El molino de madera de Epifanio vuelve a cargar

Rita Negrín se empeñó en restaurar el aeromotor de madera que su tío Fermín trajo de Argentina en el siglo XIX a Vega de Río Palmas. El especialista Gregorio Ruiz logró volver a ponerlo en pie en 2019. Solo resta acabar la obra en piedra

CATALINA GARCÍA / VEGA DE RÍO PALMAS

catalina garcía / vega de río palmas

Gregorio baja del molino artesano y pide silencio: «Shiss ¿No oyen? Es el agua cayendo en el estanque». En la quietud de la tarde en Vega de Río Palmas, en el municipio de Betancuria, el molino vuelve a funcionar después de decenios y decenios sin girar ni echar agua. Rita Negrín Brito es la artífice de las obras; Gregorio Ruiz Riverol es el maestro restaurador de molinos; y Mercedes Ramírez Pérez, la feliz vecina que, desde su casa, lo contempla de nuevo en pie.

El arreglo del aeromotor artesano de madera de la finca de El Mojino es resultado del empeño de Rita, una de las dos hijas del primer propietario Epifanio Negrín Cabrera. «El molino nos daba agua para la casa y para regar el huertito». Ella se acuerda que su padre, que era invidente, bajaba al pozo deslizándose por el tubo y, al tiento, le ponía el lino a la centrífugo.

Rita mira el molino y va desgranando detalles. Lo trajo de Argentina en el siglo XIX su tío Fermín Negrín Cabrera, que emigró dos o tres veces a ese país. En el XX, siguió sacando agua, «siempre pasando trabajos y mirando que viniera el viento». A finales del siglo pasado, comenzó la decadencia que se consolidó en lo que va de siglo XXI.

La restauración ha sido lenta, pero firme. En 2015, se bajó la cabeza. Hubo que esperar a septiembre de 2019 para subir la veleta, las aspas, todo. Ahora, sólo resta pintarlo y forrar de piedra caseta y estanque. Cuando se acabe, Rita promete una fiesta.

de cigÜeñal o de codo. «No es un molino de Chicago» deja claro el restaurador Gregorio Ruiz (Agua de Bueyes, 1959) lo que sí es «muy, muy antiguo. Los herreros de aquí copiaron el sistema de los que vinieron de Argentina e hicieron los cigüeñales, por eso les dicen molinos de codo o de cigüeñal. Son pocos los que habían y pasaban a dueños distintos y se han ido abandonando y nadie restaura».

La restauración de estos molinos de codo lleva su tiempo porque todas las piezas son artesanales. «Hice las velas con chapa galvanizada, arreglé la veleta, añadí un collarín y un rodamiento al giratorio de madera para que el molino girara más ligero».

Este especialista en el arreglo de molinos hace historia de los artilugios para sacar agua en Fuerteventura y que se han ido abandonando: primero, las norias; luego, el motor de gasoil de cuadro «que eso fue un adelanto tremendo»; y las bombas sumergibles, «lo mejor que hay».

Gregorio baja del molino artesano y pide silencio: «Shiss ¿No oyen? Es el agua cayendo en el estanque». En la quietud de la tarde en Vega de Río Palmas, en el municipio de Betancuria, el molino vuelve a funcionar después de decenios y decenios sin girar ni echar agua. Rita Negrín Brito es la artífice de las obras; Gregorio Ruiz Riverol es el maestro restaurador de molinos; y Mercedes Ramírez Pérez, la feliz vecina que, desde su casa, lo contempla de nuevo en pie.

El arreglo del aeromotor artesano de madera de la finca de El Mojino es resultado del empeño de Rita, una de las dos hijas del primer propietario Epifanio Negrín Cabrera. «El molino nos daba agua para la casa y para regar el huertito». Ella se acuerda que su padre, que era invidente, bajaba al pozo deslizándose por el tubo y, al tiento, le ponía el lino a la centrífugo.

Rita mira el molino y va desgranando detalles. Lo trajo de Argentina en el siglo XIX su tío Fermín Negrín Cabrera, que emigró dos o tres veces a ese país. En el XX, siguió sacando agua, «siempre pasando trabajos y mirando que viniera el viento». A finales del siglo pasado, comenzó la decadencia que se consolidó en lo que va de siglo XXI.

La restauración ha sido lenta, pero firme. En 2015, se bajó la cabeza. Hubo que esperar a septiembre de 2019 para subir la veleta, las aspas, todo. Ahora, sólo resta pintarlo y forrar de piedra caseta y estanque. Cuando se acabe, Rita promete una fiesta.

De cigüeñal o de codo

«No es un molino de Chicago» deja claro el restaurador Gregorio Ruiz (Agua de Bueyes, 1959) lo que sí es «muy, muy antiguo. Los herreros de aquí copiaron el sistema de los que vinieron de Argentina e hicieron los cigüeñales, por eso les dicen molinos de codo o de cigüeñal. Son pocos los que habían y pasaban a dueños distintos y se han ido abandonando y nadie restaura».

La restauración de estos molinos de codo lleva su tiempo porque todas las piezas son artesanales. «Hice las velas con chapa galvanizada, arreglé la veleta, añadí un collarín y un rodamiento al giratorio de madera para que el molino girara más ligero».

Este especialista en el arreglo de molinos hace historia de los artilugios para sacar agua en Fuerteventura y que se han ido abandonando: primero, las norias; luego, el motor de gasoil de cuadro «que eso fue un adelanto tremendo»; y las bombas sumergibles, «lo mejor que hay».

El temporal llevó al suelo el molino de Chicago de Mercedes

Hace 84 años, nació Mercedes Ramírez Pérez en frente del molino artesano de madera de Vega de Río Palmas. «No sólo crecí viendo este de Epifanio. El que está ahora descabezado al lado del barranco. El de más allá que también está en el suelo. Pero de estos de palos, había pocos. Empezaron pronto a llegar molinos metálicos de América como el de mi padre».

De ojos verdes como el agua que subía del pozo hasta el estanque, Mercedes recuerda que se regaba por la noche o por el día «cuando viniera el viento, aunque sea con la luna. El viento aquí sopla del noreste, el alisio». El molino de Chicago de Mercedes también se lo arreglaron, pero la alegría de verlo otra vez girando y sacando agua le duró poco. «Las patas se fueron pudrieron y vino un temporal y lo tiró al suelo. Tirados así, hay muchos aquí y es una pena que no los arreglen aunque sea para adorno, con lo bonito que es verlos sacar agua».

Entonces es cuando Gregorio carga el molino de palos y pide, shiss, silencio para oír caer el agua.