Mucho más que agua

17/08/2019

El fuego en el monte no tiene nada que ver con los incendios urbanos que solemos ver. Bajo los pinos, las llamas son superlativas y su expansión es tan acelerada que casi hay que correr para seguir su ritmo. La clave de la lucha contra este tipo de incendios es amoldarse

al terreno, refrescar desde el aire y frenar su paso arrebatándole todo el combustible posible

La situación vivida estos días en Gran Canaria demuestra que cualquier pequeño despiste puede tener en sí el riesgo potencial de desatar una catástrofe. ¿Pero cómo se explica que unas pequeñas chispas puedan asestar un golpe demoledor a la cumbre y calcinar 1.164 hectáreas?».

Es probable que el autor involuntario del fuego ni se hubiera percatado del desastre que se estaba generando. Cuando se trabaja con una radial, las chispas suelen saltar hacia atrás. Si a esto se suman las condiciones topográficas y meteorológicas adecuadas, cualquier descuido puede transmutar en tragedia.

El incendio que arrancó el sábado a las 12.10 horas se originó en una zona de pasto seco. Con este tipo de vegetación, las llamas no son muy altas, pero su velocidad de propagación es muy alta. En otras palabras, el fuego es muy rápido.

El efe del servicio técnico de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria, Luis Fernando Arencibia, explicó que «con viento y la pendiente a favor, el fuego puede alcanzar en zona de pasto seco unos 5 o 6 kilómetros por hora, es decir, casi tienes que ir corriendo para seguir el ritmo de las llamas». En estas condiciones, el fuego se desata en minutos, «y una persona sola, sin medios, no tiene qué hacer» para controlar las llamas.

Desde la chispa de Las Peñas (Artenara), el fuego empieza a crecer alimentándose del pasto primero, y luego de retama y pinar. Y se forman dos frentes: uno que se encamina hacia Artenara y otro que se dirige hacia Los Moriscos.

Los bomberos empiezan entonces a atacar el incendio desde la cola y lo flanquean. Un ataque frontal es imposible, dada la magnitud de las llamas, y además podría representar una trampa mortal para los agentes que podrían verse atrapados entre las llamas y los riscos de Chapín.

Para comprender por qué es imposible atacar el frente del incendio tiene que borrar de su mente la imagen de los incendios urbanos. Estos suelen estar confinados y no alcanzan las dimensiones y la vivacidad de los forestales. En el caso del que se produjo en el centro de Gran Canaria, se calcula que las llamas alcanzaron los cinco o seis metros de altura en la zona arbustiva; y entre los veinte y los veinticinco metros, en el pinar. Estamos hablando, por tanto, de temperaturas que pudieron rondar los 1.000 o 2.000 grados. «Con llamas de más de un metro y medio o dos metros de alto no puedes hacer un ataque directo, no puedes ni acercarte a ellas por mucha ropa ignífuga que lleves», explicó Arencibia.

Por eso, en estos casos, la acción se plantea desde el borde, donde hay menor radiación, hacia el interior: primero se controla y luego se apaga.

Pero además, en contra de los bomberos jugaba la circunstancia de que el fuego ascendía. Esto hace que las llamas aceleren más el paso ya que, al tumbarse, pues son empujadas desde atrás por el viento, consumen más rápidamente el combustible que van encontrando a su paso.

Franjas sin vegetación

Como el incendio no permitía, por tanto, el ataque directo con agua -salvo las descargas aéreas-, los bomberos flanquearon el fuego, quitándole el combustible para debilitarlo e impedir que se extendiera. Lo que se hacía era eliminar franjas de vegetación cuyo ancho depende del tipo de planta que se encontraban: si era pinocha bajo pinar, bastaba retirar entre 50 centímetros y un metro hasta llegar a terreno mineral; y si había retama, codeso o escobón, tipos más arbustivos, se necesitaba entre uno y dos metros de ancho de seguridad. Esto se acompañaba del riego desde cubas para enfriar el terreno y no dar ninguna tregua al fuego.

Así pues, tenemos a los bomberos cavando a toda velocidad, en medio de un fuerte calor y subiendo con todo el equipo las escarpadas pendientes de la cumbre grancanaria. En ese momento se tiene el convencimiento de que el risco al que se dirige la cuña de fuego podrá detenerlo. Ya se ha perimetrado el 85% de la superficie quemada y queda activa una pequeña zona en el pinar de Los Moriscos.

Sin embargo, el viento se fortalece y, de noche, hace saltar las pavesas hacia Tejeda. Además, rula y toma sentido descendente, llevando las llamas a la zona de Juncalillo, Las Tablas y Las Peñas. Y ahí es cuando se activa el nivel dos y se moviliza a la Unidad Militar de Emergencias (UME).

De noche la batalla se reduce al mínimo: los medios aéreos no vuelan y los equipos de tierra apenas pueden continuar en un terreno tan accidentado.

Con la llegada del nuevo día, helicópteros e hidroaviones levantan el vuelto y vuelven a atacar desde arriba el incendio. Se calcula que se emplearon 1.250.000 litros de agua en el control de este incendio.

Sin embargo, el fuego vuelve a reactivarse con el viento y supera la GC-210, lo que obliga a desalojar Tejeda. De nuevo la noche hace que los bomberos se dispersen estableciendo puntos de vigilancia.

Y llegamos al lunes, uno de los días de mayor riesgo. Las llamas empiezan a llegar por el parque de Otoño, en Artenara. «Existía el peligro de que si el incendio tocaba el barranco que une las presas de Las Hoyas, Los Pérez y Lugarejos, podría haber llegado a Tamadaba», alerta Arencibia.

Pero aquí, el viento y la orografía se ponen en favor de los equipos de extinción. Los bomberos del Consorcio de Gran Canaria y de la UME cambian de táctica. Lo que se hizo fue aplicar un «fuego técnico». Se trata de una técnica que permite apagar el fuego con otro fuego. «Se produce una quema de tal modo que el incendio que tú generas se vaya hacia el incendio principal», prosigue el especialista.

Para ello se fija un punto que no pueda ser pasto de las llamas, como una carretera o una piconera, para empezar el incendio. Y se dirigen las llamas hacia el fuego principal, que las succiona. Lo que se consigue con ello es consumir la vegetación de una manera muy rápida, de tal forma que se logra bajar la intensidad del incendio y se quedan las brasas. «Luego te tienes que quedar en el perímetro, vigilando», añadió el jefe insular de Medio Ambiente.

Con esto, y las últimas actuaciones de los equipos de extinción, el Gobierno de Canarias puede dar por controlado un incendio que calcinó 1.1464 hectáreas.