El comedor solidario de Lee Hweng-Kwon

07/05/2018

El presidente de la comunidad coreana de Las Palmas de Gran Canaria dirige un centro en el corazón de La Isleta en el que atiende y da de comer a personas desfavorecidas. Llegó a la isla en 1974 y ahora pretende corresponder a la acogida de la que él y su familia han disfrutado en la capital.

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Lee Hweng-Kwon nació en Seúl hace 75 años y los últimos 44 los ha pasado con Las Palmas de Gran Canaria como residencia oficial. Pertenece a esa generación de coreanos que tomando el mar como forma de vida llegaron a la capital hace cuatro décadas, buscando una prosperidad que por entonces no encontraban en la cara sur de Corea. Ahora es la vela que guía a los compatriotas que arraigaron en la isla y dirige un comedor social en la calle Atindana, en el corazón de La Isleta.

Su origen no es muy distinto al de sus coetáneos. Corea todavía hoy se cura de las cicatrices de la invasión japonesa de principios del siglo XX y de la división a los dos lados del mapa que norteamericanos y soviéticos llevaron a cabo tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Pobreza y miseria. Exilio. Ese fue el precio que una sociedad sometida tuvo que pagar, que zarpó hacia territorios ignotos buscando divisas para el país a través del sector primario: agricultura y pesca.

Lee Hweng-Kwon forma parte de aquellas personas que llegaron hasta Las Palmas de Gran Canaria descifrando cartas de navegación y entraron en la capital por el Puerto de la Luz. Una relación con el mar que mantuvo, como buena parte de las más de 5.000 personas que llegaron a integrar la colonia en la isla, hasta su jubilación.

Desde 2011 ha consagrado su vida y obra a ayudar a los demás. Abrió en la calle Atindana, muy cerca de La Naval y otras sedes de su comunidad, un salón refugio. Un local con las paredes desconchadas y dos puertas que apenas cierran. Un poco de humanidad entre viejas casas terreras y de pocas plantas de altura, en su mayoría litografías de viejos tiempos. En su presente ventanas y puertas tapiadas.

Allí no se piden credenciales. Basta con tener hambre. Él les espera con las puertas abiertas cada mañana, en compañía de Yeong-Ja Ha, su esposa. «No tenemos ninguna ayuda. En alguna ocasión colabora con nosotros algún vecino, pero nada más. Mi mujer y yo somos los que trabajamos aquí prácticamente todos los días. Todo lo pago de mi bolsillo. Los gastos mensuales: el local, el agua, la electricidad. La gasolina del coche para los desplazamientos y, por supuestos, la comida», expone.

Lee Hweng-Kwon podría haber tomado la decisión de pasar a la vida contemplativa tras su jubilación. Sus hijos viven entre Seúl y Madrid, algunos dedicados a la política, otros enrolados en el ejército. Pero él y su esposa prefirieron colaborar con las personas más necesitadas de la zona de La Isleta, casi un gesto de gratitud con el entorno en el que echaron raíces en 1974. «Decidimos abrir porque normalmente nadie acude a ayudar a la gente. Aquí acuden personas que están a la intemperie; aunque sean menos, también viene algunos coreanos. Recuerdo cuando era pequeño, en mi país, apenas podíamos comer. No teníamos nada así que nos teníamos que buscar la vida», dice.

Una mañana en el bajo de la calle Atindana firma la postal de un trajín de personas. El día del reportaje, menos. Refractarios los usuarios a ser retratados por las cámaras. Lee Hweng-Kon lo tiene todo dispuesto a su llegada. Su esposa ha trabajado los fogones, y al fondo del local están aparcados varios carros de supermercado completos de productos imperecederos.

El comedor solidario de Lee Hweng-Kwon

Al cruzar la puerta, todo el que desee comer tiene que firmar un registro. Sobre la mesa hay un cuaderno de visitas en el que cada persona debe dejar por escrito su nombre y su número de identidad. Al lado, junto a todos los registros que se llevan firmando desde 2011, una montaña de periódicos generalistas y deportivos para que sean leídos por los que acuden a desayunar.

Entre ellos se encuentran Miguel y David, 18 y 26 años. Tinerfeños. De los barrios de Salamanca y Cuesta Piedra. Han llegado hasta Gran Canaria buscando trabajo, saliendo de entornos sin recursos. Aseguran que pese a estar formados académicamente en materias como la electricidad y la carpintería apenas consiguen algunos trabajos por horas. Son las 09.30 hora y devoran unos fideos humeantes recién salidos del caldero.

Afirman que en unas semanas bajarán al sur de la isla buscando más éxitos en el mercado laboral. No temen al objetivo: «No sentimos vergüenza no tenemos recursos para tener una casa y comida. Llevamos entre un año y seis meses en la isla, y no hemos tenido más suerte que en Santa Cruz. Donde tampoco hay trabajo. No nos da vergüenza pedir para comer», explican.

Antecedentes.

Lee Hweng-Kwon y su esposa Yeong-Ja Ha forman parte de la larga tradición de la comunidad coreana en la isla, una cuarta parte de la que atracó en la isla en la década de 1960, y que llegó a tener a 11.000 ciudadanos del país con residencia fija en la capital de Gran Canaria una década después. Con la firma del el Acuerdo de Cooperación Pesquera España-Corea en 1974, el mismo año en el que llegaron a la isla los protagonistas de esta historia. «En la actualidad quedamos unos 1.200 coreanos en Las Palmas de Gran Canaria. En los tiempos pasados llegamos a ser casi 5.000, muchos años atrás. Al ser marineros, de los que muchos iban de ida y vuelta, yo creo que más de 25.000 coreanos han pasado por aquí yendo y viniendo», comenta.

Lee Hweng-Kwon es el presidente de la Comunidad de Coreanos de Las Palmas de Gran Canaria. También es el director del Colegio Coreano que corona el Mirador de Altavista, lugar simbólico en la ciudad. Una instalación que va más allá de su peculiar encaje en la arquitectura urbana de la capital, ya que forma parte del bagaje vital de muchos ciudadanos que acuden a estudiar el idioma.

Aunque los barcos ya han zarpado, y la presencia de buques coreanos en el Puerto de La Luz se haya convertido en un activo meramente testimonial.

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