El zapatero, la lluvia y la presa de Soria

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

Con razón, se viene hablando mucho del cambio climático. Parece que las actividades humanas inciden en el clima, aunque me sorprende que siga habiendo debate, sobre todo por las trastadas que hemos sufrido en los últimos años. Aparte de esta obvia circunstancia, por razones que seguramente podrán explicar los especialistas, ha habido períodos con más lluvia y otros con menos, y así hemos asistido desde los famosos primeros años sesenta en los que, en el lenguaje propagandístico del franquismo, se popularizó la expresión «pertinaz sequía», que no fue tal, sino una manera de justificar la pobreza que tuvo el régimen, y convirtió la gran sequía real de 1944/45 en un chicle que generalmente no se correspondía con la lluvia real, que cumplía ciclos como siempre, pues hubo gran sequía en 1927/30 y luego a finales de los cincuenta y primeros años sesenta, que fue la época en la que se inmortalizaron en el NO-DO las inauguraciones de pantanos presididas por Franco, y fue tal la propaganda que en Andalucía lo llamaban Curro (aquí diríamos Pacuco) el de los pantanos.

El caso es que ha habido períodos secos y otros lluviosos, de fríos intensos y olas de calor terribles, aunque ahora parece que esos extremos se dan con mayor frecuencia e intensidad. Es curioso cómo la gente se quejaba de las temperaturas de diciembre, y ahora incluso hay titulares de noticiarios que dicen con cierta pena que el invierno aún no se va a ir, cuando apenas acaba de llegar, y ya se está temiendo que llueva en carnavales. Pues claro, y mejor que sea así, porque febrero suele ser un mes de lluvias. Me crucé con dos chicos en la calle que se quejaban de que hacía dos días que no podían ir a la playa; ¡pero si estamos en enero! Que sí, que esto es un paraíso de sol y tal, pero yo dejo las quejas por lluvia para agosto.

Y es que hay inviernos lluviosos y otros menos, los primeros son aquellos en los que nos llegan frentes desde de suroeste, del cálido Atlántico, y que los campesinos grancanarios llaman «El Tirajanero», que es el que suelta trombas de agua, corren los barrancos y se llenan las presas, aunque la de Soria, con capacidad para 32 millones de metros cúbicos, no se hay llenado nunca, y si se llenara en un temporal tendría que ser el diluvio universal, si bien en las últimas décadas se han mejorados los cauces para la recogida de agua. A principio de los ochenta hubo un par de inviernos lluviosos, en los que el Guiniguada discurrió varias veces como un río entre los capitalinos riscos de San Roque y San Nicolás, aunque la presa de Soria no rebosó; si hubo una ocasión para que eso sucediera, fue en la primavera de 1964, y para entonces la presa estaba en construcción, pues no se acabaría hasta 1972.

En un valle cumbrero del alto Guiniguada, la sequía era dramática, y había sido anunciada como castigo por un zapatero que tenía su casa y su taller en unas cuevas excavadas en el risco junto a la carretera. Este hombre era un solitario, pues no tenía parentela conocida en todo el valle, donde la endogamia habitual en estos parajes de medianía hacía que se repitieran los apellidos y todo el mundo era medio primo de casi todo el mundo. El zapatero, daba buen servicio a la gente. Poco a poco se fue sabiendo por su boca que había estado en Venezuela, donde aprendió bien el oficio, y con los bolívares que trajo compró las cuevas donde vivía y trabajaba. Se jactaba de conocedor de casi todo, como si el simple hecho de haber vivido 10 años en Caracas le hubiera concedido ciencia infusa. Criticaba la dictadura en las propias narices del Cabo Primero Jefe de Puesto de la Guardia Civil, que le llevaba las botas a poner punteras y se hacía el sueco porque pensaría que aquel era un hombre inofensivo, pues lo mismo defendía a De Gaulle que a Fidel Castro. Vamos, que estaba loco.

Y en su locura hablaba de las fuerzas del cosmos, que confundía con un dios vengativo. La gran sequía, que se prolongaba ya varios años, por lo visto fue la reacción de las fuerzas superiores por el asesinato (así lo calificaba él) de Marilyn Monroe, en el verano de 1962. Adoraba a la actriz, de la que tenía un almanaque de varios años atrás, traído de Venezuela, en el que se veía a la actriz desnuda sobre una colcha de terciopelo rojo. Aquello era muy escandaloso en el contexto del lugar y de la época, pero para él era la representación de la belleza genuina y no quitó el almanaque ni siquiera cuando el cura párroco le pidió casi de rodillas que ocultara aquel pecado a los ojos de la clientela, pues con frecuencia eran menores los que iban a llevar y a retirar los zapatos.

Lo que lo volvió loco del todo fue el asesinato del presidente Kennedy en noviembre de 1963. El zapatero maldecía solo o en compañía, y anunciaba un apocalipsis impreciso porque la Humanidad había permitido un crimen contra el único hombre que podría salvarnos a todos. No estaba claro si el fin del mundo iba a ser por fuego, agua, terremotos o huracanes, pero decía que teníamos los días contados. Y continuó sin caer una gota durante todo el invierno, pero en la primavera de 1964 apareció el rabo de un ciclón (un abrazo a Félix Hormiga) que empezó a jarrear como nadie recordaba. Pronto, el agua del Guiniguada creció sin medida, se llevó por delante, puentes, paredes y media carretera, y por supuesto, ocultó bajo las aguas las cuevas del zapatero, quien, subido a un promontorio, gritaba entre la furia del barranco y los estampidos de los truenos, recortando su figura como la de un profeta bíblico contra los relámpagos de la tormenta, mientras gritaba: «¡Esta es la venganza de dios, asesinos de Marilyn y Kennedy!» Nunca se supo exactamente de que dios hablaba, pero sí es cierto que, en Gran Canaria, en aquella primavera de 1964, después de media docena de años de «pertinaz sequía», llovió como no ha vuelto a llover con la furia desde entonces, tantos litros en tan poco tiempo. El final de la historia del zapatero la contaré en otra ocasión. O no.

Y en esas estamos, pero como el dios cósmico del zapatero siga tomando nota, tiene argumentos para cabrearse y mandar una lluvia que, por fin, llene la presa de Soria. Luego ya discutiremos qué hacer con tanta agua, y sería curioso (ya imposible) conocer la opinión del zapatero.