El cuerpo está acá, pero el corazón sigue allá

04/02/2019

Mariángel y Alirio salieron de Venezuela porque allí «ya no se podía vivir ni pensar en tener futuro». Ellos, como la mayoría de canario-venezolanos que han retornado a las islas, ven en Juan Guaidó una «luz de esperanza»

Mariángel Castellanos y su marido, Alirio Mora, llegaron a Tenerife hace apenas ocho meses. Dejaron Venezuela, su país, por «pura frustración», no solo política, que también, sino personal. «Somos dos personas jóvenes, formadas, con títulos universitarios, que todos los días nos fajábamos a trabajar y que veíamos que con nuestros dos sueldos no nos daba ni para la charcutería del mes», relata Mariángel con los dientes apretados para reprimir las lagrimas. Su relato, sin tapujos, da medida de la situación que se vive en Venezuela y que día tras día aboca a miles de venezolanos huir de allí, pero, sobre todo, da medida de cómo sienten su país estando a miles de kilómetros: «Ahora», dicen, «con una luz de esperanza».

Ese «ahora» son los apenas diez días transcurridos desde que Juan Guaidó, el presidente de turno de la Asamblea Nacional, se convirtiera en presidente encargado de Venezuela. Saben que vendrán tiempos difíciles en su país, que sus familias, que siguen allá, pueden correr «más riesgo», pero les «tranquiliza algo» pensar que, quizás, dentro de un mes se puedan celebrar nuevas elecciones, esta vez con plenas garantías de legitimidad.

«Estamos esperanzados, pero realmente no sabemos que pensar», admite Mariángel, justo cuando Alirio dice que «la ayuda internacional es la única manera de salir de la dictadura» a la que Maduro tiene sometido al país.

Cuando logran comunicarse por teléfono con sus padres -«una gran hazaña», aseguran- también los escuchan esperanzados. A Alirio, su madre le dice por teléfono que «sí, ahorita esto va a cambiar», pero por detrás escucha a su padre replicar: «No cuenten los pollitos antes de que salgan del cascarón», refunfuña.

«¿Qué como sobreviven allá? pues muy mal», dicen. Han perdido la cuenta de lo que vale el Bolívar, que se cambia al precio del mercdo negro. Unos 3.000 bolívares sobreanos que sería el salario mínimo, serían al cambio poco más de 1,5 euros».

En Caracas vivían en el noroeste, en El Junquito. La abuela canaria de Mariángeles, que era de Llano del Moro (Tenerife), emigró en la posguerra a Venezuela y ahora, ella, gracias a esa herencia, ha podido volver a Canarias como española, «con todos los papeles en regla», libro de familia y marido incluidos. «No es fácil, pero allí no teníamos nada. Estamos empezando la vida, no dejamos casa, ni hijos... y ya no se podía vivir ni pensar en tener un futuro». Se sienten, dice Alirio, «como que te pican en pedacitos» porque sus padres están «allá», la hermana de él, en Chile, la mayoría de sus amigos emigraron a Argentina... y ellos están «acá» intentando salir adelante, pero con el corazón «allá».

Mariángel, que tiene 25 años, es licenciada en Comunicación Social. En Caracas trabajó en varios medios, «durante dos años, muy intensos». Alirio tiene 26 y es médico. Allá tenía hecha la residencia rural y «muchas guardias» en la clínica Santa Sofía y en la policlínica de Las Mercedes «y muchas posibilidades de hacer el posgrado que quería». Aquí, en la oficina de empleo les dijeron que eran «casi como analfabetos» hasta que sus títulos no estén homologados. Él cuida a un anciano dependiente los fines de semana, pero sueña con volver a un hospital, y ella, que está trabajando en una aseguradora, quiere volver a los medios de comunicación.

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