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El actor y director Aitor Merino. José Ramón Ladra
Aitor Merino se va de crucero con sus padres en 'Fantasía'

Aitor Merino se va de crucero con sus padres

El actor y director presentará en el Festival de Málaga 'Fantasía', un emotivo documental que captura la intimidad de su familia y reflexiona sobre la vejez y la memoria

Martes, 25 de mayo 2021

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«No lego nada por no tener de qué». Aitor Merino (San Sebastián, 1972) arranca 'Fantasía' con una cita que atribuye a Juan de Unzueta, un antepasado suyo, y que fecha en el año de su muerte, 1765. El segundo largometraje del actor y director, que debutó en 2013 con 'Asier eta biok', habla de legados y de memoria, de la herencia de amor que recibimos de nuestra familia. En 2015, los padres de Merino celebraron sus bodas de oro y sus dos hijos, Aitor y su hermana Amaia, también cineasta, les invitaron y se sumaron a un crucero por el Mediterráneo a bordo de un buque, el 'Fantasía'. El director comenzó a grabar aquella travesía sin confesar que tenía una película en mente. Y después siguió rodando en la intimidad de su familia durante casi cinco años más. El resultado es un filme tan honesto y desarmante como lo era 'Asier eta biok', que compite en la sección documental del inminente Festival de Málaga que arranca la próxima semana.

Vídeo. Clip de 'Fantasía'.

Aitor Merino no tiene una madre tan deliciosamente excéntrica como la de Gustavo Salmerón, su compañero en la escuela de Cristina Rota hace casi 30 años, protagonista de 'Muchos hijos, un mono y un castillo'. Ni tampoco es como la volcánica Carmina de Paco León. «Mis padres son personas normales, no han hecho nada extraordinario en la vida de relevancia social. Han sido unos padres generosos y cuidadores, que se asustaron un poco cuando les dije que quería ser actor y me vine a Madrid con 16 años a buscarme la vida», apunta Merino. Iñaki y Kontxi ya están jubilados en sus setenta y tantos y siguen viviendo en Pamplona, adonde se fueron cuando Aitor era un niño y cerró la empresa donostiarra en la que el padre trabajaba de delineante. Allí, en Barañain, montó un pub mítico, el Karpanta, el primero de la zona con actuaciones en directo. La madre regentó una boutique de ropa hasta su jubilación.

'Fantasía' muestra su día a día bajo la mirada de la cámara curiosa, a veces impertinente y siempre cariñosa del hijo. De los bailoteos en el crucero pasamos al despertar en casa, con el tensiómetro y las pastillas siempre a mano. Los Merino siguen tan enamorados que Iñaki le lleva el desayuno a Kontxi a la cama, aunque otras veces no paren de discutir. «O de morros o morreándonos», resume el padre. La bohemia también tiene cabida en esa existencia burguesa en forma de guitarras colgadas de las paredes, que el padre ya no puede tocar como antes por la secuelas de un ictus. A base de horas y horas de grabar, Aitor consiguió que sus aitas vencieran el pudor: Kontxi escucha ópera y baila en pelotas, mientras a Iñaki no le importa aparecer en calzoncillos y sin su dentadura. Toda la casa está empapelada de fotos de sus hijos y carteles de sus películas.

«Nos fuimos siendo unos críos y nos han echado mucho de menos. Apenas han cambiado nuestras habitaciones, se han resistido a que el tiempo pasara», apunta el director. Las imágenes del pasado son cruciales en 'Fantasía'. El padre digitaliza metódicamente viejas fotos familiares mientras la madre dibuja a lápiz el retrato de sus padres. «Los retratos, más allá de hablarnos de cómo es alguien, nos lo hace tener presente», reflexiona Merino. «Son una especie de cápsula en el tiempo que nos lleva al pasado y nos hace recordar a quien no está, una forma de comunicarnos con nosotros en otras épocas y con personas a las que amamos. Esta película es un mensaje en una botella para mí mismo o mi descendencia, si algún día la tengo. También para cualquiera que la encuentre. Dice que nosotros no tenemos nada de extraordinario, pero que hemos existido y nos hemos amado. ¿Y qué hay más extraordinario que el amor?».

Los padres de Aitor Merino, protagonistas de 'Fantasía'.

Los estragos de la edad y la inminencia de la muerte tiñen de melancolía el emotivo documental: las llamadas para comunicar la muerte de un familiar, el recuerdo del abuelo que sufrió alzhéimer y no reconocía su propia imagen en el espejo o el personaje de la amama de 94 años, que fallecería antes de finalizar el rodaje. Los protagonistas cada vez visitan con más frecuencia el hospital. «Están en una edad en la que cada nuevo achaque llega para quedarse», constata Aitor Merino, que ya no puede salir a pasear al campo con su padre como hacía antes. «Si estoy en el mundo y no os conozco, no quiero estar», anuncia la madre, temerosa de perder la memoria en una película que, según su autor, es «un intento por rescatarnos del olvido». Los padres la verán por primera vez en Málaga en pantalla grande. Su hijo augura que se emocionarán e incomodarán: «No le encuentro sentido a grabar solo lo bello si quieres ser fiel a la realidad».

A sus 48 años, Aitor Merino no tiene hijos. Rodar 'Fantasía' le ha hecho replanteárselo. «¿Qué sentido tiene dejar un retrato si después no hay nadie querido que te vaya a recordar?», se pregunta. Tantos años fuera de casa para descubrir ahora «el sentimiento de gratitud por la dedicación y generosidad» de sus aitas en la 'home movie' más arrebatadora del año: «Creo que no hay un amor tan puro en este mundo como el que unos padres sienten hacia sus hijos».

«De 'Asier eta biok' me queda un sabor más dulce que agrio»

Hace ya ocho años que 'Asier eta biok' descubrió al director que se ocultaba tras el protagonista de 'Historias del Kronen' y 'Días de fútbol'. Aitor Merino contaba en este documental ganador del Premio Irizar del cine vasco en el Festival de San Sebastián su relación de amistad desde crío con Asier Aranguren, expulsado por Francia tras cumplir siete de los diez años de condena que le habían impuesto los tribunales de París por ser miembro de ETA.

«De 'Asier eta biok' me queda un sabor más dulce que agrio», reconoce el director. «En su día pasamos muchos nervios por tocar un asunto tan peliagudo. Pero años después me siguen llamando para hacer pases de la película. Afortunadamente han cambiado muchas cosas, la amistad sigue siendo un tema universal y la violencia en otros lugares del mundo no ha desaparecido».

Merino intentaba hacer entender en el filme a amigos como Juan Diego Botto y Willy Toledo cómo podía ser amigo de un etarra, al que permanece unido desde sus juegos infantiles. También mostraba su incomodidad ante la liturgia patriótica de la izquierda abertzale y dejaba entrever la inutilidad de las acciones terroristas. Hoy Asier Aranguren, descubre, regenta una empresa de pimientos del piquillo. «A raíz de la película nos conocimos mejor. Nuestra amistad es inquebrantable».

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