Nieve y sol en un detalle de 'En febrero, 1908', una obra del pintor suizo Hans Emmenegger.

¿Sabías que...?

El febrero de 30 días y otras curiosidades del mes más corto

Un recorrido por fiestas paganas, reformas del calendario y santos de existencia dudosa

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Los revoltosos amigos del lobo

A febrero, el refranero lo llama revoltoso y loco, por aquello de que un día puede caer la mayor nevada del año y el siguiente amanecer soleado y casi veraniego. Pero, además, los dos adjetivos cuadran muy bien con los orígenes de su nombre, que procede de las 'februas', unas correas utilizadas en las tumultuosas lupercales romanas. En aquel antiguo festival, los adolescentes elegidos como 'lupercos' o 'amigos del lobo' se reunían en una gruta, asistían al sacrificio de un macho cabrío y recibían en su frente la sangre del animal. Después, partía de la cueva una alborotada procesión de lupercos más o menos desnudos que iban golpeando a las mujeres en las manos y la espalda con tiras de piel de la cabra (las correas en cuestión), en un ritual de purificación (conocida como 'februatio') y de fecundidad. La cosa solía desenfrenarse y desembocar en excesos callejeros, que han llevado a una asociación tradicional con el día de San Valentín (que sería una especie de reacción cristiana a tanto libertinaje) y con nuestros carnavales.

Ni un solo cumpleaños

El otro adjetivo que suele aplicar el refranero a este mes que empieza mañana es el de 'corto', y eso no precisa de grandes argumentaciones. Sin embargo, hubo una ocasión en la que el breve febrerillo se igualó con algunos de sus hermanos mayores y tuvo treinta días. Aquel febrero insólito, algo así como un año doblemente bisiesto, ocurrió en 1712 en Suecia, como parte de la transición del calendario juliano al gregoriano. Otros países optaron por cargarse de una tacada el bloque de fechas sobrantes, pero el Imperio Sueco prefirió ir recortando días de manera más gradual, eliminando los 29 de febrero (esa jornada adicional de cada cuatro años) a partir de 1700. Como habían cometido algunos errores en ese proceso de limado, decidieron compensarlos con el 'superfebrero' de 1712. Al final, por cierto, también ellos se saltaron de golpe una buena porción del calendario: en 1753, pasaron directamente del 17 de febrero al 1 de marzo. Los suecos que nacieron aquel 30 de febrero de 1712 jamás pudieron celebrar un cumpleaños en la fecha correcta.

Coros de Santa Águeda en Arratia.

La hora de despertar a la tierra

Febrero, mes invernal, es también el momento en el que se anuncia la primavera inminente, y sus primeros días están bien saturados de festividades vinculadas a esa insinuación del renacer. Los celtas celebraban el 1 de febrero el Imbolc, el 'sabbat' del fuego, cristianizado como el día de Santa Brígida o como la Candelaria. El día 3, San Blas, la tradición española nos recuerda que ya deberían haber regresado las cigüeñas de su migración a las tierras cálidas del sur. Y, en el País Vasco, es tradición salir el día 4 a celebrar la víspera de Santa Águeda, entonando a coro la canción ritual mientras se golpea rítmicamente el suelo con palos o makilas: según algunas interpretaciones, ese bastoneo equivaldría a una especie de despertador pagano, para sacar a la tierra de su letargo invernal.

Bombones de San Valentín en Sri Lanka. / M. A. PUSHPA KUMARA / EFE

Suprimido del calendario

Pero, sin duda, el santo más popular y universal de febrero es San Valentín, inspirador involuntario del multimillonario negocio del amor a fecha fija. Al parecer, su fiesta surgió como alternativa católica al desmadre de las lupercales, pero desde hace décadas presenta una peculiaridad: el Concilio Vaticano II suprimió al bueno de Valentín de su calendario litúrgico, en un intento de limpiar el santoral de figuras imaginarias o de existencia dudosa. Lo cierto es que la fiesta de San Valentín se ha acabado convirtiendo en una especie de tercera vía, comercial y sumamente rentable, tan alejada de la piedad cristiana como de la carnalidad pagana, aunque en los últimos años ha habido algún intento de devolverlo al redil religioso: en 2014, el Papa Francisco quiso celebrar el 14 de febrero reuniéndose con 10.000 parejas de novios.