A la sombra de un girasol

El éxito resulta exiguo y la insatisfacción es perdurable porque siempre pretendemos más y la felicidad es la mayor fábrica de infelicidad

Luis Nanton Díaz
LUIS NANTON DÍAZ Las Palmas de Gran Canaria

El pasado mes de noviembre disfrutamos de una brillante presentación, en la Casa de la Cultura Sara Bolaños, de Vecindario, un auténtico balón de oxígeno literario, con el inspirador título de 'A la sombra de un girasol'. Para nada pienso fastidiarles el placer de ir descubriendo, con disruptiva lectura, las múltiples y divergentes reflexiones que brotan de sus páginas, pero como genialmente resalta el autor, Guillermo Suárez Lami: Lo que sucede siempre conviene…Dicho queda, ahora la pelota está en tu tejado.

Leer a Guillermo Suarez es conocerle, más bien es un reto constante de reconocerle, tanto a él como a su entorno, en una embriagadora distorsión de tiempos, paisajes y circunstancias. Nunca sabes donde estás, siempre liado en diferentes intuiciones, con el permanente aroma a ron y una música de trasfondo. Siempre la música.

Los girasoles cambian su dirección a rígido criterio del Sol. Guillermo nos enseña que hay diferentes soles, múltiples circunstancias, pero lo importante son, somos, las personas. Con nuestras limitaciones, miedos y deseos, vivificamos la poesía de nuestras vidas. Guillermo es un oráculo locuaz de las imperfecciones inscritas en el código genético de los hombres desde los remotos principios. Con tanto baile de tiempos, resulta una constante su pesimismo antropológico, saludable y legítimo. Pero esto siempre esta sutilmente aderezado, al igual que muchos de los guisos caribeños que nos muestra, con su incisiva ironía y su inconfesado humor negro. Pocas son las páginas donde no exhibe una ciclópea y cínica mordacidad y su asombroso don para burlarse de todo cuanto pasa en sociedad, por grandioso o por abyecto, ya sean las ilusionantes convulsiones colectivas, los elevados ideales, las pulsiones sexuales o los melodramas de telenovela más sentimentales.

Guillermo profesa sincera admiración hacia los grandes, tanto en música, como en literatura. Eso siempre se percibe, no es necesario escarbar mucho. No sé si fue su admirado Gabriel Garcia Márquez quien nos enseñó la máxima de que perder es lo normal, que fracasar es algo inevitable ante lo cual sólo queda una salida que es, por supuesto, seguir fracasando una y otra vez. Entre tanto girasol, vemos la importancia de jugar con valor, con arrojo, las cartas que nos ha dado la vida…aunque no sean las mejores. Siempre con fidelidad a uno mismo y a tus consignas, en una búsqueda de la consecuencia, y ¿por qué no?, de la excelencia a tu manera.

Algunos encontrarán en las páginas de Guillermo Suarez un exceso de realismo, un canto a lo vulgar, un acerado martillazo a base de bajos instintos, pulsiones pasionales y hasta una oda a lo más feo y patético de nuestras vidas. Pero creo que de esta forma destaca más la poesía, la belleza, lo alto y lo aristocrático. Bajando a lo abisal percibimos más nítidamente la luz. Y por eso me pregunto, ¿por qué la modernidad denigra la belleza? Nuestro autor triunfa arremetiendo contra el relato lineal. La sintaxis, el vocabulario, la disposición de los acontecimientos, todos los elementos de su prosa sirven para expresar la crispación, el estado de tensión que está viviendo el escritor. Un hombre que se asentó en Gran Canaria en el año 1993 y desarrolla en sí mismo, la simbiosis de dos experiencias radicalmente distintas. Términos insurgentes, insultos, figuras retóricas de contenido macabro o el humor negro son otros de los elementos con que maltrata al lector, zarandeándolo, y provocando en él mil reacciones que van del más tonificante de los entusiasmos al más profundo de los rechazos. Posiblemente por la sencilla razón de que, la fealdad es un proyecto político. Los totalitarios de la laminadora progresía pretenden dinamitar el último dique de la desigualdad: la belleza. Así, asistimos a la deconstrucción de la belleza, a su deslegitimación y profanación. Esta gente, en su obsesiva y guillotinadora imposición de la igualdad, entienden y perciben la belleza como una agresión y una ofensa. Por eso, podríamos entender que la verdadera lucha de clases no es entre ricos y pobres, es entre poéticos y refinados contra groseros y ordinarios. La imposición del reino de la cantidad, la gran victoria del número.

Si perder es lo normal, aunque lo que suceda siempre conviene, no se puede esperar que la felicidad sea consecuencia del éxito. La plenitud deviene de cumplir con un propósito vital, algo íntimo y alejado de engañosos cantos de sirena. El fracaso sí que viene de fuera, pero el éxito es propio e íntimo, habitualmente solo tú te enteras de estar triunfando mientras los demás miran con estupor cómo celebras la nada y brindas con el más aromático de tus rones por tu propia existencia.

La felicidad es impermanente, la plenitud nos acerca un poco, solo un poco a la eternidad. El éxito resulta exiguo y la insatisfacción es perdurable porque siempre pretendemos más y la felicidad es la mayor fábrica de infelicidad. La insatisfacción sólo puede crecer desde la felicidad previa. Es paradójico, pero lo mismo pasa con el fracaso: allá donde veas un fracaso, encontrarás oculto un éxito. Si lo buscas, siempre acaba por aparecer. Por eso, con la madurez, si has aprendido de tus errores, aparece el carismático sentido del desprendimiento y la aceptación.

A mi entender, entre tanto ondulante girasol percibo mucho de su tensión existencial verbalizada, pero muy poco de su delicadeza sensorial, de su enorme sensibilidad para captar las impresiones, las sensaciones, los rasgos y los detalles concretos de la realidad más diversa. De este contraste te das cuenta cuando conoces personalmente a Guillermo, o empiezas a conocerlo, si es que esto fuera posible. En el fondo, en el tratamiento del lenguaje, de los diálogos, de las percepciones y sus estrambóticas situaciones, es uno de los escritores más realistas y crudos del actual panorama literario.

Creo que nos enfrentamos a disfrutar, como hace Will, con sus constantes juegos de palabras, de su maridaje de opuestos, de un renacer del realismo mágico en tierras canarias. Por eso su estilo, delirante y desmitificador, es inimitable, es personal, solo de nuestro Guillermo Suárez. La fusión total con una realidad trascendida hasta lo extravagante. Y, por favor, nunca lo olviden: Lo que sucede, siempre conviene.