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La liberación de Leopoldo López pone de manifiesto que el régimen de Nicolás Maduro empieza a ser consciente de que no puede seguir así. Es verdad que puede interpretarse como un gesto con el que ganar tiempo, pero no siendo menos responde a una realidad en la que asumen que deben ser flexibles si desean salvar los muebles de la revolución chavista. Cuando la presión internacional hace que un Gobierno adopte una decisión que va contra su ideario, es que tienen las de perder. Tardará más o menos, pero ya es cuestión de tiempo que se desestructure el poder de Maduro que, ni de lejos, alcanza el carisma de su predecesor.

Incluso, desde la óptica española en la que no cabe duda que con motivo de Podemos el asunto venezolano ha estado presente un día sí y otro también en los telediarios de la cadena pública estatal, la formación de Pablo Iglesias ya no defiende con el mismo ahínco al Gobierno de Caracas. Aquí esta especie de cordón sanitario compuesto por el PP, PSOE y Ciudadanos ha desplazado las iniciales actitudes de salvaguarda de Iglesias. Que encima fuese José Luis Rodríguez Zapatero el que ejerciera de intermediario y no un dirigente de una formación de centroderecha, otorga mayor credibilidad a la negociación en cuanto que no olvidemos que el propio Maduro ha enviado numerosas andanadas televisivas contra Mariano Rajoy.

El chavismo triunfó porque supo leer una situación de gran injusticia social fruto de décadas de bipartidismo desfondado y manejo desigual del precio del petróleo. Hugo Chávez identificó la enorme desigualdad que existía justo en un país con recursos más que suficientes para preservar unos mínimos de cohesión social. El antagonismo entre las dos Venezuelas (la del chavismo que recuerda aquello y la de la oposición que aspira a libertades civiles) solo se apaciguará si ambos acuerdan que el bienestar de Venezuela debe ser una premisa para que Caracas no sea el epicentro de grandes fortunas que desdeña a esa mayoría que no tiene casi nada.

Maduro no es un militar de academia como lo fue Chávez. Este atesoraba una mayor formación a pesar de que tampoco era un estadista precisamente. Pero no hubiera compartido cómo el proceso revolucionario ha ido apropiándose de las instituciones (pensemos por ejemplo en la utilización torticera de la fiscalía y la Defensoría del Pueblo) y haciendo que Venezuela sea una mera democracia formal donde no existe la debida independencia judicial. El estallido social que se está cocinando exige que Maduro siga cediendo y que la oposición no ostente ánimos de revancha. Demasiados excesos se han cometido ya, para encima proseguir en una espiral que si no fuera por la presión internacional podría haber acabado en la peor de las tragedias cívicas.

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