Las dos hermanas que juegan en un columpio en Sarajevo ante un blindado posan ahora divertidas para la cámara de Sánchez. / GERVASIO SÁNCHEZ Y MOVISTAR +

El álbum de Gervasio Sánchez

La guerra es la noche

El periodista cordobés documenta la emoción del reencuentro con algunos de los protagonistas de sus fotos en el asedio a Sarajevo hace 25 años

Miguel Pérez
MIGUEL PÉREZ

«Una de las cuestiones que me entristecen muchísimo es que los europeos hemos dedicado gran parte de nuestra historia a matarnos. En 1945 decidimos dejar de hacerlo, pero no hemos sido capaces de garantizar la paz en el Este, los Balcanes, el Báltico o el Mediterráneo». Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) lo dice con autoridad. Él ha visto a lo largo de más de 40 años muchos de los conflictos ocurridos en éstas y otras regiones del planeta. Y, sobre todo, ha asistido al olvido de las víctimas y a cómo los países teóricamente garantes de que callen las armas desvían la mirada mientras buscan justificaciones a la inacción. Una bala es la suma de muchas soledades.

El fotoperiodista cordobés, retratista clave de las guerras contemporáneas y sus secuelas, anda por eso metido en 'Gervasio. Sánchez. Álbum de posguerra', un documental de Movistar+ donde regresa a Sarajevo para charlar y ver cómo es ahora la vida de aquellos niños y jóvenes a los que conoció y fotografió bajo las bombas de una atroz guerra fratricida entre 1992 y 1996. Se trata de un singular ejercicio de reencuentro que aporta su granito de arena a la lucha contra los olvidados. Premio Ortega y Gasset y propietario del Nacional de Fotografía, Sánchez vivió el día a día del asedio a Sarajevo por parte de los ultranacionalistas serbios y el antiguo ejército popular yugoslavo. Tras la guerra, ha regresado en varias ocasiones pero sólo en 2019, con motivo de este documental, lo hizo bajo una intensa nevada en un gélido diciembre. «Me sorprendió, vi la ciudad desde un ángulo diferente», señala, quizá porque la nieve suaviza las aristas de las tumbas.

La idea de esta grabación, desarrollada por los directores Ángel Leiro y Airy Maragall, es propia y parte del deseo del reportero de limpiar el serrín sobre la sangre, iluminar la noche armada. «La guerra es oscuridad. Hay personas muertas, heridas, edificios destruidos, y quería adentrarme en esa oscuridad, saber qué había pasado con aquellos personajes que fotografié. Al final, en todo este tiempo yo me he hecho un nombre en el periodismo, pero ¿qué ha pasado con ellos? Veinticinco años después de acabada la guerra, se trataba de ver si realmente había terminado para ellos porque una guerra no es solo la rutina de la muerte y los disparos, sino la posguerra».

- ¿Y qué encontró?

- Grabamos primeros encuentros; las primeras palabras, los silencios, las emociones. Cuando yo hice las fotos eran prácticamente niños, y ahora, con 40 ó 43 años, ya son adultos, pero te confiesan que sus días siguen marcados por la guerra. Nunca fueron tratados psicológicamente. Hubo ayudas a la reconstrucción material, pero no para reconstruir la cabeza de los bosnios, de los balcánicos. ¿Qué no pasará ahora en Siria? Nos podemos imaginar la conmoción, los traumas o el regreso a un país destrozado y sin futuro de quienes tuvieron que huir. He visto la evolución de los Balcanes y son el puto patio trasero de la Europa comunitaria. La diplomacia europea y los políticos son vagos mentalmente hablando e incapaces de buscar soluciones inmediatas.

No vive Gervasio Sánchez sus mejores días. Hace apenas una semana asistió a los funerales de David Beriain y Roberto Fraile, los dos periodistas asesinados en Burkina Fasso mientras realizaban un reportaje sobre la caza furtiva. Fue de una ceremonia a la otra. Eran amigos. Dice que si a él le ocurriese le gustaría que su familia estuviera bien arropada por las amistades y compañeros de profesión.

