La pequeña Mimi perdió a su padre y a su madre en el último naufragio. / EFE

Una niña con mono azul: Historia de otro naufragio

La pequeña Mimi perdió a sus padres durante la travesía en patera del último naufragio documentado y que tuvo lugar el pasado martes a 245 kilómetros al sur de Gran Canaria

EFE (JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ) Las Palmas de Gran Canaria

Quizás no fue consciente en ese momento, porque era medianoche y solo distinguía brazos agitándose a la desesperada, siluetas recortadas durante unos segundos por la luz del foco del barco y todo eran gritos, chapoteo, caos... pero en cuanto un marinero tiró de ella hacia la cubierta de la Guardamar Calíope, Mimi supo que había perdido a mamá y a papá.

Solo 36 personas de las 61 que iban en su patera seguían a flote cuando el barco de Salvamento Marítimo llegó poco antes de la 1.00 de la madrugada del martes pasado al punto del Atlántico donde se encontraban, a 245 kilómetros de Canarias. La Guardamar navegaba hacia ellos desde al menos ocho horas antes, en respuesta a las llamadas de ayuda efectuadas por sus ocupantes desde que se dieron cuenta de que estaban perdiendo el rumbo y derivaban hacia el sur.

El resto se ahogó en la oscuridad de la noche cuando su barca se dio la vuelta de forma súbita mientras ya celebraban que tenían a la vista el buque de rescate, porque distinguían sus luces acercándose en el horizonte, aunque todavía no se hubieran dado cuenta de su presencia los marineros de Salvamento ni las otras 80 personas que iban en ese momento a bordo de la Calíope, procedentes de dos neumáticas auxiliadas de camino a donde ellos se hallaban.

Solo se recuperó del agua un cadáver, una mujer. Los otros 24 pasajeros de la patera se hundieron para siempre en el océano, entre ellos F. y D., dos emigrantes marfileños que habían embarcado en esa patera la víspera en Cabo Bojador con su hija, Mimi, de 11 años.

Las causas del naufragio están aún bajo investigación, pero es una historia que se repite en la Ruta Canaria y allí donde alguien se aventura a cruzar el mar con medios más que precarios: parece que una reacción nerviosa de sus ocupantes al ver tan cerca la ayuda, luego de tantas horas de angustia en alta mar, provocó que volcaran.

Es lo que han contado algunos de los supervivientes al personal de emergencias que les atendió y lo que sugiere también la última llamada que pudieron hacer con un teléfono satelital al colectivo Caminando Fronteras, en la que dieron de nuevo sus coordenadas y dijeron que ya veían el barco de Salvamento. Fue su último mensaje.

Las horas de navegación hacia el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, resultaron dolorosas. Mimi no era la única que había perdido a su familia aquella noche en el vuelco: uno de los médicos presentes en el muelle ha relatado a Efe cómo una mujer se lamentaba entre lágrimas de que su bebé se le había escurrido de las manos cuando cayeron al agua. En la oscuridad, ya no lo pudo encontrar.

Según los datos que las autoridades disponen sobre cuántas personas habían embarcado en esa patera, facilitados por las familias a través de Caminando Fronteras, aquella noche murieron siete bebés, una docena de mujeres y cuatro o cinco hombres.

Para algunos de los que vivieron el naufragio desde la cubierta de Calíope el espanto fue doble, ya que se sospecha que en una de las dos zódiac rescatadas previamente también murieron algunas personas. De hecho, otro niño contó esa misma mañana en el muelle de Arguineguín al pediatra que le asistió que su madre se había caído por la borda al poco de salir debido a un golpe de mar.

El niño narraba con una tristeza que heló el cuerpo a los sanitarios que durante unos minutos oyó a su madre llamarle, pero no se pudo hacer nada. Simplemente se quedó atrás, en el mar.

Entre las 116 personas que descendieron al muelle desde la Guardamar Calíope, era fácil distinguir a los supervivientes del naufragio. Todos vestían los monos azules que los marineros de Salvamento les habían ofrecido para que tuvieran algo de ropa seca con la que abrigarse: 24 hombres, once mujeres y una menor. Mimi.

Estaba en shock, la mediadora de la Cruz Roja que le ayudó en esos primeros instantes en tierra solo le pudo arrancar su nombre, poco más. Por sus compañeros supieron que había perdido a sus padres.

La pequeña está ya bajo tutela del Gobierno de Canarias, en un centro con experiencia en ofrecer ayuda a huérfanos de las pateras, donde convive con otros menores africanos sin familia en las islas.

Sus únicas sonrisas hasta la fecha se las dibuja Papi, un niño más pequeño que ella, que llegó dos semanas antes, de la misma forma. Para ambos, encontrarse ha sido una sorpresa, ya que se conocían de antes de embarcar, y también una bendición a los ojos de sus cuidadores, porque se están apoyando la una en el otro, han relatado a Efe fuentes de la Dirección General de Protección a la Infancia.

Mimi todavía ignora que se ha tejido a su alrededor toda una red de complicidades que ha localizado en Francia a una familiar suya. Los psicólogos que asesoran en su tutela están esperando a que cualquier emoción, por menor que sea, «la rompa», libere el duelo que todavía no manifiesta y le aporte algo de estabilidad.

Llegado el momento, hablará con su tía por videoconferencia y, si las circunstancias lo permiten, se reunirá con ella en Francia o con los parientes que la reclamen. Mientras todo se resuelve, probablemente le asignen una familia de acogida en Canarias, para que su vida vuelva a ser la de una niña de 11 años.