pido postre. Combatiendo el fuego con el fuego.

Sigo escribiendo. Ahora se oye la voz de un animador de un hotel. Me asomo al balcón: no, es un profesor de salsa que está dando una clase en una plaza junto al Ayuntamiento. Salsa individual, como los sobrecitos de ketchup. ¿Ketchup? Pues ya me ha entrado hambre otra vez. Me meto en internet para buscar algún sitio donde cenar. De repente, recuerdo que no hay wifi en el hotel; dieron la línea de baja durante el confinamiento, y están tardando mucho en volver a instalarla. Tiro del 4G del móvil. Funciona. Que viva la tecnología. Y que me perdone Miguel Bosé.