Cuentos Chinos

Que tengan valor

La soberbia de los dirigentes independentistas catalanes, sobre todo el las dos últimas semanas de pesadilla estelada, paradójicamente ha ofrecido a Carlos Puigdemont una oportunidad única para reconducir su deriva. Su travesía hacia el iceberg cual Titanic que puede llevar al fondo del océano a cientos de miles de catalanes engañados y manipulados por las mentiras de los que quieren fracturar España a base de odio. Cataluña está al borde del abismo fruto de la irresponsabilidad de los Puigdemont, Junqueras, Rufián y compañía, una banda de maleantes políticos que han conseguido pasar a la historia del continente por haber sido los causantes de la fractura de la sociedad catalana tras chantajear (o al menos intentarlo) a un Estado amparado por la Ley y la Constitución.

«Falta que el aparato del Estado borre del panorama político a estos impostores»

Pero la banda del separatismo también ha logrado algo que pocos (y me incluyo) nos habíamos imaginado, que no es otra cosa que la unión del resto del país alrededor de una bandera. Y no lo digo porque la rojigualda sea el símbolo único del pensamiento de la mayoría de un país. El rojo y el amarillo se ha convertido en la manera de decir que todos somos España, los de derecha, izquierda y el centro. Nunca antes, a excepción de las gestas de la selección española de fútbol en mundiales y eurocopas, había visto un clamor popular ante la bandera de la nación, incluso en Cataluña, donde en las últimas fechas se ha ido perdiendo el miedo a colgarlas en los balcones para contrarrestar a las esteladas.

Soy de sacar lecturas positivas de todo, y el separatismo ha conseguido unir mucho a un país que andaba un tanto carente de señas de identidad comunes. Esto lo ha conseguido la banda del separatismo, pero aún le queda otro reto por conquistar.

Falta que el aparato del Estado, la ley, el sentido común y las urnas legales acaben y borren del panorama político a estos impostores disfrazados de representantes de Cataluña. Será en ese momento, cuando la ley o las urnas autonómicas, aparten de por vida de la política a los que han querido acabar con un país estafando a sus propios paisanos.

Se avecinan días intensos en los que se decide una gran parte de la estabilidad de millones de españoles. Ojalá los ambiguos y cobardes dirigentes separatistas catalanes tengan el valor que les ha faltado para llamar a la cosas por su nombre. Que digan que han proclamado la independencia y luego, que se atrevan a convocar elecciones.