Por si le interesa

La mano que mece el balón

10/05/2017

Puede que haya gente que me vea pusilánime, o que entienda que saco las cosas de quicio. Pero me pregunto: ¿es normal que un entrenador de un equipo de fútbol sala de benjamines acabe el partido en el vestuario? ¿Que el árbitro lo expulse por su conducta? En esa categoría juegan niños de entre 9 y 10 años. ¿Qué final, qué partido, por importante que sea, merece que un entrenador de chiquillos de esa edad dé tan mal ejemplo? Pues yo lo viví este fin de semana y me puso frente a la cara un problema, el de la violencia en el fútbol base, que aunque sabía que existía, he descubierto que se alimenta, sutilmente, desde muy atrás, desde categorías en las que los chiquillos apenas levantan un palmo del suelo.

“¿Es normal que un entrenador de un equipo de fútbol sala de benjamines acabe el partido en la caseta?”

Ahora entiendo que se monten tanganas en las gradas del fútbol base, o que los jugadores aprendan antes a engañar al árbitro que a regatear. Los críos estaban tan presionados por la necesidad de la victoria que lloraban cada vez que fallaban a puerta, cada vez que les hacían una falta, o cuando les metían un gol. Pero también los hubo, insisto, con apenas 9 o 10 años, que reaccionaron ante un gol del contrario dando sucesivos cortes de manga. O lanzando el balón a las gradas. ¿Y qué hacía el entrenador? Pues no parar de dar gritos, de exigirles, de meterles presión; en fin, de ponerlos al límite. Ganaron, y de forma merecida, pero ¿a qué precio? Me dio lástima. Y me llevó a hacerme una pregunta. ¿Pasan algún filtro los entrenadores del deporte base? ¿reciben formación sobre pedagogía, sobre cómo han de tratar a los niños? No olvidemos que un entrenador es también un educador. La respuesta es no. La legislación y las federaciones los dejan a sus anchas. Ahora me explico ciertas cosas. Mimbres tan nefastos solo producen personas agresivas o deportistas frustrados que abandonan antes de tiempo.