Violencia machista

El maltratador frente al espejo

23/11/2018

Asumir su responsabilidad y ver a su víctima como tal es el primer objetivo del programa de tratamiento para condenados por agredir a sus parejas o exparejas. Se trabaja dentro y fuera de la cárcel. 120 de los 898 presos del centro penitenciario Las Palmas I cumplen condena por este tipo de delitos

En el centro penitenciario Las Palmas I prácticamente cada día entra un hombre condenado por violencia de género. 120 de los de los 898 internos de la prisión, el 13,3%, cumplen condena por ejercer violencia contra sus parejas o exparejas. Son presos con perfiles diferentes –sus edades van desde los 19 a los casi 80 años– y con delitos que abarcan desde las amenazas al asesinato.

Carmen Rodríguez: «Queremos cambiar la conuducta y para eso hay que ir a la raíz del delito cometido»

Las psicólogas Carmen y Nieves y la trabajadora social Ana –prefieren no dar sus apellidos ni salir en la foto– forman el equipo de profesionales que trabaja en el programa de tratamiento terapéutico para condenados por este tipo de violencia machista, una intervención con una orientación psicoeducativa donde siempre el primer objetivo es que los agresores asuman su responsabilidad. Ellas, junto a la subdirectora de Tratamiento de la prisión, Isabel Rodríguez, explican cómo trabajan con los maltratadores, uno de los aspectos más desconocidos –y con menos recursos– en la compleja lucha contra el lado más brutal de la desigualdad entre hombres y mujeres.

El programa llega a dos tipos de condenados: los que están en prisión y cuya participación siempre es voluntaria y los que están en libertad con medidas penales alternativas, para quienes es obligatorio realizarlo. Ahora empezará dentro de la cárcel el programa para un grupo de 14 reclusos y otros 82 maltratadores lo están realizando en la calle. En ambos casos hay lista de espera.

«Que el tratamiento en la cárcel esté relacionado con el delito cometido es vital»

El tiempo de condena y la motivación son los dos factores principales para entrar en el programa en el centro penitenciario. Como la intervención dura casi un año, solo acceden los reclusos con una pena mayor a ese tiempo. Cada lunes, y durante dos horas, celebran una sesión grupal –también hay individualizadas– donde el objetivo básico inicial es que asuman su responsabilidad y vean a sus víctimas como tales.

Los condenados por violencia machista, explican estas profesionales, tienen «muchas resistencias». Lo primero e imprescindible para avanzar en el programa es que interioricen «que algo ha pasado y ellos son los únicos culpables», porque entran con todas las justificaciones posibles, del tipo que están en prisión ‘porque mi mujer me metió’, ‘porque quería cobrar una paga’, ‘porque estaba empezando una relación y quería quitarme de enmedio’, ‘porque soy víctima de una sociedad y una ley injustas’... Ideas recurrentes con las que culpabilizan a la agredida de su delito y que hay que destruir en el programa terapéutico. Esas mismas frases que minimizan y justifican la violencia de género se escuchan en la calle todos los días, apunta Carmen.

Emociones, empatía...

El programa está compuesto por diez módulos donde se aborda desde la inteligencia emocional a cómo afrontar rupturas o celos. También se tratan las distorsiones, los mecanismos de defensa, la violencia más allá de las agresiones físicas... Empatizar con sus víctimas es otro de los objetivos clave y los condenados escuchan continuamente los relatos de mujeres que han vivido la violencia que ellos han ejercido. Tampoco falta el cine con mensaje: ven, hablan y debaten sobre la película Te doy mis ojos, «donde se aborda de forma muy completa esta violencia».

«Si hace el programa y no asumen el delito ni empatizan con la víctima no sirve de nada»

La prisión desarrolla el programa desde 2009 y en este tiempo «ha mejorado mucho el contenido», apunta Nieves. En los últimos años las profesionales han incorporado, por ejemplo, el tema de los hijos –el entender que un maltratador no puede ser buen padre y que no merecen régimen de visitas– o las nuevas masculinidades, donde se les ofrece una visión alternativa de cómo vivir las relaciones y las ventajas que tiene.

Trabajar en tratamientos de este tipo conlleva frustraciones como ver cómo maltratadores que han realizado el programa vuelven a prisión por la misma violencia ejercida contra la misma víctima o contra otra mujer, pero el equipo formado por Ana, Carmen y Nieves tiene claro que el trabajo con los agresores ayuda a que la reincidencia sea menor. «El objetivo es que salgan de aquí mejor de lo que han entrado», dice la subdirectora de Tratamiento de Las Palmas I. La experiencia les dice también que esa asunción de responsabilidades funciona mejor en los condenados que siguen el programa en la calle, porque los de prisión están muy condicionados por el ambiente penitenciario, donde entre ellos se refuerzan sus ideas machistas. De hecho, muchos presos condenados por estos delitos coinciden en el mismo módulo de la prisión. Los maltratadores intentan con su participación en el programa sacar beneficios penitenciarios, algo que no suelen conseguir. Se incide en el «beneficio personal de hacerlo», pero las profesionales tienen que trabajar con esa frustración de los reclusos.

¿Y cuando salen? Este equipo cree que hace falta más trabajo de intervención familiar fuera o que medidas como el seguimiento policial de las víctimas con orden de alejamiento vaya más allá de una llamada por teléfono cada dos meses. Carencia de recursos y frustraciones aparte, estas profesionales están convencidas de la importancia de su trabajo. Porque las actuaciones con los agresores, sostienen, no se pueden quedar fuera de las medidas contra la violencia machista.

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