'Patria' ya es historia de la televisión

HBO estrena por fin la serie basada en la obra de Aramburu desarrollada en un País Vasco gris y lluvioso en el que las madres tienen un papel capital

MIKEL LABASTIDA Valencia

Los que hayan leído 'Patria', de Fernando Aramburu, y los que no (por la relevancia que ha tenido la novela) saben que hay un crimen que golpea con fuerza en una localidad vasca y quiebra a dos familias que residen allí, por distintos motivos. La serie que adapta el texto, y ha estrenado ya HBO, no se anda en contemplaciones e inicia la narración así, con el momento en el que un empresario, de apodo Txato, es abatido por miembros de ETA. Es una imagen durísima, que habíamos podido contemplar en las promociones anteriores, pero que en el contexto del primer episodio de esta ficción impresiona más.

Es un asesinato ficticio pero que tristemente nos resulta cercano. Durante muchos años, demasiados, España enmudecía al enterarse de que la banda terrorista había vuelto a matar. Por supuesto en el País Vasco se vivía de un modo más intenso. Y en algunos pueblos las acciones de esta organización violenta cambiaron por completo la forma de vivir y de relacionarse de los vecinos. Eso nos cuenta 'Patria', que después de varios retrasos por el coronavirus y no pocas polémicas, ha llegado a los hogares de los espectadores. Al menos los dos primeros capítulos. Para disfrutar del resto habrá que esperar a las siguientes semanas.

Hace más de dos años que los lectores del 'best-seller' de Tusquets se enteraron de que el célebre texto sería compañero de plataforma de obras como 'Los Soprano', 'The Wire' o 'A dos metros bajo tierra', lo cual garantizaba el mínimo de calidad que exigía este libro. Era un proyecto con mucha responsabilidad a sus espaldas. Se trataba de poner imágenes a uno de los éxitos editoriales nacionales indiscutibles en los últimos años. La trama narra una parte fundamental de la historia más reciente de nuestro país, que siempre que ha sido abordado ha despertado susceptibilidades. Y, por último, era el primer proyecto en España de HBO, el que se supone que iba a definir las líneas maestras de la compañía en estos lares. Por todo ello se confió la adaptación a Aitor Gabilondo, nacido en 1972 en San Sebastián. y creador de, entre otras, 'El Príncipe' y 'Vivir sin permiso'. ¿Era importante que alguien vasco comandase este rodaje? Sí. La ambición de 'Patria' es retratar una forma de convivir, de enfrentarse a la adversidad; una manera muy específica que puede transmitir mejor que nadie alguien que se haya criado con ella. Gran parte del equipo, empezando por el reparto, también es originario de Euskadi. Esto ofrece un realismo que otras producciones recientes en torno a ETA no lograron por primar un casting de rostros más conocidos y guapos. Alea Media (empresa participada por Mediaset, eso explica que Telecinco ofrezca el martes el primer capítulo en abierto) asumió la producción.

Un primer vistazo al nuevo título permite establecer comparaciones con el libro de Aramburu. Al igual que aquel la serie opta por una narración que va saltando de épocas -antes y después del crimen-, es decididamente no lineal para construir un puzzle en el que hasta el final no aparecen todas las piezas. Se han respetado los diálogos sin saltarse una coma, ya que tal vez sean el principal valor de la novela, su capacidad de trasladar las expresiones, tonos, vocablos y patadas gramaticales que definen el habla de los vascos. De ahí que los mayores esfuerzos se hayan dirigido a adaptar el guion y a lograr unos actores ajustadísimos a los que aparecían en el libro, donde estaban muy bien definidos. Y lo han conseguido, empezando por una enorme Elena Irureta, como Bittori. Conviene no despistarse ni un segundo de su interpretación para admirar cómo habla, cómo mira, cómo anda… No le anda a la zaga Ane Gabarain, como Miren, en un papel menos agradecido, pero complejísimo, que mal llevado podría haber quedado poco creíble o grotesco, pero que en manos de esta actriz (a la que hemos visto mucho en comedias y demuestra que vale para todo) resulta brillante. Aunque cueste es imposible no entender a Miren. Las dos hacen un homenaje sobresaliente a las 'amas', las madres euscaldunas. Si alguien quiere entender el matriarcado vasco solo tendrá que ver a partir de ahora 'Patria'. «Tú eres mujer y no hace falta que te explique ciertas cosas», le espeta Bittori a su hija, transmitiéndole la importancia de las féminas en esa estructura social.

Había una dificultad añadida en la serie, que los mismos actores encarnasen al personaje en dos momentos temporales diferentes y en circunstancias muy distintas, antes del crimen y después. Y todos -TODOS- superan con nota el reto. Jon Olivares, como Joxe Mari, es un joven con inquietudes independentistas que decide entrar en las filas de ETA para 'luchar' por su patria y es un preso que cumple condena años después en una cárcel del Puerto de Santa María al que las dudas le reconcomen. Eneko Sagardoy es su hermano Gorka, atemorizado e introspectivo joven que no se atreve a plantar cara a una batalla en la que no cree y será después (esto no lo vemos en los dos primeros capítulos) un escritor que ha soltado lastre y se acepta a sí mismo. A Loreto Mauleón, como Arantxa, la vemos de adolescente escéptica con la 'lucha' que impera en las calles de su pueblo y después postrada a una silla de ruedas y con necesidad de pedir perdón por pecados que ella no cometió. Como el padre de todos ellos Mikel Laskurain da vida a Joxian, cobarde antes y después, flagelado por la culpa y por los monstruos con los que ha convivido.