El chaval que intenta hacer una canasta, 25 años después frente a la misma casa acribillada en la siguiente foto. / gervasio sánchez y movistar+

- Es la primera vez que pasa un año seguido en casa debido a las restricciones por la pandemia...

- ... y siento satisfacción por estar vivo porque he viajado a lugares tremendos y mis mejores amigos murieron en zonas de conflicto. También siento satisfacción por mantener la cordura, no haber caído en la depresión, las drogas o el alcohol. Y conservo la pasión por el periodismo. Sigo creyendo en la profesión. Los periodistas debemos serlo desde la cuna hasta la tumba.

- También en esta profesión se producen hoy cambios drásticos.

- El periodismo está de capa caída, ha perdido influencia en la sociedad. Se ha vuelto cortoplacista: muy pocas veces se entra en serio y con profundidad en un tema duro, ni se le hace seguimiento. Y las vinculaciones entre empresarios, políticos y la prensa son tan estrechas que difícilmente puede hacerse periodismo de investigación.

- Sin embargo, ya tiene varios proyectos para el instante en que se pueda viajar sin restricciones.

- En los últimos cuarenta años nunca había permanecido tanto tiempo en España sin poder viajar, pero mientras la salud responda yo voy a seguir mi camino. Habitualmente he tratado con medios regionales. Mientras en Estados Unidos la prensa regional se ha ido a la mierda, en España se mantiene mejor. Además, los niveles de autocensura son menores en la información internacional: puedes decir que Gadafi era un corrupto, pero no que lo sea el banquero de tu pueblo. Aun así, los corresponsables de guerra ya están muertos. Conozco a varios que se ven obligados a pagar el mínimo en autónomos y que, con más de 40 años, aún deben buscarse la vida porque es imposible hacerlo como corresponsales en zonas de conflicto.

Matar o morir

Gervasio Sánchez admite tener una afinidad especial con los Balcanes, tal y como refleja el documental, en cuya consecución y financiación han sido fundamentales la productora Lukimedia y la producción ejecutiva de Stephanie von Lukowicz, Viajó a la antigua Yugoslavia en 1981, un año después de la muerte de Tito, con un compañero de la Universidad. Por eso, la guerra brutal desatada una década después le impactó de manera extraordinaria. «Pasé un mes allí muy gratificante, conocí las grandes ciudades y a personas muy parecidas a mí: nos gustaban los mismos grupos de rock, habíamos leído los mismos libros y éramos aficionados al mismo cine francés e italiano. Y, de repente, todo eso salta en mil pedazos», se asombra todavía hoy el reportero.

25 años después frente a la misma casa acribillada.

Aquella experiencia le descubrió el mecanismo preciso de la guerra. «Alguien manipula a la sociedad, se rompe la convivencia, germina el odio al vecino y empiezan los disparos, la violencia brutal, las venganzas del pasado. Es una maquinaria en la que participa mucha gente: el que mata, el que señala a quién hay que matar, el que jalea a los encargados de matar... La inmensa mayoría de las personas que he conocido cuando todo se desmorona prefieren matar antes que morir. Por eso, intento a través de estos documentales de seguimiento iluminar esa zona oscura de los conflictos. Quiero seguir pensando que el ser humano es muy cabrón, pero que no todo está perdido en la condición humana, que subsiste la esperanza de que la gente mejore sus vidas».

Si algo muestra el álbum de posguerra de Sánchez es también el deseo de conservar el relato fidedigno del terror. Algunos de los protagonistas de su documental eran tan niños que su recuerdo de la guerra se limita a las fotografías que él hizo de ellos. «Al verlas, regresaban al pasado y recordaban lo que tenían guardado en la mente. No se trata solo de acabar una guerra, sino de custodiar la verdad de la guerra y ayudar a las víctimas». Lo dijo bien claro cuando recibió en Bilbao el premio creado en honor del periodista José María Portell, asesinado por ETA en 1978 a las puertas de su domicilio en la localidad vizcaína de Portugalete. «Hay que tener el coraje de aceptar la responsabilidad de lo que hemos hecho y decir 'lo siento mucho' a las personas que has herido. Lo contrario es de cobardes».