Mi querida empleada de hogar

Desde que me levanto por las mañanas, nos damos los buenos días con un beso, y a media mañana nos tomamos un cortadito

Donina Romero
DONINA ROMERO

Nunca acabo de sorprenderme ante las ingenuas y graciosas salidas de mi Paqui (Quilla, como yo le llamo después de restarle el Pa de Paquilla). Mi empleada de hogar que lleva conmigo la friolera de 42 años y ya es parte de mi familia. Mi Quilla es una morenaza guapetona (guayabazo), apretada de carnes como un mueble de madera maciza, inquieta (rabo de perinqué), siempre con el carácter al ritmo del Caribe más un humor que no hay quien le gane y con quien me llevo como un matrimonio bien avenido, hasta el punto de cantar y bailar juntas dependiendo del día que nos apetezca. Su presencia destaca en mi casa como la campanilla de una misa y además de excelente cocinera maneja mi hogar con absoluta destreza y plancha las camisas de mi beatífico esposo como nadie. Por su diaria simpatía a mí se me han reducido mucho el colesterol y los triglicéridos, así es que a mi Quilla la adoramos toda la familia por sus buenas acciones y el sentido del respeto que tiene, pues jamás ha abierto los labios para una mala contestación u ofensa. Desde que me levanto por las mañanas, nos damos los buenos días con un beso, y a media mañana nos tomamos un cortadito en el jardín meciéndonos en un agradable columpio, luego ella se dirige a sus cosas y yo a las mías.

Cuando Elsa, la primera de mis hijas, se iba a casar, que mi Quilla era la encargada de recibir los regalos que iban llegando a casa de los invitados a la boda, y siempre con la orden de preguntar por el telefonillo de la calle antes de abrir. Uno de esos días, y después de una llamada, no se atrevió a abrir la cancela ni la puerta ya que el asombro la había dejado casi paralizada. Llegándose apurada (agoniada) hacia donde yo estaba, exclamó sin aliento «señora, traen un regalo de parte de Fray Escoba».

Le insistí varias veces si había oído bien, jurándome y perjurándome que sí, que era «Fray Escoba». Como es natural salí a ver al fraile, y cual sería mi sorpresa cuando un chico con un hermoso regalo en las manos me decía, «señora es un paquete de parte de Grifé y Escoda», tienda de mucho prestigio en aquel entonces. Cuando se lo expliqué, a las dos nos produjo una carcajada tan grande que aún nos reímos de aquella equivocación más bonita que el anís estrellado. Que tengan un buen día..