Cinco miradas a otra Gran Canaria

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02/07/2018

La isla que no se vende en los folletos turísticos exige tiempo, pero también una mente curiosa y abierta a los paisajes a pequeña escala. Esa otra cara esconde calas, museos, senderos y pueblos no aptos para las visitas exprés.

La llaman la isla redonda, y no solo por la forma de su silueta. Gran Canaria es redonda por diversa y por completa, en paisajes, historia, arte, ocio y cultura. Le sobran los recursos, están a la vista. Si quiere playa, las tiene urbanas, como Las Canteras, y también turísticas, como Maspalomas. Si lo que busca es perderse en un bosque, los hay de pinos, en el entorno del Roque Nublo, o de laurisilva, como Los Tilos. Puede imbuirse del cosmopolitismo de Las Palmas de Gran Canaria, una de las ciudades más pobladas de España, o aislarse del mundo en Temisas o Fataga. Probar las esencias de la gastronomía local en bochinches de siempre o dejarse seducir por las sugerencias de algunos de los mejores chefs del archipiélago.

Pero hay otra Gran Canaria tan o más sugerente que la que venden los folletos al uso, menos accesible y, por tanto, menos manoseada por turistas y hasta lugareños. Es la Gran Canaria que se bebe a sorbitos, que hay que catar sin prisas, como al ritmo cadencioso de una buena folía. Esa otra isla solo precisa de dos requisitos: un ojo amigo, alguien que ya conozca el sitio y que lo enseñe, y un alma curiosa, de mente abierta. Esto cae de parte del visitante que se acerca.

Con esos ingredientes de partida, el menú le sabrá a gloria y le deparará sorpresas de mar y monte, de colores ocres pero también añiles, de agua dulce y salada, de costumbrismo y de alta cultura. Y es que, por poner un ejemplo, no hay acuario artificial que supere al festín de peces que podrá contemplar en las mansas y límpidas aguas de Tufia, en Telde. Ni encontrará lugares con tanto magnetismo como el tramo del barranco de Barafonso, en Agüimes, donde el agua cinceló durante miles de años un cañón de cenizas, un fósil de río hecho en piedra roja.

Gran Canaria merece otra mirada y otro paladar. Ofrece tanto que exige tiempo. Si la prueba así, no podrá olvidarla.

Un recoleto viaje cultural.

La casa-museo Tomás Morales, en Moya, le acercará a uno de los mejores poetas del modernismo español, a su obra y a su vida, reflejada aquí en sus muebles y sus objetos personales. La casa en sí merece una visita.

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Los charcones de Berriel.

Solo tiene un inconveniente. Hay que esperar a que llueva un par de días seguidos. Es entonces cuando el barranco de Berriel, a dos pasos del turismo de masas de Bahía Feliz, ofrece baños de relax en piscinas de agua y piedra.

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Una bahía con encanto en Tufia.

Ya el acceso, por callejuelas estrechas y empinadas, le hará sentir que esta cala es otra cosa. Aguas límpidas ricas en peces de colores; risco y arena, según guste; poca gente, y, sobre todo, idiosincrasia de pueblo de mar.

Cinco miradas a otra Gran Canaria

Un pueblo troglodita.

Declarado Bien de Interés Cultural, las casas-cueva de Barranco Hondo de Abajo, en Gáldar, quedan como testigos de un tipo de asentamiento humano hoy casi en extinción, que primero fue aborigen y que aún perdura. Es curiosa la ermita labrada en la roca.

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