Opinión

¿Por qué no la solución de Saramago?

09/10/2018

Aunque los grandes cambios históricos a favor y en contra se reparten por todo el calendario estacional, en épocas recientes se recurre a la expresión “otoño caliente” cuando se anuncia o se teme una “rentrée” (regreso) de la vida política y social después de la supuesta ralentización propia del verano, que tampoco es una verdad evangélica, porque en verano se han producido momentos históricos muy relevantes -casi siempre negativos- que han significado el inicio de muchas penurias para millones de personas, y para apoyar lo que digo basta recordar el levantamiento militar franquista del 18 de julio o la invasión de Polonia por tropas alemanas, que fueron el comienzo de la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, dos catástrofes de proporciones gigantescas.

Ahora que, como en los años anteriores, se anuncia ese otoño caliente en España (tampoco es que anden muy fríos por ahí fuera), he visto que algún cinéfilo impenitente (soy más impenitente que cinéfilo) adjudica la expresión a la película de 1967 “En el calor de la noche”, dirigida por Norman Jewison, y que triunfó con 5 Oscars, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Actor en la figura de Sidney Poitier, que se convirtió en el primer actor afroamericano en ganar la estatuilla. La película fue un gran éxito, porque es muy buena y porque se atrevió a abordar el tabú racial, precisamente en el momento en que la sociedad norteamericana estaba en pleno conflicto, con el cuerpo de Malcom X aun caliente y con el run-rún de que Bob Kennedy y Luther King estaban sentenciados por la fuerzas reaccionarias, temores que se hicieron sangrienta realidad al año siguiente. En realidad, fueron unos años muy duros, pero los otoños no más que el resto de las estaciones.

Sin quitarle la razón a los cinéfilos, tal vez la expresión provenga también de aquel otoño italiano de 1969 en el que empezó una auténtica revolución sindical y política, que los historiadores llaman hoy “años de plomo” (los setenta), que coincide con el apogeo de los atentados de las Brigadas Rojas, el principio del fin del “status quo” que se mantenía en Italia desde el final de la II Guerra Mundial y que tuvo su catarsis y terrible acto final en 1978, con el secuestro y asesinato de Aldo Moro, Presidente de la Democracia Cristiana y que lo había sido todo en los gobiernos italianos durante un cuarto de siglo. Por ello, cada vez que escucho en los medios hablar de “otoño caliente” siento una especie de sobresalto, porque tengo la impresión de que no se calibra el sentido terrible que tiene la expresión, siempre precedida por posicionamientos muy radicales a los que resulta difícil acercar, o ni tan siquiera sentar a dialogar. La prueba es que a menudo quienes dieron un paso al frente en busca de cordura fueron acusados de traidores por unos, por otros o por ambos: o peor, cayeron bajo el peso del fanatismo, como los mencionados Martin Luther King o Aldo Moro.

No creo estar descubriendo el Mediterráneo si digo que ese otoño caliente catalán que se empeñan en anunciar los medios será continuar girando en una noria cada vez más acelerada que parecen no querer parar. Los medios se hacen eco del atrincheramiento de Puigdemont en su entelequia de Waterloo, de la intransigencia carpetovetónica de la derecha española (que es cada vez más ultra), de la debilidad numérica de un gobierno al que le faltan raquetas para devolver tantas bolas de set, de las erráticas maneras de gestionar de Torra y Torrent, del enrocamiento de las instancias judiciales, de la ocasión antisistema que entre todos brindan a la CUP, del coro de palmeros que invoca a los Reyes Católicos sin tener idea de Historia y que, si hablar de sentencias ejemplares en los juicios que se iniciarán contra los dirigentes independentistas ahora en prisión preventiva es tremendo, cruzar la línea y hablar de escarmiento ya me parece una locura que no responde a los principios básicos de la justicia. Así están las cosas, todo es un sindiós que no tiene por dónde cogerlo, porque, como dice el adagio popular, entre todos la mataron y ella sola se murió.

La cuestión es que no se hace política para la gente sino para los partidos. Esquerra Republicana cabalga un tigre, sabe que tiene que bajarse pero teme ser devorada (se deduce de las recientes declaraciones de Oriol Junqueras). Me pregunto qué esperan resolver Casado y Rivera con sus posiciones de trinchera. ¿Piensan que el problema va a evaporarse usando las fuerzas policiales o ahogando económicamente a Cataluña? Eso, además de inútil, sería tirar piedras contra el tejado propio. Hay quien ha dicho estos días que es necesario aplicar el artículo 155 a lo bestia y sin fecha de caducidad. Ninguno de esos caminos resolvería la cuestión catalana, en todo caso la agravaría hasta alcanzar temperaturas que luego nadie sabría cómo manejar (ya empieza a oler a quemado). Si unos y otros pensaran en la gente y no en sus partidos, en su deseo infantil de pasar a la historia o en seguir las líneas que creen que van a darle más votos, dejarían de ahondar la profundidad del abismo. Cuando se llega al punto en que cualquier tontería se interpreta como una provocación o, peor, una ofensa, no vamos a ningún puerto. Cataluña y España necesitan dirigentes que piensen en la gente, no en sí mismos, que estamos hasta las cejas de Napoleones de pastillas de goma. Y para ver si percibimos de una vez que los políticos están para resolver problemas, no para crearlos, sería deseable que dejaran de pensar solo en sus resultados electorales y en la correlación de fuerzas. Tal vez se obraría el milagro si vislumbraran por una rendija la propuesta que hizo el Premio Nobel José Saramago en su novela “Ensayo sobre la lucidez”: que la ciudadanía llene las urnas de votos en blanco.