12.000 fieles bajo su manto

17/07/2017

«Viene un ensueño», como dejó dicho Juan Ramón Jiménez, en «un cielo bajo y flotante»; y un alborozo quedo y mudo; y un respeto extático. Con Ella, La Isleta se reafirma en su peculiaridad marinera. La Virgen del Carmen cubrió con su manto a 12.000 fieles en una de las celebraciones más sentidas de la ciudad.

Las Palmas de Gran Canaria

Pese a que este año se congregaron más de 12.000 personas; a pesar de que se venga en compañía, el momento en el que la Virgen del Carmen regresa a su templo es siempre de un recogimiento solitario, pero también compartido. Es una paradoja: se participa en una conexión comunitaria, pero es un sentir único, individualizado. Cada uno lo vive a su manera. Unos cierran los ojos y se dirigen a la Señora entre murmullos interiores, solo perceptibles por el movimiento de sus labios. Otros emborronan su imagen entre lágrimas; y los más agradecen o piden con frases cortas, lapidarias.

La Virgen comenzó su recorrido a hombros de los costaleros en torno a las 04.50 horas, después de la celebración de la misa oficiada por el sacerdote de Balos y Casa Pastores, Aday García, a quien acompañó el párroco del Carmen, Agustín Sánchez.

En esta ocasión, por coincidir en domingo, hubo más afluencia de lo normal. A las diez, resultaba ya casi imposible cruzar la calle Benartemi. Casi había que subirse a Palmar para ver la entrada porque en Menceyes tampoco quedaba hueco. Y el paso por Osorio, Tamarán y Umiaga requería un ejercicio de paciencia de casi 45 minutos.

Había gente de otras islas y hasta una guagua llena de vecinos de Valsequillo se acercó a conocer la devoción que por esta Imagen se tiene en La Isleta desde que llegara en 1913. La declaración oficial de fiesta de la ciudad empieza a quedarse corta para este barrio que siempre estuvo abierto al mundo.

En los alrededores del templo había un ansia de café y una fatiga contenida que se rendían ante la llegada inminente de la Virgen. El cansancio no sucumbe ante la fe, ni siquiera ante Ainhoa Ruiz, que llevaba los pies descalzos, tiznados por el alquitrán del asfalto. Las promesas a la Virgen se pagan con devoción y ella daba muestras de haber sido fiel a su palabra.

En torno a las diez y media, las chácaras en la calle Romeral anuncian la proximidad de la Virgen del Carmen y la acumulación de personas sigue en aumento. «Este año ha venido mucha gente porque cayó en domingo», explica Juana Betancor, «mucha fe tengo en ella».

La llegada de la Virgen a la iglesia se produjo en torno a las once de la mañana, tras más de seis horas de peregrinación por Benartemi, Umiaga, plaza del Carmen, Tamarán, Osorio, Faycanes, Menceyes, Malfú, Palmar, Roque Nublo, Tecén, Tanausú y Romeral. Una canción de respeto en esta calle y los sones de El dulce nombre de María preceden a la Virgen del Carmen, cuya presencia se nota ya en las puertas de su templo.

Los tres gritos.

Desde lo alto de la iglesia, los tres gritos: ¡Guapa! ¡Bonita! y ¡Olé! rompen con voz ronca el silencio en el que los costaleros hacen el último esfuerzo, una demostración de precisión y entrega que arranca el aplauso y los vítores de los miles de personas que allí se congregan.

Los ánimos para los costaleros se dejan sentir sobre todo cuando hacen el amago de entrar y salir del templo en varias ocasiones.

El conjunto es de una sensibilidad otoñal que se refuerza con la lluvia de pétalos que cae desde el campanario de la iglesia.

Al entrar, el ruido de voladores y el repicar de campanas despertó al pueblo de esta ensoñación. La Señora está en casa, ya todos pueden recogerse y seguir con sus vidas, parecen decir las tracas y las campanas. «Con música, con llanto, con brisa y con jazmines», como remata Juan Ramón Jiménez uno de sus poemas de La Soledad Sonora. El gentío se dispersa, entre satisfecho y cansado. Un gran día en el día grande del Carmen.