Turismo con patologías previas

Y aquí estamos. A las puertas de un 2022 en que nuestro turismo vuelve a vivir y proyectar su futuro inmediato rodeado de incertidumbres, consecuencia de los repuntes en contagios y apariciones de nuevas cepas

David Morales
DAVID MORALES Las Palmas de Gran Canaria

El titular de 'El País', -en su artículo sobre turismo, firmado por Hugo Gutiérrez este pasado 30 de noviembre-, no tenía desperdicio (en letra negrita de la gorda): Zurab Pololikashvili, «Canarias será una de las regiones donde el turismo sufra más por la nueva ola de contagios». De entrada, boooombaaa, un movimiento sensual, boooombaaa, un movimiento muy sexy…

Para lectores generalistas, en una frase descontextualizada, mezclar en la coctelera del titular 'Canarias', 'sufrimiento' y 'nueva ola de contagios' justo en el momento en que bulle por el planeta la nueva variante Ómicron, podría llevar a pensar a nuestros potenciales turistas -en este caso, peninsulares habituales de dicho diario- que las islas, nuestras islas, se hubieran convertido en región de alto riesgo, en cuanto a las posibilidades de contagio de Covid se refiere.

Turismo peninsular, por cierto, -sin olvidar tampoco a nuestros 'canarios sin alas'-, al que además alejamos cada vez más de nuestro archipiélago con precios inmorales e imposibles para el bolsillo del común de los mortales, especialmente en fechas clave como Navidad, Semana Santa o similares. Tarifas de hasta ¡1.000€! por pasajero en un ida y vuelta desde Madrid, Bilbao o Barcelona. «Es el ajuste entre oferta y demanda», dicen. Lástima del casi monopolio…

Claro está que, ahondando en la entrevista al 'interesado' (porque casi desplaza la sede de la OMT a Arabia Saudí, en detrimento de España) Secretario General de la Organización Mundial del Turismo, el georgiano Pololi pa'losamigos, su respuesta al periodista venía precedida de la pregunta sobre si el empeoramiento de la situación sanitaria podía frenar la reactivación turística. Titular de prensa que se completaba con elementos más explícitos en su respuesta: 'temporada alta', 'Navidad' y 'número de turistas internacionales'.

Todo aclarado. Que, además, no hay que olvidar que el susodicho Secretario General formó parte de la comitiva de la O.M.T. que, junto a la Ministra de Turismo, Reyes Maroto, visitó las islas por Sanfermines del año pasado, para refrendar aquello de Canarias como «destino especialmente seguro para el turismo del siglo XXI y de la post-pandemia». Aun teniendo muy presente, eso sí, que… hasta cinco miembros de aquella comitiva se negaron a pasar por un simple test de antígenos. Cosas de la vida.

Y aquí estamos. A las puertas de un 2022 en que nuestro turismo vuelve a vivir y proyectar su futuro inmediato rodeado de incertidumbres, consecuencia de los repuntes en contagios y apariciones de nuevas cepas. Y preparen la calculadora, porque después de la Ómicron, vendrá la variante Pi. Si, como el Pi 3,1416 de matemáticas, ya que el nombre que se va asignando a las nuevas cepas covid se basa en el orden del abecedario griego.

Incertidumbres -y temores- que en el caso de Canarias siempre se fundamentan en la posible re-infección a la movilidad (área) internacional. Y que se traducen ya -lamentablemente- en un freno de nuevas reservas para el arranque del Año del Tigre, según el calendario chino. Arañazo a la vista. Si bien dichos temores, con el destacado contrapeso y garantía que, convenza o no a escépticos, representan las vacunas. Por las que debemos seguir apostando. Y, sobre todo, hacer llegar a la población de países subdesarrollados nuevamente víctimas de la egoísta perspectiva del business is business.

En torno a las informaciones acerca del número diario de nuevos casos positivos y fallecidos por Covid, en lo que a una parte de esos desgraciados fallecimientos se refiere, las noticias suelen apostillar lo de «que padecían patologías previas». Como tratando de aminorar la influencia del virus en la causa de su muerte, poco menos que viniendo a decir «aún sin coronavirus, hubieran muerto de todas formas». Lo cual, opino, no concuerda con los correspondientes datos estadísticos que sí suman dichos decesos a los índices acumulados y demás estadísticas covidianas. Y que suman, en definitiva, para pasar de nivel de restricciones, para exigir esta o aquella medida sanitaria, etc., etc.

Y para patologías previas, las que, -discúlpenme el enfado-, sigue sufriendo nuestro Turismo. El de Canarias, que pa'eso uno siempre barre para casa. Por mucho mensaje comprado a/de Pololi', Maroto & Co. sobre el turismo del siglo XXI y blablabla. Especialmente en lo concerniente a uno de sus principales componentes, que es el producto turístico en sí, o sea, el espacio físico -ya sea natural o generado por la mano del hombre- en que no sólo convivimos canarias y canarios. Sino que, desde la óptica de la actividad turística, viene a ser disfrutado sensorialmente por nuestros visitantes.

Espacios físicos ('productos turísticos') como, por ejemplo, avenidas marítimas desde las que, apostados en un malecón a la cubana derruido y abandonado, nos atrevemos a presumir -y a despedir- a regatas atlánticas internacionales. O como parques, jardines y entornos de auditorios abandonados a su suerte, a la vez que presumimos de encendidos navideños. O como puertas de entrada a las islas -muelles de cruceros y aeropuertos-, y calles y playas transformadas en particulares domicilios de cartón de personas necesitadas e inmigrantes abandonados, a la vez que proyectamos ser destino 'top' de nómadas digitales.

O como redes, nudos y vías de comunicación aderezadas, a derecha e izquierda, arriba y abajo, de plásticos y vertederos, baches y tendederos, a la vez que soñamos con ser sede capital internacional de este o aquel evento, de este o aquel organismo o institución mundial. O, ya que hablamos de eventos, núcleos turísticos epicentro de maratones de primer nivel en las que, durante la retransmisión televisiva, contemplamos a un veloz keniata que no logramos averiguar si lo que pretende es llegar primero a la meta, o, más bien, trata de huir de la imagen que, tras sí, va exportándose por la pequeña pantalla en forma de aceras rotas, palmeras muertas y contenedores que no se limpian en años. Premio a la desidia y al abandono general.

Porque, para más inri y para no aburrirles, ya hasta nos permitimos mirar para otro lado y convertir unas dunas inigualables y maravillosas en singular fuckódromo al aire libre de toda Europa, aún las intenten disfrutar sana y felizmente, como antaño, familias venidas de aquí y de allá; aún las usemos de reclamo e imagen icónica de uno al otro confín. Escenario arenístico -¡e incluso kioskero!- de vídeos obscenos y situaciones denigrantes que, bajo la bandera de una libertad sin duda mal entendida, rápidamente se eternizan en las redes sociales de aquí a Pekín.

De ahí que, -pandemia aparte, y debiéndonos mirar primero que nada la viga en nuestro ojo, y no la paja en ojo ajeno-, resumidamente tengamos claro que se empieza por barrer y reconstruir la casa por dentro. No por pintarla -material y figuradamente- por fuera. Que, aunque se vista de seda, mona se queda.

Y por lo aquí expuesto y reflexionado, si algún día muere el Turismo en Canarias, recuerden no echarle la culpa sólo al Covid. Sino que no olviden añadir la coletilla de que «era Turismo con patologías previas».