Los acusadios del caso Ardines, detrás de sus defensores, la acusación y la fiscal.

El juicio del 'caso Ardines' acaba con los supuestos sicarios llorando

Las defensas intentan evitar la condena aferrándose al documental sobre Rocío Wanninkhof

RAMÓN MUÑIZ

El juicio del 'caso Ardines' terminó esta viernes en la parte de las declaraciones e interrogatorios. El lunes será el momento en el que el magistrado-juez, la fiscal y los abogados concreten un objeto de veredicto, esto es, un cuestionario que será entregado al jurado popular para que vayan aclarando qué hechos dan por probados y cuáles no. Esos razonamientos son los que tienen que hacerles desembocar en un veredicto de culpabilidad o inocencia sobre los cuatro acusados. En este caso no hay posiciones intermedias: el fiscal y el abogado que representa a la familia de la víctima concluyeron que los cuatro son culpables y merecen ser condenados a 25 años de prisión, mientras que las defensas mantienen la inocencia de sus clientes. Con el objeto del veredicto definido, todo quedará en manos del jurado popular, al que se aislará en un hotel para que debatan y terminen de inclinar la balanza.

La vista ha estado marcada por el derecho a la última palabra que tienen los acusados. Los dos supuestos sicarios, Djillali Benatia y Maamar Kelii lo aprovecharon para dirigirse al jurado con lágrimas en los ojos y sostener que son inocentes. Pedro Nieva y Jesús Muguruza, presunto autor intelectual y conseguidor respectivamente declinaron intervenir, dejando así que sus letrados hubieran jugado por ellos sus últimas cartas.

«Te lo juro por mis hijos, yo no maté a ese señor», insistió una y otra vez Benatia. «A mí me la ha jugado la Guardia Civil. Todo es mentira, te lo juro», agregó. «Yo no he estado en Asturias. No maté a vuestro familiar», dijo, dirigiéndose a los parientes de la víctima presentes en la sala. La suya es una de las posiciones más complicadas. Cuando fue detenido, el supuesto sicario hizo una declaración ante los agentes y luego otra ante la jueza de instrucción de Llanes en las que reconocía haber participado del plan para acabar con Javier Ardines y descubría toda serie de detalles del mismo. Como en su primera intervención en el juicio, el acusado aseguró que aquello lo dijo presionado. «La declaración no es mía, es forzada por la Guardia Civil», repitió. «Mejor que declares y que te caigan dos años, que si no vas a ir por asesinato y no verás a tus hijos en tu puta vida», aseguró que le contaron. Insistió en que si no denunció las supuestas bofetadas que recibió fue porque «quería proteger a mis hijos como cualquier padre».

Benatia admitió haber sido detenido antes, «en 2003, tenía 23 años. Desde entonces no he cometido ningún delito. Cometí errores de joven, algún robo menor, y lo pagué», argumentó. El análisis de los teléfonos sitúan la noche de autos al supuesto sicario yendo a la casa del otro presunto autor del ataque, Maamar Kelii. «No recuerdo si le pedí 60 euros para irme de fiesta o le pedí material para irme a pescar», adujo. En ese punto las versiones de las defensas colisionaron. Momentos antes el letrado de Kelii, Fernando de Barutell, había mantenido que su cliente pasó aquella noche durmiendo en casa con su mujer, y sugirió que quien respondió al teléfono y bajó a la calle a atender a Benatia habría sido un sobrino, quizás «para fumar un porro». Entra dentro de lo posible que en esa charla en algún momento al sobrino se le escapara el teléfono móvil al interior del coche de Benatia y por eso luego se geolocalizara aquel terminal en Llanes, según defendió un abogado que mantiene que su cliente lo único que sabe es que aquella noche el teléfono lo extravió. «Yo el primer día de juicio perdí una Montblanc y tampoco fui a la policía a denunciarlo», indicó para darle verosimilitud.

