Lunes en África

Isla y árbol

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Toda isla es un paisaje provisional. En su Cuaderno de las islas, Andrés Sánchez Robayna escribe que el insular «come y bebe espacio». Esta experiencia genera no sólo afectos, percepciones o recuerdos. También exige una elección. Aunque el poeta no persigue razones, razón no le falta cuando detecta que una isla «es una porción de tierra rodeada de deseos por todas partes».

La isla donde vivir puede ser creada, o destruida, violentada. Con árboles o sin árboles, por ejemplo. Gran Canaria ya vivió un tiempo desarbolada, cumbres sin sombra, ariscas. Entonces las nubes se alejaron, se perdió el agua. Tal vez no sepa esta nueva generación que para ser isla es necesario estar «rodeado de agua». Tal vez la escuela debiera plantar algún árbol, alguna vez. No hay raíz más profunda. Sin raíces no queda isla a la que volver, las naves pierden el rumbo. Infierno de almas errantes.

Son muchas las formas de hacer camino. A veces la tentación del aprovechamiento invita a talar aquellos árboles que no dejan ver el bosque. Tamadaba rematada de cemento en los arcenes. Con la excusa de ensanchar la cuneta, se reduce la fuerza de la naturaleza, vieja batalla. El paisaje manipulado alimenta la quimera del oro. Dice el consejero de turno que apenas han sido dos los ejemplares extirpados, aunque otros recuentos dan más madera. No es el número, señoría.

El territorio es límite y frontera. Recordando a Breton, el autor dice que en la isla «reside todo el poder de regeneración del mundo». De ahí la poderosa atracción sobre el turista. Por eso no se puede renunciar al equilibrio interno. A unos las leyes de protección les parecen pocas y ruines, y a otros les resultan indeseables.

La isla es tierra limitada. Por si no lo entiende el navegante: Los árboles en medio del camino invitan a la permanencia. Sin ellos, se llega antes al abismo.