Jaula y arco iris

Ruidos

29/08/2018

Vivo en Las Palmas de Gran Canaria, muy cerca de la plazoleta de Farray, estos días muy habitual en los medios de comunicación por situaciones de carácter conflictivo, por denuncias vecinales y actuaciones policiales. El residir en esta zona de la capital conlleva, en mi opinión, indudables ventajas: estar situado a apenas dos minutos de la la playa de Las Canteras, disponer de una amplia oferta de supermercados, farmacias, panaderías, fruterías, restaurantes, etcétera, que me permiten hacer casi toda mi vida sin la necesidad de tener que utilizar transporte alguno. Y, cuando por distintas razones, de trabajo u ocio, tengo que salir a otras zonas de la ciudad, dispongo de un buen servicio de guaguas.

También disponemos de un centro de salud en las proximidades, el Alcaravaneras, ubicado en la calle Olof Palme, así como de colegios públicos e institutos. De la relevante zona comercial de Mesa y López. Y, no me puedo ni debo olvidar, del Mercado Central, con la enorme calidad de su oferta en verduras, frutas o pescado, al que de pequeño iba todos los sábados con mi madre, y del que sigo siendo cliente habitual. Eso sí, las tradicionales tienditas de barrio, las que en su momento, en mi infancia, regentaban Pinito, Ambrosio, Chanita, Amadita o Manolito, han desaparecido prácticamente todas.

Ahora, curioso fenómeno, se multiplican las panaderías, algunas ubicadas juntas o enfrente, muchas de ellas franquicias. Pero, desgraciadamente, no corre la misma suerte la calidad del producto, salvo contadas excepciones, claramente deficiente.

Hasta el 2003, cuando se inauguró en Siete Palmas el moderno Estadio de Gran Canaria, también podía ir a ver los partidos de la Unión Deportiva Las Palmas caminando, saliendo de casa solo unos quince o veinte minutos antes del comienzo del encuentro, al estar bien cerquita el viejo Estadio Insular. En la época más gloriosa, la de Germán, Tonono, Guedes, Castellano, Martín o los gilbertos, más tarde con la incorporación de Carnevali, Wolff o, finalmente, Brindisi, la futbolística peregrinación la hacía con mi hermano Juanma, Juan Luis Calero y José Félix de León, confesa minipeña germanista: el día que nos tropezamos casualmente al genial Dévora por la playa y conseguimos que nos firmara un libro sobre su figura que acabábamos de adquirir fue una jornada exultante.

«Con mediadores o no, lo que sí urge es buscar soluciones consensuadas ante una de las contaminaciones, la acústica, que más problemas genera»

Cines. Continuando con el viaje en el tiempo, el área disponía, hasta los años setenta-ochenta del siglo XX, de una amplía gama de posibilidades para ir a ver una película: los cines Astoria, Bahía, Rialto o Guanarteme forman parte de nuestra memoria y relaciono con ellos muchos filmes de aquella época. Y, al final de la playa, el Teatro Hermanos Millares. Del cine Pabellón Santa Catalina, desaparecido a finales de los sesenta, no mantengo ningún recuerdo.

Evidentemente, como sucede con otros lugares de la ciudad, no todo son virtudes y excelencias. La zona tiene, también, sus importantes inconvenientes. El del ruido nocturno es uno de ellos. De los más molestos. Con consecuencias en el sueño y en la salud de las personas afectadas. Tengo que decir que, por lo que observo y sufro, no lo origina en exclusiva la discoteca que estos días ha sido objeto de distintas denuncias e, incluso, de una redada policial. Hay otros lugares de ocio nocturno que suponen también significativas molestias para los vecinos y vecinas por la escandalera que se monta, especialmente los fines de semana, hasta altas horas de la madrugada.

No se trata de un hecho en modo alguno novedoso. Resido en mi vivienda actual desde finales del pasado siglo, muy pronto se cumplirán veinte años, y la situación no ha cambiado mucho. Aunque es verdad que en algunas calles ha empeorado en la última década. No solo por alguna discoteca y el permanente ruido que montan sus clientes a la salida a las dos o tres de la mañana, agrupados y manteniendo animadas y prolongadas charlas a un volumen más que alto, sin importarles lo más mínimo si están fastidiando a alguien. Y, asimismo, por las broncas y peleas que a veces se producen.

Terrazas. También por la constante y exponencial proliferación de nuevas terrazas, de restaurantes y bares de copas, en estrechas calles peatonales, que han modificado sustancialmente el panorama de esas zonas. Como sucede en la plazoleta de los Betancores y calles aledañas. Es una situación que se repite en numerosos entornos urbanos, de Madrid a Donostia, de Barcelona a Sevilla, así como en numerosas ciudades de otros estados europeos. Sin que nadie disponga de una solución mágica frente a los mismos.

La situación ha hecho reaccionar al vecindario de la zona de Farray, cansado de la repetición de situaciones desagradables que alteran la convivencia. Y, en consecuencia, han comenzado a moverse. Recogida de firmas. Presentación de denuncias ante el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Demandas a la policía para que actúe. Llamadas públicas en los medios de comunicación locales. Exigencias, en fin, de que sea posible conciliar el ocio, que tanta economía y empleo genera, con el derecho al descanso de la gente del barrio.

Y no es nada fácil. Salvo que saquemos todos los locales de ocio, pubs, discotecas y lugares de copas, de los entornos habitados. Aunque, en el caso de las discotecas, su ubicación estaría mejor fuera de las zonas residenciales, en la plaza de la Música o lugares similares. Pero supongo que habrá cosas que sí se pueden llevar a cabo de manera inmediata, y que seguramente algunas se están haciendo, entre ellas controlar los decibelios en los locales y su nivel de insonorización, vigilar las medidas de seguridad de las instalaciones, impedir las ruidosas aglomeraciones en sus alrededores a la salida de los mismos, hacer un seguimiento de los lugares más conflictivos o sancionar de manera ejemplar a quienes se salten las normas.

También sería muy positivo que el público asistente diera ejemplo de comportamiento cívico. Respetando el sueño de otros –no montando, por ejemplo, corrillos en las calles que originan enorme ruido- y, asimismo, la limpieza en los alrededores de sus lugares de diversión, muchas veces convertidos en improvisados urinarios al aire libre. En algunas ciudades europeas, como Ámsterdam o Berlín, existe la figura del ‘Alcalde de la noche’, una especie de mediador entre administración pública, empresas y colectivos vecinales. No sé si sería factible en nuestro caso. Con mediadores o no, lo que sí urge es buscar soluciones consensuadas ante una de las contaminaciones, la acústica, que más problemas genera en nuestras ciudades. Para posibilitar, en fin, que el derecho al descanso pueda ser realidad.