Las marchas del 8-M el año pasado fueron multitudinarias. / reuters

El virus castigó el exceso de confianza de España

La falsa sensación de seguridad por la lejanía del coronavirus y las experiencias benignas del SARS o el MERS ralentizaron la respuesta del país

ÁLVARO SOTO / MELCHOR SÁIZ-PARDO Madrid

Es un argumento recurrente en las películas de terror: los protagonistas disfrutan despreocupados mientras un monstruo acecha. De repente, alguien se sobresalta porque ha escuchado una pisada, una respiración, pero los demás continúan la fiesta. Y cuando se quieren dar cuenta, ya lo tienen encima y llega la catástrofe.

En enero, febrero y la primera semana de marzo del 2020, España continuó la fiesta. El monstruo, un extraño coronavirus que había asomado la cabeza a finales del año anterior en China, se acercaba sigilosamente, primero avanzando por Asia, luego apareciendo por Alemania, Francia e Italia. A principios de enero, el Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias, entonces un oscuro organismo del Ministerio de Sanidad, con apenas media docena de funcionarios, dirigido por el epidemiólogo Fernando Simón, había comenzado a monitorizar unas raras neumonías en la región china de Wuhan, pero todavía no había motivos para la alarma: estos técnicos están acostumbrados a recibir alertas casi diarias y su labor consiste en discernir las reales de las inofensivas.

La experiencia parece jugar siempre a favor, pero esta vez, y no sólo en España, ayudó al desastre. Las epidemias de SARS (2002) y MERS (2012), dos coronavirus parientes del SARS-CoV-2 que causa la covid-19, se controlaron sin extenderse por el mundo. Y en 2009, la gripe A, que amenazaba con ser la pandemia global que los científicos temían desde hacía tiempo, se quedó en millones de euros desperdiciados en vacunas y antivirales (tamiflú). La paradoja de la prevención: evitar una crisis sanitaria no ofrece réditos políticos directos y puede llevar cuestionar las medidas sanitarias más duras o más costosas.

Occidente pensaba que la covid-19 (la Organización Mundial de la Salud -OMS- bautizó la enfermedad con este nombre el 11 de febrero) sería otro SARS u otro MERS, pero ya había señales que apuntaban en una dirección mucho más peligrosa. El descubrimiento de que se contagiaba de humanos a humanos, los avisos de la OMS o el confinamiento de Wuhan (23 de enero) fueron algunas de ellas.

Y también comenzaba a haber en España indicios de que este virus podría ser más que una gripe. El 24 de enero, el jefe de Prevención de Riesgos Laborales de la Policía, José Antonio Nieto, pidió a sus superiores que compraran mascarillas y guantes. El 28, el Gobierno dijo: «No se puede descartar que aparezca algún caso importado en España». El 30, España asumió las instrucciones de la OMS sobre el control de la temperatura de los pasajeros en los aeropuertos, pero sin test y sin material. Y el 31 de enero de 2020, 21 españoles fueron repatriados desde Wuhan y se detectó el primer caso en el país, un turista alemán en La Gomera. «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado», zanjó ese 31 de enero Simón.

Recortes en la Sanidad

España vivía entonces una falsa sensación de seguridad. Por un lado, el virus parecía estar lejos. Por otro, si había que recibir el golpe, se presumía de un escudo que a la hora de la verdad estaba lleno de agujeros. Los políticos, de todos los colores, llevaban años repitiendo que el Sistema Nacional de Salud era el mejor del mundo. Pero los recortes tras la crisis económica de 2008 habían hecho mella.

La inversión en Sanidad en España (6,4% del PIB) está por debajo de la de los países más avanzados de Europa, la atención primaria se encuentra infradotada, el número de enfermeras es de 5,2 por cada mil habitantes, frente a las 8,4 de media en la Unión Europea y con los recortes se perdieron camas de hospitales. En condiciones normales, el sistema sanitario es eficiente, gracias sobre todo al esfuerzo de sus profesionales. Pero al principio de la pandemia cayó en el abismo, en el colapso, con pacientes en los pasillos, las urgencias colapsadas, triaje para los enfermos y sin respiradores.

Febrero fue el mes perdido. El 12, se suspendió el Mobile World Congress entre las protestas de los políticos, que no veían motivos para tal decisión. El 13 se produjo en Valencia la primera muerte por covid-19 en España, un hombre que venía de Nepal. Pero no se le hicieron pruebas, como tampoco se las hicieron a las decenas de personas que llegaban a los hospitales con tos y fiebre, principalmente, en la última semana del mes.

Sin pruebas para detectar

En Torrejón de Ardoz (Madrid), la ciudad donde se produjo uno de los primeros grandes brotes del país, los profesores de instituto recuerdan que en aquellos días sus clases se vaciaron. Todos pensaron que era por la gripe. Los 2.500 aficionados que regresaron a sus casas tras el Atalanta-Valencia, el 'partido de la pandemia', que se jugó en Milán el 19 de febrero, tampoco supieron en los días siguientes que muchos de ellos se habían contagiado tras haber visitado la zona cero de la pandemia en Europa.

El 23 de febrero, la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología pidió a Sanidad que se hicieran pruebas para buscar la covid-19 a todos los casos sospechosos. El ministerio aceptó el 26. «Cada vez que dejábamos de diagnosticar a un enfermo de covid-19 durante uno o dos días, ese enfermo se pasaba esos días contagiando a otras personas», recuerda uno de los infecciólogos más prestigiosos del país.

En zonas de España como Madrid, Álava o La Rioja, el virus se transmitía exponencialmente y el primer fin de semana de marzo fue la puntilla: partidos de fútbol, ferias de rebajas, mítines políticos como el de Vox y las manifestaciones del 8-M. Probablemente ninguno de estos actos fue el causante de la explosión de casos en España, pero con el tiempo, sí sirven como símbolo para mostrar la lejanía con la que los políticos y la población veían al virus.

A partir del día 9, a la misma velocidad en que los supermercados se vaciaban, todo cambió y se tomaron las primeras medidas de distancia social. El 11 se cerraron los colegios en Madrid y en otras zonas y el 14, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretó el estado de alarma y el confinamiento domiciliario de los españoles. Un estudio de las universidades de Tarragona y de Zaragoza apunta a que encerrarse en casa una semana antes habría evitado 23.000 muertes.

Capitanes a posteriori, acertar la quiniela el lunes... Los defensores de la gestión gubernamental sostienen que nadie podía saber lo que se venía encima, pero los expertos coinciden en que se actúo muy tarde y los responsables sanitarios admiten que se cometieron errores. «Tenemos que aprender a actuar de forma más rápida», reconoció este jueves Fernando Simón. Cuando aparezcan otros monstruos, habrá que estar más atentos a sus pisadas.