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Miguel Planas en la terraza de la quinta planta del hospital Insular. cober

Miguel Planas: «Sin medios, estoy destinado a vivir en el hospital»

El joven con tetraplejia es un ejemplo de cómo el sistema ofrece una respuesta insuficiente a los grandes dependientes. Su sueño, volver a casa tras tres años ingresado en el Insular

Carmen Delia Aranda

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 23 de diciembre 2022

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El 7 de marzo de 2020, cuando tenía 27 años, Miguel Planas perdió la movilidad en una caída, pero sus ansias de tener una vida plena siguen intactas. «El accidente cambió mi vida. De repente no podía moverme y tenía un respirador. Encima fue aún más duro por las restricciones de las visitas al hospital por la pandemia. Pasé muchísimo tiempo solo. Fue difícil», recuerda el joven con tetraplejia que, desde entonces, vive en el hospital Insular de Gran Canaria por carecer de recursos para adaptar su casa y contratar auxiliares.

Su aspiración es tener una vida cotidiana lo más normalizada posible y ceder su cama en la Unidad de Lesionados Medulares a un paciente que la necesite.

Por eso, el próximo 4 de enero una gala solidaria en la que tomarán parte 16 artistas, desde Arístides Moreno a Quevedo, recaudará fondos para su causa.

En estos tres años residiendo en la quinta planta del Insular ha tenido tiempo de reflexionar.

«Un hospital no es un lugar para vivir ni plantearte una vida a largo plazo. Estar aquí tiene muchas limitaciones que una persona no tiene en su día a día. Puede ser una bobería pero, por la rutina del hospital, no puedo salir por la mañana», dice Planas que en estos tres años ha aprendido a dominar la tablet y a conducir con la boca su silla eléctrica.

«Manejar la tablet con el control por voz -que me permite usar todas las funciones; correo, whatsapp, redes...- ha supuesto para mí un cambio abismal porque antes lo que más me preocupaba era superar cada día sin angustia, sin depresión, sin ansiedad por estar metido entre cuatro paredes. La tablet me ha permitido conectar con personas, conocer a mucha gente, dar a conocer mi historia y recibir mucho feedback. Me comentan que mi actitud les sirve a ellos de inspiración», dice satisfecho Planas que hasta su percance era instructor de parkour.

«Mi actitud ante la vida y mi espíritu ante el accidente lo achaco a los valores de la actividad que practiqué durante 12 años». Y es que el joven ha pasado de volar saltando entre muros y paredes a enfrentarse a otro tipo de obstáculos con el mismo ímpetu.

«Al principio es un shock. Tienes tus metas, tus ambiciones, tu plan de vida... Y todo se viene abajo. Hay que lidiar con eso, ser capaz de reinventarte y volver a buscarle un sentido a la vida. Algo que, en cierto momento, perdí. Llegué a sentir que mi vida no tenía sentido», confiesa el joven que no ha desfallecido gracias al respaldo de su principal pilar, su madre, Ana Fernández. También ha recibido el aliento de «personas increíbles» como una gran amiga que lo espoleó cuando estuvo cerca de la derrota física y emocional, y su hermano lo ha orientado para darle un nuevo sentido a sus días. Además, el personal del hospital, para el que él y su madre solo tienen palabras de gratitud, lo ha hecho sentirse arropado. «Muchas enfermeras se han convertido en mis amigas y con muchas de ellas he salido a hacer planes; al cine, a Las Canteras, a tomar algo, a cenar...», dice.

En su retiro hospitalario se ha percatado de que hay otras personas en la misma situación que él, incluso en su misma planta. Es el caso de Hugo, un chico tinerfeño de 16 años que sufrió una lesión medular y no puede regresar a su isla por falta de recursos. «Tiene toda la vida por delante y derecho a sentirse realizado y encontrar una motivación», dice. También es consciente de que hay cerca de 80 personas en el Insular con alta hospitalaria, la mayoría ancianos, que no disponen de recursos y apoyo para marcharse. «Me siento un poco responsable y con capacidad para darles voz», cuenta.

Injusticia evidente

Solo echando un vistazo a la prensa, Planas ha encontrado una fiesta de altos funcionarios que costó 500.000 euros, 1 millón de euros para renovar los móviles de los diputados, 5 millones para las vacaciones de los funcionarios del Banco de España y 3,2 millones de viviendas vacías... «Me da rabia, pero a la vez me motiva para que la gente vea la injusticia», confiesa.

«No puede ser que a las personas con limitaciones físicas el sistema nos limite más todavía. Tengo 30 años, me considero una persona joven que aún puede hacer cosas y sentir que puedo aportar», dice rotundo el exgimnasta que percibe una pensión de gran incapacidad de 1.000 euros y 125 euros para ayuda a domicilio. «Un auxiliar de ayuda a domicilio cobra unos 25 euros a la hora. Con ese dinero me da para cinco horas», calcula.

«No tengo casa adaptada ni recursos económicos para afrontar este gasto. La conclusión es que estoy destinado a vivir de forma permanente en el hospital porque no me dan otra solución. Gracias a la buena gente estoy consiguiendo ayuda, cuando debería ser el gobierno el que solucionara esta situación», dice.

Miguel con su madre, Ana Fernández.
Miguel con su madre, Ana Fernández. cober

Al escucharlo su madre llora de impotencia. Interviene para resaltar que las leyes de discapacidad y dependencia de Canarias, España y Europa contemplan esta cuestión como un derecho básico y que existe un un apartado para casos extraordinarios, como el suyo, además de fondos europeos para discapacidad.

«Si él y otras personas viven en esta planta es porque no hay voluntad política ni ganas de arreglarlo», se queja Ana Fernández, que tiene muy presentes las palabras pronunciadas por el presidente de Canarias, Ángel Víctor Torres, en una emisora de radio en las que se comprometía a buscar una solución al joven.

Rutina hospitalaria

La vida de Planas se ajusta a un guion. El día empieza con fisioterapia para movilizar las articulaciones y tórax. Le aspiran con una máquina las secreciones en el tubo de la traqueotomía. Revisa correos y mensajes. Después del desayuno, dos personas lo duchan, lo visten y lo sientan en la silla con una grúa. Media hora de rehabilitación en el gimnasio y luego, a terapia ocupacional. «No hago terapia, pero me gusta hablar con los pacientes y los terapeutas», aclara. A la 1 le dan de comer. Lo vuelven a acostar. Allí lee, escucha audiolibros sobre filosofía, psicología y crecimiento personal o hace vídeollamadas hasta las 5, cuando toca merienda y lo trasladan a la silla. A las 8 llega la cena y, después, lo mueven a la cama, relata.

Solo puede recibir la visita de tres únicas personas; dos que pueden acompañarlo las 24 horas y una tercera, de 1 a 5 de la tarde. Sale un par de veces a la semana. Siempre por la tarde. Tiene que regresar antes de las 8, como máximo a las 9. Son las reglas. «En esa franja horaria, en guagua o en el servicio de transporte adaptado del Cabildo, puedo ir a cualquier parte de la ciudad o de la isla. Sobre todo me gusta ir a Las Canteras, donde siempre he estado. También voy por Mesa y López porque mi abuela vive allí», cuenta Planas que se define como 'churruquense', natural de la calle Churruca.

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