¿Ya lo vivimos?

Se queda uno muy mal del alma tras ver en las televisiones el ataque y la destrucción de ese hospital infantil y de ese centro de maternidad en Mariúpol

Tribuna Libre
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Dijo Leon Tolstói hace ya mucho tiempo que todas las civilizaciones que lo habían precedido habían sucumbido: la egipcia, la babilónica, la asiria, la hebrea, la griega, la romana…

Lo dijo en una conversación aparecida en La Gaceta de Petersburgo, nº 341, el 10 de diciembre de 1896: «Nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad».

Esa terrible predicción la formuló el autor de Guerra y paz antes de la sucesión de las dos guerras mundiales del siglo XX, pero ya conocedor profundo de los afanes imperialistas napoleónicos y de sus devastadoras consecuencias.

Recupero esta cita de mis viejos escritos y la enfrento a la actualidad que nos toca vivir con Rusia al frente del pelotón de fusilamiento dispuesto a acabar con esta civilización occidental donde estamos alojados por ahora.

Todas las guerras tienen un comienzo absurdo, irracional, y uno no tiene más remedio que pensar que hay fuerzas telúricas que no solo impulsan la vida de cada uno de nosotros, sino la existencia de las colectividades.

¿Qué impulsa a un país como Rusia a emular mediante la agresión a Ucrania la mortandad y el caos que nos ha dejado y nos sigue dejando el dichoso coronavirus?

El sesenta y ocho por ciento del pueblo ruso sigue al pie de la letra las decisiones de su máximo mandatario, tan apresurado en dirimir un conflicto de fronteras y de rivalidades con la Europa unida y con Estados Unidos, un conflicto en el que quizá tenga parte de razón, pero perfectamente debatible en una mesa de negociación que no necesariamente ha de ser del tamaño de las empleadas últimamente por el aludido Putin en sus gélidos encuentros con líderes comunitarios.

De todo lo leído tras la invasión de Ucrania por parte de los rusos, el artículo de mejor título y de más proyección histórica que guardo con respeto es el de la escritora y periodista gallega Susana Fortes: «El error Chamberlain» ('El País', 9/3/2022). La decisión del entonces primer ministro británico, Arthur Neville Chamberlain, en el conocido como Pacto de Múnich de 29 de septiembre de 1938, dejando vía libre a la Alemania hitleriana para apoderarse de la región de los Sudetes, región de la antigua Checoslovaquia, tuvo ni más ni menos los resultados que todos conocemos como la Segunda Guerra Mundial.

Susana Fortes cita además unas palabras del entonces líder británico que se vuelven hoy inquietantes para la Europa unida que observa los movimientos de Putin. Dijo Chamberlain a sus paisanos después de su regreso del cónclave de Múnich: «Qué se nos ha perdido a nosotros en una disputa por una tierra lejana entre gente de la que no sabemos nada». Esa tierra lejana era los Sudetes, ambicionados por Hitler casi por la misma razón que Putin hoy alega con respecto a algunas provincias ucranianas: que son prorrusas. Hitler mantenía que esa región de Checoslovaquia eran proalemana, y ahí empezó todo.

De todos los líderes europeos actuales el que creo que ha entendido mejor lo que sucede en Ucrania es Boris Johnson, estrafalario, como siempre, pero buen lector de las memorias de Winston Churchill, el hombre que puso en ridículo a Chamberlain a su regreso del encuentro con Hitler y Mussolini en 1938 y descubrió tempranamente las intenciones de Hitler, al que dedicó algunas palabras que parecen premonitorias para la fecha en que fueron proferidas, 1939: «Si Hitler invadiera el infierno, [yo] al menos haría una referencia favorable al Diablo». Johnson ha llamado ahora a Putin dictador y criminal de guerra.

No soy partidario de enfrentar la agresividad de Putin con más agresividad, pero se queda uno muy mal del alma tras ver en las televisiones el ataque y la destrucción de ese hospital infantil y de ese centro de maternidad en Mariúpol, al sureste de Ucrania.

No parece equitativo que esa atrocidad pueda ser combatida solo con medidas económicas por parte de la Unión Europea; el ánimo se nos queda helado y uno se siente en parte culpable de lo que observa como mero espectador, ni cabe en ningún corazón contemplar la salida apresurada de millones de seres humanos de sus ciudades nativas camino de una emigración incierta, la guillotina de tantas biografías truncadas por un ajuste de cuentas transfronterizo. Una discusión de límites.

No alcanzan las razones políticas, por muy graves que sean, para explicar esta inesperada ruptura de la historia, una vez más y con parecidas maneras a las ya utilizadas en la segunda contienda mundial europea.

Las ambiciones de Putin se parecen demasiado a las ambiciones hitlerianas por mucho que no queramos verlas ni compararlas. Y no distingue uno entre los líderes comunitarios ni estadounidenses ninguna fortaleza intelectual ni moral capaz de poner orden, sin radicalizar la violencia, en este desorden que a todos nos llena de vergüenza ajena.

Esperemos que el ruso civilizado que era Leon Tolstói no tuviera razón al escribir aquellas palabras en 1896: «Nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad».

Pero la duda nos asalta a todos y me imagino lo que esté pensando la mayoría de los ucranianos tras la destrucción de su país y el éxodo multitudinario de su inocente población.