Ilusión óptica. / R.C

Una ilusión óptica

Rosa Palo
ROSA PALO

Últimamente me paso el día peleándome con la escritura. Buscando el adjetivo perfecto, dándole vueltas a un párrafo mientras me levanto para servirme otro café, cabreándome como una mona por no encontrar nada nuevo que decir o, si lo encuentro, por no saber cómo decirlo. Debe ser porque, a estas alturas del año, las únicas palabras que tengo ganas de escribir son cuatro: me voy de vacaciones.

«Me voy de vacaciones» es una de las frases más gustosas de nuestro idioma. Se saborea, se dice con una media sonrisa y una mirada de superioridad sobre el pobre currela que se queda defendiendo el fuerte; se paladea con el deseo en la punta de la lengua, igual que Humbert Humbert pronunciaba el nombre de Lolita. Incluso se disfruta antes de decirla, tan solo pensando en la posibilidad de hacerla real. Porque las vacaciones son más que una promesa; son una ilusión óptica que nos hace creer que seremos dueños de nuestra vida y de nuestro tiempo durante unos días, que nos abandonaremos al sol y al agua, que haremos lo que nos pida el cuerpo y no lo que nos ordenen nuestro señoritos, que nos largaremos dejando nuestras miserias guardadas en el cajón de los jerséis de manga larga. Pero, al llegar al destino, abres la maleta y ahí están, revueltas entre los bañadores.

A las vacaciones les exigimos ser felices por decreto ley. Por eso, a veces, nos decepcionan: al preguntarle a un amigo cómo se lo había pasado en Eurodisney con los críos, me contestó «La verdad es que le digo a todo el mundo que muy bien, porque a ver cómo reconoces que ha sido un coñazo cuando te has gastado un huevo». A pesar de ello, sigo contando los días que me quedan para marcharme. Prefiero ser infeliz varada en la arena.