Ultramar

Toca subir a

La Rama

06/08/2018

El verano es la estación festiva por excelencia. Y el humano, animal festivo, lo agradece. Época de encuentros y reencuentros. Tiempo de celebración. Siempre habrá razones para celebrar. Y entre todas ellas hay una que es cita inexcusable, la Bajada de La Rama, en Agaete, un hito festivo que se hace realidad cada cuatro de agosto, precisamente hoy.

De su origen y de su porqué hay teorías varias, incluso encontradas, pero por encima de todo La Rama es fiesta que rebosa simbolismo y pintoresquismo. No en vano estamos hablando de un patrimonio que ya es Bien de Interés Cultural (BIC). Fiesta que, por fortuna, pervive y revive, frente a la contaminación de las malas mañas. Así pies, los intentos por preservar su singularidad merecen el aplauso y arrope.

«Una fiesta para contemplar y disfrutar respetando su idiosincracia»

La Rama está para contemplar y disfrutar respetando su idiosincracia agaetera, que es, a fin de cuentas, la que la ha hecho así de hermosa. La interminable alfombra danzarina que lleva el bosque hasta el mar no merece que nada la empañe.

Oler, oír, ver, sentir. Aromas de eucaliptus, pino, brezo, poleo. Los sones de La Madelón, el ulular de los bucios. Brazos en alto agitando ramas, desafiando al viento, componiendo una iconografía única. Los papagüevos de rostros populares que giran con sus grandes brazos y manazas entre la multitud.

Es pasión, es arte y es cultura. Es eclosión de vitalismo, formas, contenidos. Como bien ha dicho alguien, La Rama no es el resto de un culto remoto, sino que es culto presente, la constatación de una necesidad canaria. ¡Claro que también hoy evocamos a la lluvia y a la fecundidad! Por eso La Rama es la isla toda. Por eso hay que subir a La Rama y bajar con ella, a la sombra de los riscos interminables y del pinar de donde venía en el principio. Avanzando sin desfallecer o dejándose llevar por la marea humana enramada que te lleva hasta el mar. Un mar que merece ser contemplado en su plenitud, sin más espigones ni barreras que cerquen a este pueblo que es uno de los iconos de la belleza insular.

La capacidad de sugestión de esta fiesta, también declarada de Interés Turístico Nacional, no es baladí. Su condición de punto de encuentro anual para miles de isleños que se funden en el bullicio habla a las claras de su poder de cautivación. Fiesta tal cual era y como ha de seguir siendo. Fiesta, como dijera José de Armas, que fuera alcalde hace años de Agaete, con una bien definida personalidad, para respetar y gozar, porque es un regalo para los sentidos.