El redactor de EL CORREO Oskar Belategui y su salvador, Jesús Etxebarria. / O. B.

Un abrazo al hombre que me salvó la vida

El redactor de EL CORREO Oskar Belategui conoce en persona a Jesús Etxebarria, el desconocido que le practicó la reanimación cardiopulmonar tras sufrir un infarto en las calles de San Sebastián

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Jesús Etxebarria tiene 63 años, es del pueblo alavés de Etxaguen y lleva 30 viviendo en Logroño. Estudió Empresariales y trabajó en el Banco de Bilbao, pero como se aburría siguió formándose y acabó en una empresa de estructuras para la construcción. Ni se le pasa por la cabeza la idea de la jubilación. A Jesús le gusta hacer cosas con esas manos gigantes que tiene. Con ellas me salvó la vida cuando sufrí un infarto en las calles de San Sebastián el pasado septiembre. Jesús estuvo 17 minutos practicándome la reanimación cardiopulmonar hasta que llegaron los servicios de emergencia. No tenía pulso ni respiraba. Solo su empeño y generosidad, practicándole las compresiones torácicas y el boca a boca en plena pandemia a un desconocido, hace posible que hoy escriba estas líneas rompiendo el mandamiento de que el periodista nunca tiene que ser el protagonista ni utilizar la primera persona.

Han tenido que pasar nueve meses para poder abrazarle. La Rioja ya no permanece confinada y las dos familias estamos vacunadas. Jesús y su mujer, Encarna, profesora de Educación Física, nos llevan de paseo por Logroño. Hemos hablado varias veces por teléfono, pero para mí, que todavía sufro amnesia y no recuerdo nada de aquellos días, es un desconocido. Así que la deformación profesional me lleva a preguntar y preguntar qué ocurrió aquel 17 de septiembre en el que yo acababa de llegar a San Sebastián para cubrir el festival de cine que empezaba al día siguiente. Ni siquiera recuerdo el viaje de siete horas en tren desde Madrid. Al parecer, llamé a mi jefa para contarle que estaba cansado y sentía una opresión en el pecho. Menos mal que, en vez de tumbarme en mi habitación, me fui andando desde el hotel Amara Plaza al Kursaal para recoger la acreditación.

Jesús estaba en la ciudad por motivos de trabajo. Y cuando vio a un tipo alto en pantalón corto que se apoyaba en el escaparate de una perfumería en la calle Etxaide y se deslizaba hasta el suelo pensó en voz alta: «Otro guiri borracho». Aun así, se acercó para ladearme la cabeza por si vomitaba y le sorprendió la piel amoratada. Al quitarme la mascarilla, descubrió que tenía los labios negros: eran señales inequívocas de una parada cardiorrespiratoria. Jesús le gritó a una señora que llamara al 112. «Dígales que está amoratado», ordenó. Me aflojó el cinturón, me estiró las piernas y puso los brazos en cruz. Con el jersey granate que llevaba sobre los hombros improvisó una almohada.

Al ritmo de 'La Macarena'

Retiró las flemas con sus dedos. Con la primera bocanada no ocurrió nada, con la segunda el pecho se hinchó. Pero Jesús no estaba seguro de si eso significaba que respiraba. Se pasó 17 minutos golpeando rítmica, contundentemente. La cadencia se la proporcionó, confiesa, la 'Macarena' de Los del Río. «Tiene un ritmo parecido al que hay que emplear en la RCP (reanimación cardiopulmonar)», descubre.

Mientras, la policía local cortaba la calle y apartaba a los curiosos. Jesús no paraba de hablarme y de vez en cuando me daba palmadas en la cara. «No puedes quedarte aquí, que interrumpes el paso por la acera», bromeaba nervioso. Yo tenía los ojos abiertos pero no reaccionaba a ningún estímulo. Nunca dejó de golpear mi pecho. Esperaba que alguien, un policía o un médico que pasara, le sustituyera. Pero solo dejó de sacudir mi cuerpo cuando, al fin, llegó la ambulancia.

