Juan Carlos García, geólogo del Instituto Geológico y Minero de España, mide las temperaturas en medio del campo de coladas. / GERARDO OJEDA-COBER servicios audiovisuales

Las coladas arden: de 40 a 300 grados

Científicos del Instituto Geológico y Minero de España miden las temperaturas de las coladas e intentan descubrir un patrón de enfriamiento

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Los Llanos de Aridane

Entre el 19 de septiembre y el 13 de diciembre de 2021, el volcán de La Palma, denominado extraoficialmente Tajogaite, lanzó por sus seis bocas más de 200 millones de cúbicos de lava ardiente que cubrieron 1.219 hectáreas del Valle de Aridane y crearon dos fajanas de 48 hectáreas de terreno ganado al mar. La lava, entonces, discurría desde Cumbre Vieja a unos 1.200 grados centígrados.

Ahora, pasados nueve meses de la erupción, ese terreno formado de malpaís (lava de tipo AA) y de pahoehoe (lava cordadas de aspecto más fluido y almohadillado) sigue caliente y, en ciertos puntos, continúa ardiendo.

El geólogo Juan Carlos García del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) da cuenta de ello. Desde el inicio de la erupción, junto a sus compañeros de este organismo público de investigación, ha hecho un seguimiento de los recorridos de la lava y, ahora, intenta establecer un patrón del proceso de enfriamiento.

«En el centro de las coladas, es decir, desde la base del cono hasta las fajanas, tenemos una temperatura generalizada de entre 40 y 60 grados en superficie, pero esta zona no es continua y hay puntos concretos donde podemos encontrar hasta 300 grados en superficie», explica el geofísico del IGME que trabaja identificando estos puntos, sobre todo, para poner esta información a disposición de los responsables de las obras de construcción de las carreteras.

Este trabajo ha permitido identificar las zonas donde existe riesgo por altas temperaturas o emisión de gases volcánicos en la carretera que conecta La Laguna y Las Norias, donde los conductores tienen terminantemente prohibido parar y bajar del coche.

El mapa de enfriamiento ha sido útil para la construcción de la carretera. / gerardo ojeda-cober

En esta vía, García y sus colegas han identificado doce puntos calientes.

Además, los equipos del IGME han facilitado a los técnicos que trabajan en la carretera de la costa -que conectará Tazacorte con la zona alta de Puerto Naos- los mapas de enfriamiento de las coladas y le han instruido en la realización de mediciones térmicas para identificarlos. En esta obra -competencia del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana (Mitma)- se han identificado hasta 30 puntos calientes. Estos enclaves representan un peligro real.

Para demostrar de forma práctica su existencia, nos enseñan uno de estos puntos situado en el mismo borde de la carretera que conecta el sur y el norte del Valle de Aridane por la que transitan los vehículos sin restricciones horarias y en dos direcciones desde el pasado mes de agosto.

En una grieta situada en medio de un talud artificial de la vía, a poco más de un metro de la superficie, introduce la varilla metálica de un termopar -un sensor para medir la temperatura-. El calor que irradian las coladas se siente en el ambiente. En unos pocos minutos, el sofisticado termómetro alcanza los 559,4 grados centígrados.

Medición térmica en un punto caliente situado en el borde de la carretera de La Laguna-Las Norias.

¿Qué ocurre en este punto? ¿Por qué se alcanza semejante temperatura?

«La lava se enfría muy rápidamente en superficie en contacto con el aire. Eso nos permitía acercarnos al borde de la colada porque está sellada por esa capa de colada fría que hacía que el calor se quedara dentro y no irradiara hacia fuera, salvo en puntos de discontinuidad de esa costra», explica García.

«La lava, en general, en el centro de las coladas -la zona comprendida entre la base del edificio volcánico y la costa- en superficie está entorno a los 40 y 50 grados. Lo que varía es el potencial de que eso siga caliente. Cuando en profundidad tenemos una zona por donde pasa un canal activo, que va irradiando calor hacia la superficie, si tiene mucha potencia en el interior, va a tardar mucho en enfriarse», explica el geólogo sobre esos tubos lávicos subterráneos donde aún reposa la lava incandescente enfriándose con mayor o menor rapidez, en función de su profundidad y el número de coladas superpuestas que los cubren aislándolos de la atmósfera. « Si tenemos menos potencia, menos espesor y menos canales debajo, la colada tarda menos en enfriar», comenta el científico.

Pero la capa que recubre estos canales lávicos no es homogénea. En algunos puntos hay discontinuidades, pequeñas grietas que permiten que el calor, acompañado de gases volcánicos, escape a la superficie. Es ahí donde se alcanzan los 300 grados centígrados en la superficie, indica García.

