Una segunda piel del país de Los Gofiones (III)

La estameña ‘gofiona’ ha acompañado fielmente el periplo vital del grupo durante medio siglo señalándose como su prenda identitaria más reconocible. Totoyo Millares reivindicó el traje típico campesino.

Si el sonido gofión ha sido un elemento distintivo durante estos 50 años de existencia de Los Gofiones, la tradicional estameña que han vestido los más de 150 miembros que en distintas etapas han integrado la formación, constituye también un símbolo que ha identificado al grupo sobre los escenarios. Esa chaqueta confeccionada con hilo de oveja es mucho más que una prenda que ha emparentado, en estas cinco décadas que el grupo celebra este año, la tradición etnográfica con la folclórica.

La idea del fundador de Los Gofiones, Totoyo Millares, fue clara desde los inicios. El grupo debía apadrinar la vestimenta campesina de los hombres del interior de Gran Canaria, cuyo origen está en los modelos clásicos de chaquetas y pantalones de finales del XIX y principios del XX elaboradas con el duradero tejido del país. Tan duradero que muchas de las estameñas de lana que realizó para algunos integrantes del grupo el sastre Bernardo Armas en su sastrería del barrio Schamann en los años ochenta del siglo pasado, aún se conservan impolutas en más de un ropero de los más veteranos.

Totoyo Millares no solo reivindicó la recuperación del folclore más tradicional de las islas sobre el escenario, sino el antiguo traje típico de campesino, precisamente en una época en la que el caprichoso diseño del extendido traje diseñado por Néstor se apodera de la vestimenta que lucían las rondallas y agrupaciones de la isla. En una entrevista realizada al fundador de Los Gofiones y publicada en la prensa de la época en 1969, ya advierte de que «queríamos presentarnos igual que lo vestían los campesinos de nuestros campos, con botas de pastor, pantalón y estameña de lana hilada, alforjas dobles o sencillas, sombrero negro de chimenea alta y ala corta, ceñidor negro y camisa listada azul-blanca, marca El Reloj, que son muy difíciles de encontrar, porque la evolución de los tiempos ha motivado que los campesinos actuales usen camisas de tergal».

El timplista y Alberto García Beltrán recorrieron buena parte de los pagos de la cumbre del norte de Gran Canaria como las cuevas de San José de Caideros y Juncalillo en el Renault cuatro latas del suegro de éste último, buscando hilanderas que pudieran proporcionarles metros de paños suficientes para confeccionar los pantalones y chaquetas que debían usar los componentes del grupo recién fundado.

Una de ellas fue Mariquita de las Nieves Mendoza, conocida como la última tejedora de Caideros. Siendo muy pequeña, María de las Nieves se sintió atraída por la magia del telar y desde niña, sentada a la falda de su abuela Cha Teodora la de Pico Viento, cuando apenas llegaba con los pies a los pedales del telar, ya tiraba la lanzadera entre la urdimbre de lana.

«Tuvimos dificultades para encontrar los paños de lana de oveja», recuerda García Beltrán, que en aquella época contaba con 24 años de edad. «Fue el compañero de Agaete del grupo, Paco Sánchez, quien nos indicó los lugares en los que vivían aquellas hilanderas artesanas que hoy en día han desaparecido. Hay que tener en cuenta que aquellas mujeres practicaban una actividad asociada a la actividad del pastoreo y, de hecho, algunas pertenecían a familias de pastores», agrega.

A Beltrán, que militó en Los Gofiones junto a otros dos hermanos (el único que ha resistido a los embates del tiempo ha sido Sergio, que tras la muerte de Perico Lino ha pasado a convertirse en el único gofión que queda de la época fundacional) su chaqueta estameña se la confeccionó una costurera de Tafira Baja. «Aquellas prendas no había cristiano que las aguantara en una actuación. Eran pesadas, calurosas y rígidas, y el interior del calzón raspaba tanto que muchos teníamos que ponernos un pijama debajo o forrarlo con una tela de satén», dice. Aquella chaqueta le era familiar: «Cuando era joven y vivía en la antigua calle La Fontana de Oro, ahora Senador Castillo Olivares, veía usar la misma estameña a los lecheros que llegaban con los camiones desde la cumbre a vender su leche a la Central Lechera». Otro calvario para los primeros gofiones fue calzar las botas de cuero hechas a medida en la fábrica de Calzados Armas de Agaete. «Eran de color beige, forradas de piel vuelta y de suela rematadas con tachas con las que era complicado mantenerte en pie al caminar», apostilla.

