Cumple 106: «Se me fueron volando»

22/09/2019

Antonia Hernández, vecina de Triana, celebra un nuevo cumpleaños con una memoria a prueba del tiempo y una alegría incansable. Asegura que el secreto de su longevidad es «no pensar que estás poniéndote vieja» y aceptar todo lo que venga

No es que Triana fuera Macondo y los objetos no tuvieran nombre, pero cuando Antonia Hernández nació ni había emisiones radiofónicas, ni existía la televisión, los automóviles empezaban a traquetear por la ciudad y los viajes a la Luna solo se podían despegar desde las letras de Verne. Todo eso que se materializó después lo vio Antonia. Y mucho más porque asomada a sus ojos ha visto cambiar el mundo desde 1913.

Conserva un carácter afable, en ocasiones pícaro, y un sentido del humor que se desborda por momentos, siempre dispuesto a la risa. Atesora tantos recuerdos que insiste en que le hagan preguntas. En las respuestas, hila el tiempo.

Se crió en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle Buenos Aires, en el seno de una familia que vino de Ingenio y que respondió a la llamada del desarrollo que lanzaba la capital grancanaria. Allí creció, jugando «al teje con tizas y al columpio, no había maquinitas».

Nunca perdió las raíces del sureste. Visitaba con tanta frecuencia a sus abuelos que hasta decidieron matricularla también en el colegio de Ingenio para que no perdiera clases. «Estuve en la escuela del rey» y todavía recuerda algunas lecciones de ortografía que le dio su maestra de entonces, Candelaria Ravelo. «Yo se las repito a todo el mundo para que no tengan faltas de ortografía», comenta.

Contiendas bélicas

Las risas de la infancia apagaron los ecos de la I Guerra Mundial, pero sí recuerda la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial. En la primera perdió a su padre, Francisco Hernández Caballero. «Le dije: papá, ¿usted va a ir a la guerra? Que vayan los ricos», recuerda entre risas, «y me dio un capón por comunista».

Por aquel entonces, su padre confiaba en que la contienda duraría poco. «Decía que cuando llegara a la Península ya estaría terminada, pero lo terminaron a él», explica. Tenía 50 años y le llamaban el abuelo porque era el mayor de los canarios que fueron reclutados para la guerra.

En los tres años que duró la Guerra Civil también estuvo esperando al que sería su marido, Victoriano Quevedo, un fotógrafo al que conoció porque frecuentaba el taller de modista de su futura cuñada. Victoriano, que fue «mi único novio y mi único marido» y del que recuerda con delicia, entre otras muchas cosas, los paseos que daban por la calle Mayor de Triana, era por entonces un fotógrafo que trabajaba en un estudio que había en Triana y que regentaban dos profesionales daneses.

«Fue al frente y le esperé», proclama con orgullo. En esa época, Antonia estuvo trabajando en Correos. Eso le permitía enviar a su prometido cajas de hasta cinco kilos de peso, tres kilos más que lo establecido para la población en general. «Los soldados pasaban necesidades», detalla, «en la Península, en aquella época, no había ni ropa» y ella le mandaba medias, pasamontañas, cortes de traje... «Rezaba alguna vez», vuelve la risa, «pero estaba tranquila» porque recibía cartas y telegramas del frente.

En ese tiempo su familia no tuvo problemas en poner la mesa. «No pasé hambre porque mis abuelos mandaban sacas de 50 kilos con queso, judías, papas y carne de cochino salada» que llegaban con regularidad, en coches de caballo, desde la finca familiar de La Berlanga.

Al terminar la guerra, se casó y se trasladaron a Cabo Juby, un protectorado español entre el Sáhara y Marruecos. Allí vivió en una casa a pie de playa. «Era tan bonito», reconoce. Sus palabras la transportan entonces a las fiestas que celebraban los matrimonios españoles y los cantos que comenzaba su marido sin saber la letra, pero con «un chorro de voz». Allí permaneció hasta que fue a dar a luz, momento en que regresó a la capital grancanaria.

Dice que la vida se le ha pasado sin medirla. «Se me fue volando, no me di cuenta, no lo pensé». Y asegura que el secreto de su longevidad es una especie de serenidad estoica. «Hay que vivir el día, no pensar», aconseja, «no hay que estar comparándose con el vecino». También asegura que el estar pendiente siempre de otros le ha dado fuerzas. «He hecho mucho bien a cambio de nada», apunta. «No hay que pensar que estás poniéndote vieja, hay que ser conformista con lo que venga en la vida». Solo así interpreta la existencia como un soplo. «No me di ni cuenta cómo pasó y cómo llegué a los 106». Hoy su familia compartirá con ella un trozo de tarta. «Me la comeré porque no tengo azúcar», sentencia.

Los sinsabores

Antonia Hernández Sánchez cuenta su vida desde la residencia-guardería St. Catherine Labouré, en Santa Brígida, que acaba de cumplir treinta años de existencia y que regentan las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. «Tengo siete vidas, como los gatos», resume los sinsabores que ha tenido que atravesar, como un estado comatoso o un accidente de tráfico, cuando venía de Maspalomas, hace ya 54 años, en el que falleció una de sus hermanas y en el que ella misma sufrió daños en el bazo y la rotura de varias costillas. La factura de tener una vida tan larga es que se mueren aquellos a los que amas. Pero ni siquiera eso es suficiente para hacer temblar la vitalidad de Antonia Hernández y sus 106 años. «La muerte es muy consoladora», asegura antes de fundar una excepción: el fallecimiento de su hija. «Como eso no hay nada en el mundo», sentencia. Su longevidad es también un signo del envejecimiento de la población de la capital grancanaria. De acuerdo a los datos que maneja el Ayuntamiento, un total de 8.820 vecinos tiene más de 84 años. De ellos, 2.831 son hombres y 5.989 son mujeres. Según el Istac, la edad media de la población capitalina es de 42,9 años, seis años más que hace dos décadas.

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