La camada de perros de Santa Ana

07/07/2018

Los silenciosos vigilantes de la catedral, siempre complacientes con las caricias y con que se suban en sus lomos y se hagan infinidad de fotografías y vídeos, guardan ciertos enigmas: alguno ya desvelado y otros que aún no están resueltos.

Julio Quintana las palmas de gran canaria

El primer misterio que surge al observar los perros de la plaza de Santa Ana es el de la firma del autor. Las iniciales A J, inscritas en la base, habían suscitado alguna duda, quizás por la coincidencia de dos escultores de la época, Adrián Jones y Alfred Jacquermart. Adrián Jones pasó por Canarias con destino a Sudáfrica como cirujano veterinario del ejército inglés. Como escultor es autor de obras ecuestres importantes y firma sus obras con su nombre y apellido completo. Por otro lado, el francés Henry Alfred M. Jacquermart tiene esculturas de animales que se hallan repartidas desde Turquía hasta América. En 1878 una obra suya presidía la entrada en la exposición universal de París, un rinoceronte de bronce, hoy situada frente a la plaza del Museo de Orsay. Firma sus obras con las iniciales en relieve A J, idénticas a la que tienen los perros de la plaza de Santa Ana, que unido al sello de la fundición Barbezat Val d´Osne, de Francia, evidencian quién fue su autor.

Otro enigma continúa sin resolverse al no haber constancia de quién compró o donó la escultura de los ocho canes. En la prensa local una breve noticia fechada el 17 de abril de 1895 decía «Con destino al adorno de la plaza de Santa Ana se han recibido del extranjero unos artísticos perros de hierro, también se ha hecho venir una bonita colección de macetas del propio metal para los pedestales».

Lo cierto es que no se ha encontrado ningún documento en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria que avale dicha compra. Existen versiones al respecto justificando que fueron donadas, sin poder ser demostradas del todo. Una de ella es que Ann Miller los donó a la ciudad después de tenerlos en la residencia familiar de Tafira. Relata que su tío Thomas Miller las adquirió en la exposición universal de Londres de 1851. Sin embargo, según el listado de participantes no hay inscrito ningún escultor con esas iniciales en el Cristal Palace, lugar donde se celebró.

Otra versión, la más popular, cuenta que el capitán de un navío francés se las regaló al alcalde Felipe Massieu y Falcón por las atenciones que dieron a la tripulación del barco al tener que permanecer algún tiempo en el puerto por avería. En las páginas de un catálogo de productos de la fundición francesa Barbezat, que editaban para dar a conocer sus trabajos, aparecen dibujos de varios animales, macetas y farolas idénticas a los de la plaza de Santa Ana. Se trata de otro argumento posible para desvelar el misterio de la adquisición o donación de las figuras caninas.

Camada de perros similares a los de la plaza Santa Ana se encuentra diseminadas por Europa, América y África. Hasta hace bien poco la casa de subastas Christie’s ofertaba varios lotes de esculturas de hierro colado de Alfred Jacquermart con un valor de salida entre doce y dieciocho mil dólares.

A la iglesia San Jorge, Londres (donde se casó el presidente estadounidense Theodore Roosevelt), acudió un anticuario de la cercana calle Conduit para depositar dos esculturas en hierro colado de dos perros -prácticamente iguales a los de Vegueta- por temor al ser destruidos por los ataques de la aviación alemana.

Posteriormente nadie reclamó dichas estatuas y se colocaron a la entrada de la iglesia hasta que fueron trasladados al Hospital Veterinario Reina Madre, en las afueras de la ciudad de Londres. Están colocados a la entrada de la recepción. Esta universidad es la más grande de su tipo en Europa y atiende a unos ocho mil animales anualmente.

Dentro de parque nacional Nahuel Huapi en Bariloche, Argentina, entre dos lagos, se encuentra el hotel Llao Llao, inaugurado en 1939. A la entrada del hall se hallan dos figuras de canes del mismo escultor Jacquermart.

En Edam, cerca de Ámsterdam, dos perros del escultor francés vigilan la entrada al jardín del único astillero que queda en la ciudad, cuando llego a tener más de 30.

Tal vez en breve se logre desvelar el enigma que guardan celosamente los ocho perros de la plaza de Santa Ana.