Marea humana en la ancestral fiesta de El Charco

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11/09/2019

Las autoridades y organizadores de la celebración estimaron que la participación ha superado las 10.000 personas, una cifra similar a la de los años anteriores aún cuando tuvo lugar en un día laboral en la isla

Más de 10.000 personas, según el cálculo realizado por autoridades y organizadores, se dieron cita en la ancestral fiesta de El Charco, un evento que se repite año tras año todos los 11 de septiembre y que es una muestra de la pervivencia de las prácticas culturales prehispánicas en el municipio de La Aldea, uno de los motivo por los que fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno canario en octubre de 2008.

La verdadera marea humana que invadió el humedal aldeano a la cinco de la tarde, tras el estampido del volador lanzado por el alcalde Tomás Pérez, hizo que por momentos desapareciera la imagen del agua y solo se vieran los cuerpos de cientos de personas moviéndose en un ritual tan espectacular como asombroso.

Este remojón, del que muy pocos se salvan en esta celebración, sirve para rememorar de algún modo la pesca mediante la técnica del embarbascado. «La misma consistía en el vertido del látex de determinadas plantas, como el cardón o la tabaiba, que produce un efecto sedante en los peces facilitando su captura», señala la historia. Ahora ya no lo utiliza, sino que los amantes de la tradición acuden armados de cestos de mimbre con los que realizan las capturas.

Pero la festividad no solo es darse el chapuzón. Tiene otros componentes que solamente un aldeano conoce y sabe disfrutar. Es la reunión de amigos, el encuentro de familias que utilizan este acontecimiento anual para visitarse, es también compartir comida, copas, cantar y bailar, porque El Charco «se lleva dentro, en lo más profundo, sino no se puede disfrutar, es un sentimiento muy arraigado», aseguran los miembros de las familias Díaz, Navarro y Guerra Godoy, quienes procedentes de Mogán, Vecindario y La Aldea, repiten este encuentro todos los años, como si de un mandato religioso se tratara, «porque esto no puede faltar», indican.

Es así que la fiesta comenzó desde poco antes del mediodía con el baile en el muelle, al ritmo de la Banda de Agaete, y continuó en el arbolado parque Rubén Díaz y en toda la zona de la playa, donde hubo lugar para la comida pero también para hacer la siesta al fresco que aportaba la sombra de los pinos marinos.

Pesca. El final lo marca la entrega y pesa de la captura. Algunos con espíritu humorístico entregan pejines, pero también los hubo que se lo tomaron muy enserio y depositaron sobre la báscula más de 2 kilogramos de pescados. Este fue el caso de Sandra Sánchez, que con un total de cuatro ejemplares, consiguió 2,5 kilogramos. «Vengo todos los años y estoy muy contenta», señaló al cumplir con otra parte del ritual de la ancestral celebración.