El pino canario, más fuerte que el volcán

A prueba de erupción. Esta especie autóctona lleva conviviendo con los volcanes unos 13,5 millones. Esta circunstancia le ha permitido desarrollar mecanismos para resistir a los procesos eruptivos

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Las Palmas de Gran Canaria

Los pinos que se encuentren en medio de las coladas morirán, porque su sistema radical está sepultado. Los que hayan sido enterrados por una lluvia de piroclastos a temperaturas muy altas, también. Pero aquellos que estén pelados, sin una sola rama y fuera de las coladas volcánicas, pese al daño causado por los piroclastos y la ceniza, sobrevivirán». Así lo asegura el biólogo y doctor ingeniero de Montes, Luis Gil, quien ha estudiado la resistencia a las altas temperaturas del pino canario y ha constatado que esta cualidad se debe a su adaptación a la naturaleza volcánica de las islas. «Su resistencia es increíble, pero el pino canario lleva conviviendo con las erupciones volcánicas entre 12 y 14 millones de años. Eso permitió que surgiera esta adaptación», señala el experto que en 2013, junto a Inés González, publicó el libro 'Historia del paisaje forestal de las Islas Canarias' que recogía este hallazgo.

La gran diferencia de esta especie autóctona frente a otras es que presenta una abundante parénquima axial -células de reserva que se agrupan en paralelo al eje del tronco- capaces de acopiar un arsenal de sustancias de reserva. «Estas células vivas no existen en los pinos peninsulares y son las que hacen que puedan rebrotar rápidamente después de soportar altas temperaturas», señala Gil.

Esta capacidad de resurgir de las cenizas fue constatada en un estudio de las poblaciones de pino canario cercanas del cráter de Hoyo Negro, situado en la fisura eruptiva del volcán San Juan de 1949, también en La Palma. Los pinos más próximos al cono volcánico, de los que solo quedó el tronco pelado, como atestiguan las fotografías, rebrotaron con el paso de los años.

«Esta supervivencia del pino canario no surgió por su adaptación al fuego. En las Islas Canarias el fuego no constituye un factor ecológicamente importante», apunta el experto.

Gil basa esta teoría en que el origen natural del fuego son los rayos pero, en el caso de Canarias, siempre van acompañados de lluvia, lo que no ocasionaría incendios. «Mientras que en la península Ibérica, las masas forestales se ven afectadas por los rayos en las tormentas secas, en Canarias este tipo de tormentas no se dan y los rayos siempre ocurren en condiciones de lluvia», subraya. Esta circunstancia descarta el fuego como origen de la adaptación del pino a las altas temperaturas. Una capacidad que se pone de relieve cada vez que un pinar canario sufre un incendio causado por la intervención humana y, a los pocos meses, vuelve a rebrotar. «Esto ocurre por su adaptación al volcanismo. Los pinos cercanos al cráter se quedan como postes y quedan afectados por la cara que mira al volcán, pero no lo están en la cara contraria», explica el catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid que ya ha recibido imágenes de pinos del entorno del volcán de Cabeza de Vaca, como la que figura sobre estas líneas, donde se aprecia un pino tronchado por la erupción que ya presenta sus primeros brotes.

Estos ejemplares podrían correr la misma suerte que los estudiados en La Palma por Gil. «En el Hoyo Negro hay un rodal con un grupo de ejemplares que ha sufrido varias erupciones históricas. Los pinos canarios tienen la capacidad de vivir más de un millar de años. Si no los hay en Canarias, es porque fueron eliminados por sus habitantes para producir la brea que se usaba en el calafateo de los barcos y para la explotación de la tea, su resistente madera. El pinar llegaba hasta cerca de la costa. Salvo en las zonas más azotadas por los alisios, propias de la laurisilva, el resto era pinar», asegura este experto en la historia forestal del archipiélago. Los pinares, cuenta Gil, estaban presentes incluso en Lanzarote y en Fuerteventura, pero estas reducidas poblaciones desaparecieron por completo por la intervención humana, mientras que en Gran Canaria la masa forestal de los pinares sufrió una reducción muy importante.

El especialista entiende que esta erupción servirá para constatar nuevamente la asombrosa resistencia de los pinares autóctonos y apreciar su capacidad de regeneración. «Es una oportunidad positiva para que la gente de las Canarias considere el pino canario como una especie de un gran valor», señala Gil quien entiende que este tipo de conífera se califica como una especie menor, sobre todo en relación a la apreciada laurisilva.

En su gran mayoría, los actuales pinares son fruto de las repoblaciones y la reordenación forestal realizadas entre los años 40 y 80 del pasado siglo, por ello son poblaciones jóvenes. Si los pinares más antiguos no hubieran sido talados para su explotación en los siglos posteriores a la conquista, el paisaje sería totalmente distinto, con pinos que podrían alcanzar gran altura. «Hay un ejemplar antiguo que permanece en Vilaflor, en Tenerife, con casi 60 metros de altura», explica Gil, cuyo mayor deseo es ser testigo de la recuperación de los pinos de Cabeza de Vaca.