Jesús recuerda los juramentos del médico de emergencias. Y una frase terrible: «Lo hemos perdido». Pidió desinfectante a los policías con el que se restregó los brazos y la cara. Mientras realizaba el atestado con los agentes, pensó que, al menos, lo había intentado. Llegó a su hotel y gastó una botella de Oraldine enjuagándose la boca. El rey del aplomo ni siquiera llamó a su mujer y esperó al fin de semana para contárselo. Entonces echó de menos ese jersey granate que después me dieron en el Hospital Donostia en una bolsa de plástico junto a mi camiseta hecha trizas, al cortarla los sanitarios para emplear el desfibrilador. Por fin he sabido de quién era ese jersey.

Un amigo médico le habló de contagios y le sembró de inquietud. Jesús averiguó a través de la policía a qué hospital me habían llevado y el departamento de atención al paciente del Donostia le puso en contacto con mi mujer. Podía estar tranquilo: la PCR indicaba que yo no tenía coronavirus. Como en un relato de Paul Auster, el azar hizo que el salvador conociera, al menos de nombre, al salvado. Lector fiel de este periódico, Jesús supo enseguida que había auxiliado a ese tipo que escribe de cine y con el que no siempre está de acuerdo. Así me lo hizo saber la primera vez que hablamos por teléfono.

Las familias de Oskar Belategui y de Jesús Etxebarria el pasado 26 de junio en Logroño. / O. B.

Jesús cuenta todo sin un ápice de presunción, con la naturalidad de quien sabe las cosas y actúa. El otro día un compañero suyo se rompió la cadera. Y ahí estaba Jesús para inmovilizarle. «Lo importante era que no sangraba por los oídos ni por la nariz», observa como si todos lo supiéramos. En otra ocasión, una mujer se cayó en la calle y de nuevo él habló con el 112 mientras taponaba la herida. El caso del futbolista danés Christian Eriksen ha subrayado estos días la importancia de la reanimación cardiopulmonar, esa que Jesús aprendió en cursillos de la empresa y gracias a su condición de montañero. Yo tuve el pecho dolorido durante un mes, pero sin reanimación no hay posibilidad de sobrevivir.

Así que nueve meses después, con dos stents en las arterias, el corazón funcionando a un 90% y la obligación diaria de tragarme ocho pastillas y andar once mil pasos, mi ángel de la guarda resulta ser un tipo al que te encantaría tener de amigo. Un padre orgulloso de una hija que en breve marchará a Bruselas tras licenciarse en Relaciones Internacionales y un viajero incansable que acudió a nuestra cita con tres libros de regalo: 'El detective Gatlock', para mi hijo de seis años; 'La trenza', de Laetitia Colombani, para Olga; y 'Jerusalén, santa y cautiva', del compañero Mikel Ayestaran. Jesús ha accedido a que escriba sobre él, pero no quiere «protagonizar ningún 'Sálvame'». Cuenta que recibió un mensaje de Protección Civil anunciándole que le habían dado un reconocimiento. Pero lo debió borrar porque él no hace mucho caso al móvil.

Oskar Belategui y Olga Pereda en el Hospital Donostia. / O. B.

El 'efecto Eriksen' y la necesidad de saber practicar una RCP

El caso de Christian Eriksen, el futbolista danés al que se le paró el corazón en mitad de un partido de la Eurocopa, ha sensibilizado sobre la importancia de la reanimación cardíaca. Eriksen resucitó gracias a las compresiones de sus compañeros para bombear su corazón y hacer que el oxígeno llegara al cerebro. Otro futbolista, Santxo Lamberto, del Gares (Navarra), estaba solo en el vestuario el pasado abril cuando sufrió un infarto. Nadie lo pudo ayudar y murió.

Los médicos ya hablan del 'efecto Eriksen' para alertar sobre la necesidad de que cualquier ciudadano debería saber realizar una RCP. En Dinamarca, los niños la aprenden en el colegio. Cada año se producen en España unas 52.300 paradas cardíacas, ya sea por infarto o por cardiopatías congénitas que no se detectan en controles médicos. De ellas, 22.300 se producen en los hospitales y 30.000 fuera de ellos. De estas últimas, solo se recuperan entre el 5 y el 10%. Cuando a una persona se le para el corazón, el cerebro se queda sin oxígeno. Si en cuatro minutos no se interviene, las posibilidades de supervivencia disminuyen muchísimo. Saber realizar una RCPes tan crucial como llamar al 112.