Con motivo del exitoso concierto de presentación a la sociedad grancanaria de Los Gofiones en el teatro Pérez Galdós, acaecido en julio de 1969, el escritor Juan del Río Ayala escribió en el Eco de Canarias que los miembros del grupo se había subido al escenario de coliseo capitalino vistiendo «traje dominguero de tierra adentro, de estameña –de vellón jilado y jechado en el país- con camisa sin cuello y con tirilla a modo de pretina, cachorra desarbolada y zapatos solados; es un buen atuendo, enteramente típico, normal y sin ninguna clase de afectaciones. Así, con gesto auténtico, cantaron y tocaron Los Gofiones».

El investigador Antonio Pérez Cruz, conocido popularmente como Teno, cuyo libro sobre la vestimenta tradicional canaria se ha convertido en una referencia, escribió para Los Gofiones unos años antes de su fallecimiento un texto en el que valoraba positivamente el esfuerzo del grupo por vestir con el modelo «de campesino popular o maúro en uso hasta hace pocos años. Del conjunto del vestido la pieza más destacada es la chaqueta, casi un símbolo de identidad campesina», advertía.

Los encargos más peculiares que entraron tanto en la sastrería de Bernardo Armas como en la de Paco López fueron los del grupo. Las rudas estameñas gofionas se codearon por entonces en los percheros del taller del negocio de Armas con el presuntuoso porte de los trajes militares y los lustrosos uniformes tanto del personal de tierra de la desaparecida aerolínea Spantax como de los pilotos de la alemana LTU y Air Europa, para las que trabajaba. En su negocio ubicado en la calle Núñez de Balboa, Bernardo Armas confeccionó a partir de los años 80 buena parte de las estameñas y pantalones de hilo de lana, así como de las camisas listadas.

El que fuera en una época director del grupo y actual componente, Paco Chirino, contactó con el joven sastre de 25 años (ahora tiene 76) para saber si podía comprometerse con la confección de las estameñas gofionas, que empezaron costando al grupo unas seis mil pesetas de la época y ahora pueden superar el precio de los 400 euros. «Aquella tela era la primera vez que la veía en mi vida. Recuerdo que venían esporádicamente según se incorporaban nuevos miembros o conseguían paños, porque con el tiempo cada vez era más difícil conseguirlos debido a que las hilanderas abandonaban su oficio. Trabajar con las costuras de aquellas resistentes telas de pura lana de oveja era una pesadilla. Las chaquetas podían pesar cinco kilos y había que forrarlas con muselina porque su tacto a la piel hacía tanto daño como el picón volcánico. Las trabajaba tanto a máquina como a mano y ni me atrevo a hacer un cálculo de las agujas que rompí confeccionándolas. El resto de mis clientes se sorprendía de comprobar el trabajo artesano que había detrás de cada prenda», explica el sastre que se crio en el Pinar de Pajonales.

Paco Chirino también se esforzó durante su etapa de trece años como director de Los Gofiones en buscar artesanas hilanderas que confeccionaran los paños para sus estameñas. Recurrió a Mariquita de las Nieves, en Montaña Alta de Guía, y a Manolito el Tejedor, en La Lagunetas. «El trabajo ahora se cobra mucho más caro», explica Chirino. Por un pantalón unos 60 euros, mientras que por una chaqueta 140, sin añadir, por supuesto, el costo del metro lineal de paño de hilo que está fijado en 35 euros.

María Castro, la tejedora de Ingenio, se ha incorporado a la última nómina de hilanderas con las que trabaja el grupo.

Una segunda piel

Las estameñas gofionas son variadas en sus diseños y acabados: unas son de ramo de palma o espiga (como la que empleaba Perico Lino), mientras que la mayoría son de cordoncillo y tafetán. La única que existe confeccionada con el diseño de la típica pata de gallo es la de Antonio Socorro, pero una de las más elegantes es la que viste Manolo Melián. Lleva una de paño entrecruzado que muy pocas hilanderas quieren trabajar en el telar por su extremado grado de dificultad.

