Vendedores de pescado en un colorista mercado de Diffa, localidad situada al sureste de Níger. / AFP

Millones para premiar... la honradez

El galardón mejor dotado 4,2 millones y una renta vitalicia para el presidente de Níger. Su mayor mérito, no cambiar la Constitución para asegurarse la reelección

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

Mahamadou Issoufou es el mejor expresidente de África. El máximo dirigente de Níger ha sido galardonado con el Premio Ibrahim, reconocimiento anual a la mejor gobernanza en todo el continente. La Fundación Mo Ibrahim, impulsora de esta iniciativa, ha tenido en cuenta que, durante estos últimos diez años al frente del país saheliano, el índice de pobreza del país ha descendido del 48% al 40% y que se han incrementado las oportunidades socioeconómicas de las que gozan ahora las nigerinas. También que el político ha respetado la duración de sus mandatos y no ha cambiado la Constitución para perpetuarse en el poder, tal y como han venido haciendo sus colegas más cercanos. Las virtudes de Issoufou radican, fundamentalmente, en ese respeto legal, y también, sin duda, en que el galardón no se había concedido desde hacía cuatro años. La buena gestión pública no abunda al norte del Mediterráneo y una rara avis a partir de su orilla meridional.

El prestigio no lo es todo en el ámbito de la política. Los estadistas, como seres humanos que son, también pueden precisar de otro tipo de incentivos para dar la talla que se les presume. Mohammed 'Mo' Ibrahim, creador de la entidad que concede el premio, también lo ha dotado de un formidable estímulo económico como aliciente para sus futuros beneficiarios.

La generosidad de la recompensa no tiene parangón. Desde 2007, año de su creación, el merecedor de semejante honor, ya licenciado de su función, recibe el pago inicial de 5 millones de dólares (unos 4'2 millones de euros), una asignación anual y vitalicia de 200.000 (en torno a los 170.000 euros) y otras partidas para proyectos de desarrollo. Posiblemente, se trata del premio mejor dotado del mundo. Pero, a lo largo de sus catorce años de existencia, tan sólo se ha adjudicado en siete ocasiones.

Las ediciones desiertas revelan una realidad desalentadora. La clase política africana parece empeñada en perpetuar todas las lacras que impiden la consolidación de un Estado de Derecho. El último informe de la ONG Transparencia Internacional apunta a África Subsahariana como la región más corrupta del planeta, sólo por detrás de Europa del Este y Asia Central.

Depredadores coloniales

El trópico no influye en la calidad de sus dirigentes. El nepotismo y la malversación de fondos públicos no surgen tras la independencia. Las prácticas depredadoras remiten al periodo colonial, cuando las metrópolis forman élites serviles, pero no cuadros que asuman una Administración moderna. Además, también fomentaron las disidencias internas para impedir resistencia a su poder, caso del conflicto entre hutus y tutsis, y no establecieron un sistema de educación que consolidara una sociedad civil crítica con sus autoridades.

La clase política nativa mantuvo el espíritu de los antiguos capataces. Francia nunca abandonó realmente sus antiguas posesiones, donde poseía importantes intereses económicos. El Elíseo siempre ha mantenido una actitud comprensiva con los dictadores de su esfera política mientras le fueran útiles. Ellos gozaban de su apoyo y todos obtenían un provecho. El presidente centroafricano Jean Bedel Bokassa se proclamó emperador en 1976. Tres años antes de emular a Napoleón regaló diamantes a Valery Giscard D'Estaing, el jefe del ejecutivo parisino. Posteriormente fue acusado de antropofagia y depuesto con ayuda gala. París tiene un límite.

Urnas. Mahamadou Issoufou vota en un colegio electoral en Níger tras completar dos legislaturas. / EFE

El descubrimiento de importantes recursos naturales, fundamentalmente petróleo y minerales tan preciados como el coltán, también ha generado graves problemas desde el punto de vista ético. Gobiernos de todo el mundo y multinacionales, a menudo ajenas al escrúpulo, han favorecido la permanencia de acólitos bien acomodados en las poltronas presidenciales. Antiguos guerrilleros considerados padres de la respectiva patria se han convertido en dirigentes vitalicios y sus hijos en delfines destinados a perpetuar dinastías de facto. Alí Bongo gobierna Gabón desde hace 12 años, cuando falleció Omar, su padre, que había permanecido 42 a cargo de la jefatura de este país, rico en materias primas.

El poder encanalla incluso a antiguos marxistas como los revolucionarios del ZANU-PF, transformados en la oligarquía depredadora de Zimbabue desde hace más de cuatro décadas. La tentación también envilece a los combatientes del 'apartheid' sudafricano, hoy denominados 'black diamonds' por el color de su piel y el tren de vida del que gozan. Su ex presidente Jacob Zuma se enfrenta a 783 cargos por corrupción, una cifra que le aleja del premio Ibrahim, pero que, seguramente, lo acredita para algún tipo de récord Guinness de dudosa catadura.

