Opinión

Ramírez y el entrenador

21/11/2017

Pako Ayestarán no dimitirá porque no tiene donde ir. Y se aferra al cargo de entrenador a modo, con perdón, de una garrapata. Mes que pasa, mes que cobra. Y vete tú a conseguir ahora, a mitad de temporada, un club de Primera División al que entrenar justo después de semejante racha negativa en el banquillo amarillo. Tendría que rebajar la búsqueda una o dos categorías. En realidad, la situación del club no es problema suyo. Él ya sabe que es ave de paso. El que lo tiene complicado es Miguel Ángel Ramírez y precisamente por eso le interesa que Ayestarán siga. Es decir, el entrenador sirve como cabeza de turco de una problemática que, en verdad, tiene mayor enjundia y no se limita al técnico. Los errores de planificación se pagan. Y la incompetencia sale cara.

«El que lo tiene complicado es Miguel Ángel Ramírez y precisamente por eso le interesa que Ayestarán siga. Es decir, el entrenador sirve como cabeza de turco de una problemática que, en verdad, tiene mayor enjundia».

Si echa ahora a Ayestarán y el tercer entrenador tampoco remonta la trayectoria de la Unión Deportiva Las Palmas, Ramírez quedaría retratado pues no tiene a quien endosarle las responsabilidades. En un curso puedes tener dos o máximo tres técnicos si vienen mal dadas. Pero ya un cuarto sería surrealista. De ahí, que Ramírez se tome su tiempo antes de destituir a Ayestarán. En el fondo, y por diferentes causas, a ambos les interesa prolongar unas jornadas. Pensemos por un momento qué pasaría en el recinto de Siete Palmas si en Navidad, con un tercer míster, todo sigue igual de mal y la entidad amarilla permanece en los puestos de descenso a Segunda División. Los meses siguientes hasta el final de la temporada sería un calvario para Ramírez que quedaría mal visto por la sociedad isleña. Y la pitada sería monumental partido tras partido. Vamos, que lo visto ante el Levante Unión Deportiva sería un aperitivo.

Con motivo del parón de liga en las dos últimas semanas, el club tiró de ánimo mediático para fabricar una imagen de que la cosa este pasado domingo se iba a enderezar. Le salió mal a Ramírez y a quienes le han asesorado desde que la presencia de Quique Setién incomodaba a algunos porque veían en el cántabro un hombre de fundamento, con criterio y que sabía de fútbol. Era un mirlo blanco que se dejó escapar fruto de los celos internos de otros que procuraron malearlo. Y Ramírez hizo caso a su guardia pretoriana. Que, ya puestos, es igual pues el presidente responde en todo caso de sus decisiones. Hasta la chiquillería de fútbol base que se invitó este domingo para completar el aforo no dudó en sacar el pañuelo blanco en dirección al palco. Y Ramírez, tras tanta gloria, siente por primera vez el abismo del fracaso.