«Mariquita de las Nieves me dijo que ni se me volviera a ocurrir pedirle otra similar porque estuvo entre seis y siete meses para obtener unos cuantos metros de paño», rememora Paco Chirino, cuya estameña heredó Pedro Miguel González cuando él abandonó el grupo en 1990, quien terminó perdiéndola olvidada sobre un taxi que arrancó con ella sobre su techo.

Todos los integrantes de Los Gofiones mantienen con su estameña una relación estrecha y especial, pero quizás una de las más afectivas es la que profesa el percusionista del grupo, Nano Guerra, con los pantalones y la chaqueta que desde 2011 lleva poniéndose y que utilizó su padre fallecido, también componente del grupo desde 1971, Bernardo Guerra. «Esa estameña ha recorrido Tenerife en donde es mostrada en ferias de artesanía como ejemplo de pieza de museo por el alto grado de confección de su raro diseño cuadriculado», señala orgulloso el músico terorense, que aún recuerda con cinco años los viajes con su padre a Artenara para probársela varias veces, así como el cariño con el que trataba aquella valiosa vestimenta antes y después de cada actuación. Nano lleva todavía el pantalón de su padre en cada actuación de Los Gofiones, un pantalón de hilo sin forro que tiene 45 años y que el percusionista cuida como un tesoro. «Cada vez que me lo pongo me transformo en el Belillo, como le decían cariñosamente a mi padre». Desde hace un año tiene su segunda estameña fabricada con la lana de las ovejas de su compañero Iván Quintana, «porque la de mi padre hay que conservarla ya como una reliquia en el interior de una caja de cedro para que no la piquen las polillas».

Iván Quintana ingresó con 15 años en Los Gofiones y lleva con honor la primera estameña que vistiera uno de los fundadores del grupo Perico Lino, fallecido el pasado enero. Por tanto, sus costuras tienen los mismos años de antigüedad que Los Gofiones: 50 años. La segunda y última estameña que llevó el célebre solista de Arenales se la tejió Iván Quintana, cerrando un círculo de vida e historia que parece querer dar cuenta de la dimensión e importancia que la popular chaqueta que identifica al grupo sigue teniendo entre sus miembros.

Es el miembro más joven con 22 años y el que más ha trabajado por preservar y conservar la tradición alrededor de la vestimenta del grupo. Tanto es así que trasquilaba personalmente el ganado de ovejas de su abuelo para obtener la lana que luego limpiaba con esmero y entregaba a la tejedora ingeniense María Castro. Conserva en su casa de El Carrizal tres telares de tea de más de 500 años de antigüedad que se ha empeñó en rehabilitar porque no conseguía a nadie que tejiera lana del país. Aprendió durante más de un año con una señora en La Aldea el oficio y su técnica, que luego completó con el magisterio de María Castro en el telar de su tatarabuela que conserva en Ingenio, de donde salieron los últimos paños de las estameñas gofionas. Uno de los tres telares que posee el solista de Los Gofiones es de procedencia palmera y se lo regaló el especialista en indumentaria canaria del siglo XVIII del Museo de Historia de Tenerife, Juan Rodríguez, que ha confeccionado a su vez los fajines del grupo.

Ahora la lana se la siguen proveyendo varios pastores de la zona de Caideros de Gáldar. Después de retirarla, la lava, carda, hila y teje cuando hacen falta nuevos metros de paño. En estos momentos se encuentra en fase de confección de dos nuevas estameñas. «Dependiendo del cuerpo hacen falta seis metros para hacer una chaqueta gofiona. Hay que tener en cuenta que de los telares antiguos se extraen nada más que 70 centímetros de ancho», explica Iván Quintana.

Detrás de esas nobles estameñas gofionas hay destreza y tradición artesana que uno admira... Un símbolo tejido de lana que vincula la naturaleza con la memoria etnográfica de la isla. Una prenda fiel que se resiste a la vanidad del tiempo pero que se ha curtido con los innumerables episodios que siembran la historia colectiva e individual de medio siglo de Los Gofiones.