Al detalle

  • 5.000 euros es el importe con que está dotado el Premio Carlomagno, al que acompaña una medalla con la imagen del emperador y un certificado a quien promueve el desarrollo en Europa. El Ibrahim asciende a 4,2 millones e incluye una renta vitalicia.

  • El soborno, moneda de cambio habitual Diez de los veinte países más venales del planeta se encuentran en el continente africano.

  • 1.100 millones de dólares es la cantidad a la que asciende la fortuna de Mohammed 'Mo' Ibrahim. El magnate se ha sumado a la campaña filantrópica 'The Giving Pledge', promovida por Warren Buffett y Bill Gates, y donará la mitad a obras de caridad.

Ni siquiera aquellos que cuentan con las mejores credenciales son ajenos a la violación de los derechos humanos. Las recientes protestas en Senegal, el único país africano que nunca ha sufrido un golpe de estado y modelo de democracia en el continente, se han saldado con la muerte de siete manifestantes.

La diáspora supone un factor decisivo para la regeneración de sus países de procedencia. Además de enviar remesas para sostener a sus familias, actúan como caja de resonancia en Europa y Norteamérica de los males de las tierras de origen y promueven iniciativas para el desarrollo social y económico.

Un club exclusivo

Mohammed 'Mo' Ibrahim, un ingeniero sudanés que emigró a Inglaterra, ejemplifica este carácter. El considerado 'hombre negro más poderoso' de Gran Bretaña creó a finales de los ochenta una empresa de telecomunicaciones que ejerció como operador de telefonía móvil en África con el nombre de Celtel. La venta de la firma al grupo Zain en 2005 le proporcionó una inmensa fortuna, aunque antes de la operación había distribuido el 30% de sus acciones entre sus empleados.

La monitorización de la vida política del continente ha constituido el objetivo de la Fundación Mo Ibrahim, establecida tan sólo dos años después de su exitosa operación financiera. La entidad puso en marcha el Índice Ibrahim para la Gobernanza Africana (IIAG) que mide la provisión de bienes y servicios públicos en cada estado, un termómetro basado en datos objetivos y no en opiniones y prejuicios políticos, tal y como ha declarado su promotor. La lista está encabezada actualmente por Mauricio, Seychelles y Cabo Verde, tres pequeñas repúblicas insulares. Además, la institución ofrece becas en las universidades británicas para la formación de los futuros líderes.

La llegada de Mahamadou Issoufou al exclusivo club de los políticos sin mácula resulta sorprendente, ya que supone un decidido espaldarazo a un régimen cuestionado. El Premio Ibrahim proporciona credibilidad a un dirigente que pareció carecer de estrategia para luchar contra los yihadistas causantes de desplazamientos masivos en el sur y oeste del país; o impedir los tráficos ilegales de personas, drogas y armas, que cruzan habitualmente el país, un inmenso desierto. Además, la victoria de su sucesor, miembro del mismo partido, fue calificada de fraude electoral por sus rivales.

El galardonado ha asegurado en las redes sociales que el premio es de todos los nigerinos. Aunque de ahí a repartir su dotación con sus compatriotas haya un trecho.

Nelson Mandela... y el resto

Posiblemente, nunca un candidato al Premio Ibrahim ha suscitado menos controversia que Nelson Mandela. Su sacrificio personal, la lucha contra el régimen segregacionista de Sudáfrica y el periodo como gobernante, lo acreditaron como el primer ganador de este galardón. Junto a él fue reconocido Joaquim Chissano, primer presidente de Mozambique tras el final de la guerra civil.

El perfil de los siguientes galardonados resulta similar. Se trata de políticos procedente de países sin gran relevancia internacional, con poblaciones relativamente pequeñas e importantes recursos naturales que han permitido gobiernos sin excesivos conflictos. La elección de Festus Mogae, de Botswana, Hifikipunye Pohamba, de Namibia, y Pedro Pires, Cabo Verde, no permite controversias, aunque la realidad de estos países también está marcada por la existencia de profundos abismos sociales por la diferencia de renta o la exclusión de minorías, caso de los bosquimanos en la primera república.

La elección de la liberiana Ellen Johnson Sirleaf en 2017 venía avalada por la concesión del Premio Nobel de la Paz, pero su aportación se encuentra en entredicho. Su condición de primera mujer que accede a la jefatura del Estado en un país africano resultó mucho más determinante que sus aciertos como gestora. Incluso hubo una campaña para retirarle el galardón obtenido en Oslo cuando se pronunció a favor de la criminalización de la homosexualidad.