Pistas visuales

El científico sabe identificar incluso visualmente las zonas susceptibles de esconder estos puntos calientes. Se suelen ubicar en los bordes de las vaguadas por donde han discurrido los ríos de lava. « Las discontinuidades aparecen en el límite entre los canales y los levés» -una especie de elevaciones laterales que se van formando por el enfriamiento del magma en los bordes de los canales-, indica el geólogo.

«Cuando la lava circula por un canal y, de repente, el cono emite menos cantidad de lava, el caudal se reduce y lo que se ha enfriado en el borde queda como una elevación de las orillas mientras el canal sigue fluyendo en el medio», abunda García.

«La zona situada entre estos bordes elevados, que llamamos 'levés' y el canal, por donde fluía la lava, es una zona de ruptura, de dinámica, porque hay algo que se está moviendo y algo que está parado. En esa zona de contacto suele haber mucha temperatura que nos viene de abajo, de la base», relata García señalando una de estas crestas lineales que discurren hacia la costa que dan pistas de la ubicación de las temperaturas más altas de las coladas.

Además, otros elementos visuales indican la presencia de estas discontinuidades que conectan con los canales donde permanece la lava incandescente y donde se detectan las mayores temperaturas.

Allá donde las fracturas contactan con el aire de la superficie se forman pequeñas manchas amarillas, ocres y blancas, exactamente los mismos tonos que tiñen el cráter volcánico. Estos colores surgen de la precipitación de los gases volcánicos al entrar en contacto con la atmósfera, formando cristales de azufre y sales de cloro, flúor y amonio.

Pero más allá de estas pistas visuales, lo que ha sido clave para identificar los puntos calientes de las coladas ha sido el trabajo previo realizado durante la erupción, con especial participación de los drones, una herramienta nueva y clave en el seguimimento de esta emergencia volcánica.

Vuelos y mapas diarios a contrarreloj

«Durante toda la erupción, hacíamos un vuelo a primera hora de la mañana, con las primeras horas de la luz, para discriminar el canal incandescente y el borde de coladas con las referencias espaciales que nos daban las casas, los campos de cultivo y otros elementos. Esos datos nos permitían hacer una cartografía del avance de las coladas», explica el científico del IGME,

«Al mediodía esa cartografía ya estaba digitalizada gracias al trabajo de nuestros compañeros de Madrid, que la ponían a disposición de los gestores de la emergencia para que conocieran cuál había sido el área ocupadas por las coladas durante la noche y una previsión de por dónde podría seguir progresando la colada», comenta García sobre esta tarea diaria realizada a contrarreloj.

Estos vuelos les permitió disponer de una información exhaustiva de por dónde habían estado activos los canales más importantes. «Luego el Cabildo de La Palma hizo un cálculo del espesor», señala el geólogo sobre un estudio que identificó un espesor máximo de las coladas de 70 metros en un punto concreto y central de la base del cono. A esta información, le sumaban los datos relativos a las fechas en la que aparecieron los canales y cuándo empezaron a enfriarse.

Juan Carlos García, con la antena para identificar la geolocalización de las mediciones en una mano y el sensor termopar en la otra. / gerardo ojeda-cober

«Lo que hicimos con todos esos datos es un mapa de enfriamiento de las coladas en superficie que rápidamente pusimos a disposición de las administraciones que iban a planificar las carreteras», aclara García sobre el destino final de la información acopiada. Ese modelo se está validando con las mediciones realizadas a pie de carretera, al tiempo que localizan los puntos más problemáticos de la vía.

«Hasta ahora hemos tomado datos en superficie, pero estamos empezando a hacer sondeos que nos están aportando cómo está la temperatura en profundidad», señala el geólogo acostumbrado al calor de coladas después de haber monitorizado unas 150 localizaciones.

El objetivo último es conocer el ritmo del proceso enfriamiento, algo que, de momento, aún se desconoce.

El cono volcánico, un reservorio de calor durante años

Las temperaturas registradas en el cono volcánico del Tajogaite son más altas que en las coladas y lo serán durante mucho más tiempo, quizás años.

Allí, según explica el geólogo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) Juan Carlos García, la superficie del edificio volcánico de 200 metros de altura presenta temperaturas de entre 60 y 80 grados.

Además, las fracturas son más amplias y van a parar directamente a las fisuras verticales que conectan con la cámara magmática. Así, en algunas grietas se puede ver la lava aún incandescente.

En una de ellas, con una boca de cuatro metros de ancho, la temperatura alcanzaba los 830 grados. Para medirla usaron un sensor termopar con una varilla de diez metros de largo.

Normalmente, calculan las variaciones de temperatura del cráter con drones dotados de cámara térmica.