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En la madrugada del domingo habrá que atrasar los relojes una hora. Carmelo Armas
¿Se acordó de cambiar la hora?

¿Se acordó de cambiar la hora?

El neurólogo Raúl Amela sostiene que cualquier variación del ritmo biológico afecta al descanso de ciertas personas más susceptibles

Carmen Delia Aranda

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 28 de octubre 2022, 02:00

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En la madrugada de este sábado al domingo, a las 2 de la mañana, hubo que atrasar el reloj una hora para ajustarnos al horario de invierno. Un cambio aparentemente nimio que, sin embargo, puede alterar el descanso de ciertas personas, explica el neurólogo de la Unidad del Sueño del Hospital Insular de Gran Canaria, Raúl Amela.

«En general, nos puede afectar cualquier situación que pueda provocar un cambio en nuestros ritmos. Tenemos unos genes internos que modulan nuestros ritmos biológicos: tenemos una hora para comer, otra para ir al baño y otra para dormir. Una pequeña modificación de esos ritmos puede afectar a personas susceptibles a los cambios, incluso afecta mucho a algunos niños, ancianos y adolescentes que están crónicamente privados de sueño», explica.

ALGUNAS CLAVES

  • Efectos La reducción del sueño causada por el cambio horario en ciertas personas provoca cefalea o falta de concentración

  • Déficit de descanso Los horarios sociales, laborales y biológicos actuales se prolongan y nos privan crónicamente del sueño

  • Cronotipo vespertino En España prolongamos más las jornadas mientras que en Europa central son más matutinos

Este pequeña variación de nuestro cronograma vital, dice Amela, puede «generar una privación parcial del sueño en personas con cierta predisposición a sufrir este trastorno por inmadurez cerebral o algún tipo de enfermedad».

La reducción del sueño a consecuencia del cambio horario puede provocar entre las personas más susceptibles «falta de concentración, dolor de cabeza o incluso mayor accidentalidad laboral o de tráfico», afirma el neurólogo que sostiene que se ha constatado el aumento de este tipo de accidentes en los días posteriores a la variación horaria. «Hay grandes empresas, como Google, que esos días permiten cierta flexibilidad a sus empleados en la hora de entrar a trabajar», relata Amela que recuerda que un estudio añejo constató la reducción de los reflejos en personas sometidas durante dos semanas a una privación del sueño de 20 minutos, reduciendo su descanso a poco más de 7 horas. «Les hicieron el test de coordinación del carnet de conducir y los errores en la ejecución equivalían a dos copas», apunta.

En todo caso, aún se desconoce el porcentaje de población que podría verse afectada por la alteración de su cronobiología. «Las personas más susceptibles son niños, adolescentes y ancianos. Se calcula, según una última estimación, que podría afectar al 15% de la población, pero hay mucha variabilidad en los estudios. El problema -dice el neurólogo- es que hay mucha población crónicamente privada de sueño. Nadie duerme las horas recomendables».

En este sentido, Amela recuerda que una persona adulta en activo debe dormir ocho horas, un anciano, algo menos, siete; un adolescente entre nueve y ocho horas y un niño en edad escolar 9 o 10 horas. Sin embargo, los prolongados horarios sociales, biológicos y laborales actuales nos obligan a privarnos crónicamente de sueño, afirma el experto.

Tampoco el calor, impropio de estas fechas, ayudará a encajar el cambio. «Con el aumento de la temperatura ambiental es difícil conseguir la bajada de temperatura del sueño fisiológico», dice.

Para colmo, el cronotipo predominante en España y los países del Mediterráneos -el horario en el que estamos más activos- es el vespertino, con lo que nos vamos a dormir más tarde que en el centro de Europa, donde son más diurnos.

Raúl Amela, neurólogo de la Unidad del Sueño del hospital Insular. c7

Aún hay quienes tienen problemas para dormir derivados de la pandemia

La Unidad del Sueño del hospital Insular de Gran Canaria aún está atendiendo a pacientes con problemas para descansar desencadenados por la pandemia de coronavirus.

«Durante el confinamiento se dio una situación de mucho estrés físico y psíquico. La ansiedad por la situación anómala y el miedo a enfermar, además de la disminución de la exposición a la luz solar, contribuyó a que muchas personas sufrieran alteraciones del sueño», explica el miembro de esta unidad Raúl Amela respecto a este periodo.

El neurólogo sostiene que estos trastornos son persistentes en el tiempo. «Las cronodisrupciones son procesos muy lentos. Cuesta tiempo en establecerse y en resolverse en muchos pacientes», afirma.

En todo caso, no se ha notado un incremento en la demanda del servicio porque ya está saturado. «Las unidades del sueño, en todas partes, están colapsadas crónicamente. Es la gran asignatura pendiente de las facultades de Medicina y del sistema sanitario», afirma el especialista.

En su opinión, el origen de esta precariedad estriba en que aún no se ha reconocido que «un tercio de nuestra vida nos la pasamos durmiendo y que existen enfermedades propias del sueño».

Según Amela, la sociedad necesita educarse en ese sentido y aportar más recursos a estos servicios que deben atender una necesidad vital de la población. Solo de ese modo, dice, las unidades del sueño dejarán de estar infradotadas. «En las unidades del sueño siempre tenemos unas listas de espera indecentes», lamenta.

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