Su cliente, Kelii, también hizo uso del turno de última palabra, pero fue más escueto: «Yo no he matado a nadie, soy inocente. Al contrario, agradezco a España que me abrió las puertas, he venido aquí a mejorar mi vida, no a matar a alguien». Su letrado compensó esa escasez de palabras con una exposición de conclusiones abundante, en la que se esforzó en sembrar dudas sobre la investigación. Y ello a pesar de que según manifestó, «nadie hay en esta sala que pueda tener más respeto a la Guardia Civil que quien les habla, tengo un hermano, un primo y un abuelo guardias civiles. En mi casa en Navidad hay guardias civiles, pero honrar a la Guardia Civil no es tragar con todo y decir sí bwana». De Barutell puso en duda el interés de las acusaciones en buscar la verdad recordando que durante el juicio rechazaron su intento de presentar una factura de El Corte Inglés para acreditar que lo que la fiscalía entiende que fue un viaje precipitado a Argelia para huir de los investigadores y pagado a un alto precio (508 euros) en realidad era un billete para tres personas adquirido con anterioridad.

Si no citó al sobrino de su cliente para que aportara su versión fue, adujo, por el tono que estaba empleado la fiscal en los interrogatorios, «casi inquisitorial»; el letrado aseguró que «por secreto profesional» no podía revelar lo que hubiera dicho el testigo pero sí deslizó que «igual nos sorprende a todos». El letrado subrayó que en el registro a la vivienda de su cliente se ocuparon dos botes de spray de pimienta y que los informes periciales han demostrado que su composición mayoritaria coincide con las muestras localizadas en la escena del crimen y que hacen suponer que este material se utilizó para aturdir a la víctima. «Los componentes coincidían mayoritariamente, pero no todos. Si no entendí mal es como si tienes dos 'colacaos' y uno tiene 18 cucharadas y otro dos. La composición es la misma pero no las cantidades», esbozó.

La trama y el conseguidor

Antes que él había presentado sus conclusiones Adrián Fernández, el representante de Benatia, quien recordó al jurado que la ley les impide utilizar la confesión que hizo el cliente en fase de instrucción como sustento de una eventual condena. Sí la podrán leer durante la deliberación gracias a una gestión realizada por las acusaciones. El letrado cuestionó la descripción que los investigadores hacen de su cliente: «Según ellos Djillali es precavido como para apagar su teléfono móvil el día del crimen y tirarlo después, pero va a Llanes en su propio coche, no coge otro, y pasa delante de una cámara porque es imbécil». A su cliente «lo presentan como un tipo con experiencia en el delito, que ya ha pasado noches de calabozo, pero luego es imbécil y se autoinmola» confesando los hechos.

Pero si hay un clavo al que se están agarrando las defensas ese es el documental de actualidad 'Dolores: la verdad sobre el caso Wanninkhof', recientemente estrenado. Tanto Fernández como el letrado que le precedió, Luis Mendiguren, sugirieron al jurado que lo miraran y defendieron que paralelismos con este caso. El crimen de la costa del Sol también fue investigado por los agentes de la UCO y llevó al banquillo a Dolores Vázquez, que resultó condenada por un jurado popular dando por buena la exposición de la acusación y a pesar de que no había prueba directa contra ella.

«Allí se apuntaba a celos, eso me suena. Yo ahí lo dejo», deslizó Mendiguren. El letrado que defiende al supuesto conseguidor de la trama aprovechó también para intentar dar más realismo a uno de los argumentos introducidos durante el juicio. Sostiene el abogado que el viaje que los agentes creen que fue preparatorio de la emboscada a Ardines no se hizo en compañía de Benatia, sino que Nieva y Muguruza iban con un tal Julián, obrero que iba a revisar un tejado. Su nombre nunca antes había sido mencionado y nadie lo citó a declarar, pese a que su hipotética existencia desmontaría parte de la acusación. «Julián existe, vive en Deusto, tenía una empresa en Navarra y cuando salga de aquí Jesús volverán a pescar juntos, no es una cortina de humo», manifestó el letrado.