El festival de interpretaciones salta de familia en familia. A Iñigo Aranbarri le toca el papel de hijo sobreprotegido de Bittori que renunciará a ser feliz tras la muerte de su padre. Un rol contenido basado más en lo que calla que en lo que dice del que es imposible no apiadarse. A su lado, como su hermana Nerea, está Susana Abaitua, díscola de cría y embarcada en una huida constante hacia adelante cuando ya es adulta. José Ramón Soroiz es Txato, el empresario al que extorsiona ETA, que trata de proteger a su familia y que termina muriendo por no sucumbir al chantaje. Su muerte salpica a todos. Cada uno de ellos tendrá que mediar con la violencia y decidir cómo se enfrenta a ella. Con temor, con arrojo, con decisión, con rabia… Repito, es un elenco excelente.

Superado este reto la producción realiza una puesta en escena sobria y convencional, sin que esto último suene peyorativo. Es la que necesitaba esta historia, con una cámara que se queda fuera de campo cuando la banda actúa y que persigue a los personajes para ser testigos directos de sus reacciones a las atrocidades de los anteriores (como en ese plano secuencia de Bittori yendo al rescate de su marido, que encoge el corazón). Álvaro Gutiérrez y Diego Dussuel se han encargado de la fotografía de un País Vasco gris y lluvioso, que pesa. Óscar Pedraza y Félix Viscarret se reparten la dirección de los episodios en los que hay una secuencia que se repite conscientemente, que retumba, que necesitan entender los personajes y los espectadores. «Yo tengo necesidad de saber. La he tenido siempre y ahora no me van a parar», dice Bittori frente a la tumba de su marido, con quien charla aunque yazca bajo tierra. Esa necesidad de saber nos persigue a todos y por muchas veces que veamos la misma secuencia no la entenderemos bien hasta el final. El rodaje se desarrolló en Soraluze, Elgoibar y San Sebastián. Gabilondo quiso grabar en Hernani -que guarda similitudes inequívocas con el pueblo de Bittori y Miren- pero no le dejaron.

«Todos somos parte de esa historia, ama». La frase forma parte de un diálogo entre Bittori y su hijo, en en la segunda entrega de la serie. HBO la utilizó para la promoción previa y junto con el cartel plantado en la Gran Vía (que Aramburu fotografió primero y criticó después), en el que se veían dos imágenes: la del empresario asesinado por ETA con su mujer auxiliándolo y la del etarra Joxe Mari desnudo y tirado en el suelo ante unos policías. Todo esto dio pie a una polémica absurda en el que voces intencionadas acusaron a la campaña de equipar a víctimas y verdugos, por el hecho de poner los dos fotogramas juntos. La intención era señalar que la ficción (es eso, una ficción, no un documental) iba a mostrar todas las realidades del conflicto vasco, pero hubo quien no quiso entenderlo. En la novela ya se pretendía plasmar todas las caras y circunstancias, eso no quiere decir que se equiparasen todas ni hubiese intención de ser equidistantes.

La adaptación audiovisual asume el mismo objetivo. Si uno ve los dos primeros capítulos lo comprende y lo comparte. En 'Patria' hay familias que sufren, amistades que se rompen, vecinos que callan y se convierten en cómplices, jóvenes que cometen atrocidades por ideales sin fundamento y curas que les animan a pelear por ellos, personajes que huyen, personajes a los que les obligan a huir, policía que tortura, presos encerrados en penitenciarías lejos de sus seres queridos, e inocentes que mueren de un modo salvaje en medio de una guerra cruenta e innecesaria.

A quien no le gustó el libro no le gustará la serie. A quien sí saldrá satisfecho del visionado. Los que no lo hayan leído son bienvenidos porque la serie, obviamente, funciona por sí misma. Los seis episodios restantes discurren en esa línea y están a la altura. Ha sido necesario, por supuesto, recortar algunos pasajes y pasar por alto otros. Tal vez se hayan eliminado algunos más de la familia de Miren que de la de Bittori y eso priva al espectador e empatizar un poco más con los primeros, que pese a ser más hoscos tienen también momentos tiernos y de arrepentimiento (como la boda de Gorka a la que asisten sus padres o la relación de Joxe Mari con una muchacha de Ondárroa que va a visitarle a la cárcel).

'Patria' forma ya historia de la televisión, de la buena televisión que nos ha regalado ficciones sobresalientes como 'Crematorio' o 'Fariña', estas dos también basadas en libros. Compite en esa liga. Y va de ETA, sí. Pero también va de otros asuntos universales, como lo que nos influyen los lugares de los que venimos, los entornos en los que nos críamos, las estructuras sociales a las que sobrevivimos.