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El hermano pequeño

El hermano pequeño

A la última ·

Jueves, 7 de octubre 2021, 23:01

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El anuncio por parte del Gobierno de la creación de un bono cultural destinado a los jóvenes ha levantado revuelo —y, por qué negarlo, mucha caspa— entre aquellos adalides de Twitter con tendencia a erigirse como defensores últimos de una determinada idea de cultura; en concreto, sólo de una Cultura escrita así, con una inmerecida letra capital que la distingue de su hermano pequeño, cateto, indigno, chabacano: el ocio. No voy a entrar hoy en el tema de la tauromaquia, porque me niego a abrir aquí el debate de si tendría o no que subvencionarse algo que debería estar prohibido. Tampoco me gustaría caer en una crítica, por otro lado merecida, a la veneración o demonización de determinados soportes culturales: mejor cualquier libro de mierda —al menos tendrá páginas— que el 'Breath of the Wild'.

Los sistemas democráticos han intentado, con un éxito variable y casi siempre con efectos limitados, convertir la cultura en un derecho accesible a todos los ciudadanos. Esta pretendida secularización deja de ser democrática en el momento en el que sacraliza una determinada idea de lo que es cultura —aquello que nos eleva en lo moral, nos fermenta en lo intelectual y nos obliga a ser productivos también en nuestro tiempo libre— en detrimento de la diversión o el entretenimiento. En esto debería incidir el bono cultural: contribuir a la disolución de esa frontera rancia que separa la alta de la baja cultura y conseguir que el ocio deje de ser un privilegio de quienes se lo pueden permitir —y se vuelva, por tanto, un derecho exento de culpa— serían dos bellos objetivos para una política pública que busca paliar los efectos —también los psicológicos, no sólo los económicos— de la pandemia.

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