De frente. Esperanza Berriel (izquierda), Ithaysa Morán (centro) y Vanessa Martín esta semana en la sede de CANARIAS7. Ithaysa y Vanessa han superado su cáncer de mama. Esperanza tiene metástasis en huesos e hígado. Las tres coinciden en aprovechar cada instante de la vida. / CoBER

«Tengo cáncer. Tengo que vivir»

Esperanza Berriel, Vanessa Martín e Ithaysa Morán cuentan a CANARIAS7, coincidiendo con el Día de la lucha contra el cáncer de mama, cómo afrontaron el diágnóstico y lo que supuso para sus vidas y la de sus familias: «El impacto psicológico es brutal», señala una de ellas

Luisa del Rosario
LUISA DEL ROSARIO Las Palmas de Gran Canaria

El trabajo, la casa, los hijos... vivimos como si el tiempo fuera infinito, como si no tuviéramos fecha de caducidad, como si la vida fuera eterna y no nos doliera perder el tiempo. Hasta que un día una enfermedad te recuerda que la muerte existe. «Tengo cáncer, tengo que vivir», es lo que pensó Esperanza Berriel (48 años). Padece un tumor de mama con metástasis en estadio 4. Se lo diagnosticaron en abril de 2017, tras siete meses renqueando por un dolor en la ingle. « Mi vida cambió totalmente, fue un cambio radical. Después de 25 años de casada me divorcié. Empecé a hacer cosas que no me atrevía. Me hice valiente porque tenía que aprovechar el tiempo».

Vanessa Martín (40 años) entiende bien de lo que habla Esperanza. A ella también le diagnosticaron un cáncer de mama. Fue el 20 de noviembre de 2020. Hoy lleva un año sin tratamiento pero sigue aferrada a la vida porque la enfermedad también la sacudió. «Es un proceso vital. Te das cuenta de que necesitas vivir y lo demás es un adorno. Pones las prioridades en su sitio. La enfermedad te obliga a cuidarte. Un cáncer es un máster de vida» afirma. Y, al mismo tiempo, la paradoja, continua Vanessa, es que sientes «alivio» porque es como si «tuvieras una carta roja para parar».

Y parar, precisamente, es lo que no hacía Ithaysa Morán (43 años). «Yo estaba muy ocupada para ir a revisiones. Tenía mi empresa, mis hijas, la casa... No tenía tiempo para ir al médico», reconoce.

«Pones las prioridades en su sitio. La enfermedad te obliga a cuidarte. Un cáncer es un máster de vida»

Vanessa Martín

Su diagnóstico de cáncer de mama, el 22 de febrero de 2021, tuvo «un impacto psicológico brutal». De hecho, insiste, durante todo el proceso lo más complejo ha sido ese «golpe psicológico» más que el «físico».

Los efectos en la familia

Ithaysa reconoce que estuvo a punto de «perder» a su familia y que incluso su hija pequeña, que entonces tenía 4 años, sufrió «retrocesos en su proceso de desarrollo» por culpa de su enfermedad. Hoy recuperada -acaba de pasar una revisión-, echa la vista atrás y comprende lo difícil que es enfrentarse a una enfermedad así no solo desde el punto de vista individual sino por las consecuencias que tiene en la convivencia familiar.

Las tres coinciden también en criticar la imagen «idealizada» que se da del cáncer en esas estampas de «familia feliz y unida» que se muestran en redes sociales. «No es verdad, no es verdad», insiste Ithaysa, porque para la familia también es un «mazazo» que pone todo patas arriba.

«Me preguntó una amiga que cómo era capaz de tomarme así las cosas y le dije: te llevo un cáncer de ventaja»

Ithaysa morán

Esperanza comenzó con un dolor en la ingle y pasaron algunos meses hasta que le detectaron el cáncer de mama que se ha extendido a los huesos y el hígado. Tuvo que operarse y tiene una prótesis en la pierna izquierda que la hace «cojear» un poco. «Mi cáncer, al ser crónico, es una carrera de fondo. Voy probando tratamientos nuevos», comenta sin perder la sonrisa. Yo creo que «la vida te susurra, te habla, te grita o te golpea», así que ahora, afirma, «vivo el día a día, sin pensar».

