Del director

Pasando por el aro de ‘El irlandés’

02/12/2019
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Haciendo de tripas corazón, pasé por el aro y vi El irlandés, la última película del director Martin Scorsese, en Netflix. Y ese pasar por el aro incluyó contemplarla en un teléfono móvil. Dicen que es el signo de los tiempos, que no es otra que el eufemismo que te suelen echar en cara cuando, de manera elegante, te quieren contar que eres de otro tiempo. Del pleistoceno, más o menos.

Gran Canaria quedó fuera del reducido círculo de lugares del planeta donde se pudo ver la película en pantalla grande. No estará de más que las distribuidoras le den una vuelta al asunto porque lo cierto es que, por no asumir las exigencias de Netflix, están invitando a los espectadores interesados a huir de las salas y refugiarse en el abono a las plataformas audiovisuales.

Admito que la experiencia no fue del todo satisfactoria. Debo incluirme en el reducido grupo de tipos raros que no encuentra la maestría en la película de Scorsese. Es más, que sigue echando de menos al Scorsese rompedor de sus inicios e incluso al que siendo más clásico, regaló al espectador planos, secuencias y, sobre todo una combinación de historia, interpretación de actores e implicación de la banda sonora en la trama que crearon un sello propio. ¿Acaso no está todo eso en El irlandés? Sí pero no. Es evidente el sello de Scorsese pero uno se pasa las tres horas largas de la película esperando el puñetazo en el estómago de Taxi Driver, el ejercicio de estilismo de Toro salvaje, los movimientos de cámara siguiendo una bola de billar de El color del dinero y, sobre todo, esa crónica del mundo de la mafia que atraparon a los espectadores que acudieron al cine a ver Uno de los nuestros y Casino. Por contra, El irlandés es cine perfectamente rodado pero que parece como unir en uno tres episodios de una serie. Quizás sea la influencia de Netflix o de las series televisivas en las que recientemente se embarcó Scorsese pero lo cierto es que hubo momentos durante el visionado que uno tuvo la tentación de colocar un dedo sobre la pantalla del móvil, buscar el avance acelerado y reducir la duración de la película... tentación finalmente superada porque es algo así como el suicidio del cinéfilo. Con las películas creo que pasa como con los libros: por mucho que decepcionen hay que hacer el esfuerzo de llegar a la última página, quizás con la vana ilusión de encontrar ese renglón mágico que luego no aparece.

Veremos pronto qué deparan las candidaturas de los Globos de Oro y de los Óscar. Cuentan que El irlandés está en todas las quinielas. Razón de más para concluir que uno ya es de otra época.