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David Verdaguer y los chavales protagonistas de 'Uno para todos'.
'Uno para todos': Enseñar en la España precaria

Enseñar en la España precaria

'Uno para todos' reivindica la labor de los maestros sin discursos épicos de la mano de un espléndido David Verdaguer en la piel de un profesor interino

Jueves, 17 de septiembre 2020

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El subgénero de películas con maestro ha dado lugar a títulos memorables, como el estricto Mr. Chips de Peter O'Toole, sin vida privada, o el John Keating de 'El club de los poetas muertos', que Robin Williams convirtió en un apologeta del carpe diem. El profesor que borda David Verdaguer en 'Uno para todos' resulta más cercano y verosímil. En los primeros compases del filme le vemos a bordo de su baqueteado Renault 19, dirigiéndose a cubrir una sustitución a un colegio de Caspe, en el Bajo Aragón. Llega de noche, echa un vistazo desde la verja a su nuevo destino y duerme en el coche. A la mañana siguiente conocerá a sus alumnos de once años. Entrará en sus vidas durante un periodo de tiempo con fecha de caducidad. Sabe que poco después de encariñarse con ellos les tendrá que decir adiós.

Pocas películas resultan tan oportunas como 'Uno para todos', que reivindica la tarea callada y muchas veces ninguneada de los maestros. David Ilundain, que debutó hace cinco años con ese demoledor retrato de un sistema corrupto que es 'B (de Bárcenas), describe el funcionamiento de la escuela pública a través de la figura de un buen tipo que aterriza en un aula e intenta hacer bien las cosas. «Los profesores necesitan medios y una cierta tranquilidad y respaldo, saber que cuentan con la confianza del resto del equipo educativo, de los padres y de la sociedad en su conjunto, pero eso es difícil si te mandan de aquí para allá a cubrir huecos», apunta el realizador navarro. La película se inspira en el caso real del profesor Javier Mur, que motivó a sus alumnos para que un compañero enfermo de cáncer siguiera las clases desde casa.

En 'Uno para todos' también hay un chaval con linfoma, al que sus compañeros odian porque era un acosador antes de la enfermedad. Y una hija de inmigrantes que de alumna ejemplar pasa a suspender todo. Pero el peso del relato descansa en el personaje de Verdaguer, que también arrastra sus fantasmas familiares y sufre el peso de la soledad. No hay grandes discursos ni se retrata a un santo laico. No hay aplausos de los críos a un docente que trata de dar lecciones de vida cuando la suya es un desastre. Ilundain apuesta por los pequeños logros cotidianos y consigue que chavales sin experiencia ante la cámara resulten un prodigio de naturalidad.

Ficción como la vida misma. El director contaba que cuando llevó a sus hijos esta semana a su primer día de clase se encontró con que la profesora del pequeño era una sustituta «lanzada directamente al ruedo sin preparación» por baja de la titular. «Seguro que es buena maestra, pero no es la mejor manera de llegar a hacerse cargo de un grupo de niños».

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