Vanessa Ithaysa Morán (centro) y Esperanza Barriel (detrás). / COBER

Con su diagnóstico, reconoce Esperanza, también sufrieron sus hijos, especialmente el pequeño, que entonces tenía 11 años. «Le decían que su madre se iba a morir», dice Esperanza rompiéndosele el alma. Pero hasta eso ha sido capaz de superarlo junto a su hijo. Por eso sigue mirando al futuro con optimismo, «sin perder el tiempo» porque es precisamente lo que no quiere que se le escape.

Seguir un tratamiento contra el cáncer tampoco es sencillo. «Se te cae el pelo, pierdes peso, aparecen las ojeras... pero al final lo que menos te importa es la decadencia física. Te estás viendo muerta, pero es que lo que te cura te hace ver tu peor parte. Es supervisible. En mi caso me mantuvieron los pechos, pero supongo que sería peor trago perderlos», confiesa Vanessa.

«Es acojonante pensar que no vas a ver crecer a tu hija»

Ithaysa señala que a ella el tratamiento le «tiró a la cabeza». También perdió su negocio «y casi pierdo a mi familia», dice. Durante su enfermedad se trasladó a casa de sus padres porque su pareja se resintió. En ese sentido Ithaysa reclama más atención psicológica, no solo para quienes tienen la enfermedad, sino para las familias, porque nadie entiende qué es lo que pasa ni cuanto puede afectarles. Esperanza explica que ella ha tenido la suerte de contar con apoyo de psicólogas, pero no llegan a todo el mundo. Vanessa se organizó por su cuenta e incluso empezó a hacer yoga. Ithaysa cree que hacen falta más medios para comprender qué te pasa ante la enfermedad y que lo asuma también la familia. «Ves monstruos, te ves muerta. Es acojonante pensar que no vas a ver crecer a tu hija». Pensamientos recurrentes que afectan a el estado de ánimo. Y, además, te «sientes» y «quieres» estar sola. «Es la enfermedad de la soledad. Quieres estar sola, sin que te molesten. Me molestaba hasta que mi marido doblara la ropa delante de mi», confiesa mientras Vanessa y Esperanza asienten con la cabeza.

«Mi vida cambió totalmente, fue un cambio radical. Me separé y empecé a hacer cosas que no me atrevía»

Esperanza Berriel

Ninguna de las tres se siente identificada con la palabra «lucha». «La odio» dice Ithaysa. Porque en realidad no lo es y se da una imagen distorsionada de lo que sienten las y los pacientes de cáncer. Es más, Vanessa cree que es lo contrario de una lucha, que ante el cáncer «debes bajar los puños para que el tratamiento tenga su efecto».

«Si hay que llorar, se llora»

«No es una lucha, es lo contrario. Es dejarse llevar. Es como surfear en las olas. Si te resistes, si luchas, te cansas. Así que no tienes que resistirte. Solo tienes que confiar», dice Vanessa. «Y si hay que llorar, se llora», apunta Ithaysa, porque también hay momentos en los que es necesario dar rienda suelta a los sentimientos.

Durante el tratamiento igualmente se requiere otra palabra: «Es mucho de aguantar». Las tres coinciden en que no les gustan las miradas «de pena» que a veces se reciben por parte de la gente cuando ven a una mujer calva o con turbante o peluca para disimular la caída del pelo. «Yo iba camuflada para no notar la compasión», afirma Vanessa. Hoy su hermana pequeña, también con diagnóstico de cáncer de mama, «va calva», dice con orgullo. «Y es tan diferente su sonrisa a cuando se ponía turbante que mejor así», comenta.

No hay una segunda vida

Esperanza se atrevió con el rojo en los labios cuando ya sabía que tenía cáncer de mama con metástasis. «Es una tontería, pero antes no me atrevía a hacerlo», dice con una sonrisa.

«Nadie tiene una vida guardada en el bolsillo, vivimos con ese lujo, por eso nos tomamos las cosas así e incluso te enfadas por estupideces», apunta Vanessa, Ithaysa afirma con la cabeza. Ahora, dice, se toma la vida de otra manera. «El otro día una amiga me contaba algo y la rabieta que había cogido por eso y yo le decía que eran boberías. Me preguntó que cómo era capaz de tomarme así las cosas y le dije: te llevo un cáncer de ventaja».