Erika cumple su sueño de arena y esfuerzo

19/04/2019

La vecina de Pájara acaba de volver de la carrera más dura del mundo, de 250 kilómetros por el desierto del Sáhara. Hizo frente a los gastos montando un chiringuito para las fiestas en familia

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Con dos uñas del pie menos y aún sintiendo en su piel los 45 grados de calor y el azote de la arena del desierto, Erika Hernández Hernández ha regresado satisfecha de cumplir el sueño de participar en la carrera más dura del mundo, que es como se conoce al maratón de Les Sables, que recorre 250 kilómetros del Sáhara. La única mujer canaria de la 34ª edición se preparó en Pájara, realizando caminatas diarias de dos horas, y recaudó los 5.000 euros de gastos (sólo 3.100 euros cuesta la inscripción) montando un chiringuito con su familia en las fiestas de julio y agosto del pueblo.

Antes que el maratón que terminó el pasado sábado en Marruecos, Erika (Pájara, 1976) participó en Les Sables de 2017 en Fuerteventura, en cuatro ediciones de la Transgrancanaria y en la Andorra Ultratrail. Ahora, cuando aún no se ha sacudido la tierra del Sáhara de los pies, proyecta dar un salto climatológico a la Fire Ice Ultra de Islandia de 2020 que recorre también 250 kilómetros, pero por paisajes helados, y que se hace bajo el riesgo de nevada como ya ocurrió en la edición de 2018.

Unas y otras pruebas, esta mujer de 43 años las realiza caminando, no corriendo. Caminando entrena por las montañas de los alrededores de Pájara entre dos y tres horas, de lunes a viernes; y cinco horas los fines de semana, que es cuando le deja más tiempo su trabajo. Deportista desde que era pequeña, siempre le gustaron las carreras extremas de larga distancia, por eso se enganchó a Les Sables. «Yo leía que era la carrera más dura del mundo y me llamaba la atención en el sentido de superarse a sí mismo». Esperó a que su hija hiciera la primera comunión, empezó a entrenar y les espetó a su larga familia: «quiero participar en Les Sables, ¿me ayudan? Ellos primero se reían, pero luego cuatro hermanos, mis padres y mis cuñados me ayudaron a montar el chiringuito para las dos fiestas de Pájara».

Así llegó el 5 de abril y se vio en Guasatote, a las 8.30 horas, empezando la primera de las seis etapas de Les Sables. Hasta el sábado siguiente, día 13, en El Borouj, tuvo tiempo suficiente de comprobar que efectivamente es la prueba más dura del mundo, «pero por las altas temperaturas del mediodía y por el polvizo del desierto».

Jaima para siete

Al segundo día, comprobó sin asombro que le salieron ampollas bajo las uñas de los pies. «Y eso no es nada. Mirabas para otros participantes y era brutal. Sé que las voy a perder, pero es algo normal». Le tocó dormir -por lo menos lo pude hacer a partir de la tercera jornada, cayendo rendida sobre la alfombra- en la jamia número 8 con seis personas más: un griego, cuatro catalanes y un valenciano. A su sombra llegaba tras cada etapa, cenaba comida hiofilizada en media botella de agua de plástico y recibía sus seis litros de agua que debía repartir esa noche y durante el trayecto del día siguiente.

Así llegó la última etapa del maratón de Les Sables, soportando las variaciones de temperatura entre los 45 grados del mediodía y los cinco grados de la noche, que consistió en el ascenso a Rich Mbirika a pie, aunque el último tramo se culmina escalando con una soga hasta la cima Djeble El Otfal. «¿Y en qué puesto quedé? Ni me he molestado en mirar. Mis hermanas dicen que en la 500 de la general y la 72 de la categoría de las mujeres». El jueves, ya en Pájara, todavía no sabía nada de números sino que repetía «la paz interior que sientes cuando te cuelgan la medalla. No te puedes imaginar».