Bardinia

Poesía más necesaria que nunca

15/01/2019

Por razones mediáticas o de papanatismo con todo lo que viene del mundo anglosajón, cada tercer lunes de enero ha sido designado el día más triste del año. La tristeza, como la alegría o la belleza, no es un sentimiento general, anida en cada persona según por qué curva, recta o cambio de rasante circule su vida. Así que, no creo que tenga que ser este un día especialmente triste de forma general, pero sí tengo que decir que, para mí, es un tiempo de mucha tristeza porque se van bajando del recorrido caminantes que durante mucho tiempo acompasaron sus pasos con los míos.

Cuando alguien dedica muchas horas al día y muchos días de su vida a algo tan evanescente y a la vez tan necesario como la literatura, se orienta por referencias, algunas incluso para saber por dónde no tiene que ir. Las brújulas universales que vienen de siglos o milenios ya están incorporadas en nuestro ADN personal y literario, y no nos afectan las circunstancias vitales de un Shakespeare difuso, de un Cervantes lejano o de una Emily Dickinson que siempre ha sido poema y solo poema. Tampoco nos afectan personalmente historias terribles de poetas suicidas o asesinados, de locos que escriben versos muy lejos o que son incongruentes con una obra exquisita. Es su obra, no la biografía, que solo suele ser un párrafo en una solapilla. Nos llega el libro, la solapilla es solo un punto de anclaje temporal.

Y luego están los referentes que duelen, no solo porque los hemos leído y nos han marcado, sino porque hemos caminado juntos por la calle, compartido conversaciones, amistad y afectos que se mezclan con la admiración literaria. Se mueren los amigos y duele, desaparecen las referencias o simplemente compañeros de viaje y duele más, son la constatación de la ausencia y a la vez la certeza de que estamos solos ante la literatura, ante la vida y frente a la muerte. Es la soledad que va cavando su hueco de sonidos ausentes, voces que nunca más nos hablarán, palabras que fueron frontón de nuestros juegos literarios y que ya no nos devolverán un consejo, una crítica, una opinión.

Esta semana se ha ido el poeta Juan Jiménez, un ovillo de ternura envuelto en piedra seca del sur. Se une a la procesión de mojones que señalaban el camino, y que se fueron antes. Ya no es posible confrontar ideas con Juan Jiménez, hablar con ironía de cosas muy serias con mi cómplice Dolores Campos-Herrero, cantar canciones revolucionarias con Pino Betancor y José María Millares, aprender sobre África en los apasionantes cafés con Antonio García Ysábal, discutir sobre lengua y habla con Alfonso O’Shanahan, o escuchar las apasionadas palabras sobre cine americano del poeta y amigo Manuel González Barrera. Salvo los tres primeros mencionados, casi todos eran componentes de una generación, la de Poesía Canaria Última, que fue un puente literario y alumbró con valentía un camino muy incierto, de la que también se ha ido, casi en silencio como él solía pasar por la vida, Fernando Ramírez, y nos falta hace demasiado tiempo Natalia Sosa Ayala. Estos días, cuando despedíamos al poeta del Carrizal, me pareció un consuelo esperanzador encontrarme en el dolor por la ausencia con dos miembros de esa necesaria generación: Lázaro Santana y Eugenio Padorno, dos poetas tan vitales en su existencia como vivos en su poesía. Hablamos poco, presidía la repentina partida de Juan Jiménez, pero pude sentir que en ellos sigue latiendo esa fuerza que hizo grande a una hornada que es el fiel de la balanza de la literatura canaria de la segunda mitad del siglo XX.

Este es un tiempo triste, pero también tiene que servirnos de lección para seguir profundizando en lo humano. Porque, ¿qué hay más humano que el latido poético de la vida? La tristeza puede servir de impulso. ¿Y por qué la poesía, si vivimos un tiempo de apariencias en el que se desprecia la sensibilidad y solo se adora al dinero? Por eso mismo, la banalidad hace hoy más necesaria que nunca la poesía. Sí, por eso.