Patriotismo

Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

Al expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero le ha costado un disgusto apoyar, en contra del criterio de Ferraz, a Luis de Guindos como vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE). Cuando el cortoplacismo partidista (el que sea y provenga desde cualquier sitio) distorsiona las posibilidades nacionales en su proyección exterior, mal asunto. Es indudable que el actual ministro de Economía, Industria y Competitividad no es un hombre del centroizquierda, pero no es opción a descartar para España que ocupe un puesto importante en el BCE. Una institución que ha conformado parte de la troika junto a la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI), y que desempeñó un rol perjudicial para los países acreedores dentro del proyecto comunitario. Incluso, el FMI ha reconocido errores con respecto a la dureza de las condiciones impuestas a Grecia en los sucesivos rescates. El BCE ha sido protagonista principal en la crisis de la deuda soberana y, ya sea cuando vienen bien o mal dadas, para cualquiera de los Estados miembros es importante contar con un interlocutor directo.

De Guindos vivió en primera línea la crisis de la eurozona. Y fue quien compareció un sábado por la tarde en rueda de prensa para anunciar que España pedía la ayuda financiera o, dicho en plata, que iba a ser rescatada parcialmente a cuenta de la debilidad de nuestro sistema bancario. Ha representado tándem junto a Cristóbal Montoro en la rama económica del Gobierno y, por lo tanto, de tener éxito su candidatura, provocaría un recambio en el Ejecutivo que Mariano Rajoy tendrá que medir cautelosamente.

En Estados Unidos se patrocina que la política exterior no sea cuestionada por sus adversarios. A pesar de sus diferencias, que las hay, republicanos y demócratas tienen claro que en el ámbito internacional prevalecen los intereses vitales de su democracia. Y, por consiguiente, el respaldo de Zapatero tampoco debería provocar mayores desconciertos. Tendría que ser lo habitual, lo percibido como normal. Y, sin embargo, cae en saco roto y se une, para colmo, a las críticas recibidas fruto de su intento de intermediación en Venezuela.

A fin de cuentas, se apela a un patriotismo externo. Un sentimiento nacional que pervive más allá del debate clásico de la izquierda sobre qué sentido tiene la bandera en un sistema de producción capitalista. Está por ver que el PP pueda aprobar los Presupuestos Generales del Estado para 2018, depende esencialmente de lo que decidan Ciudadanos y PNV. Por lo que no sería de extrañar que, de no sacar adelante el Gobierno las cuentas anuales, Rajoy tuviera que disolver las Cortes Generales y convocar elecciones. Los más ortodoxos dirán que sumarse la oposición en estos menesteres es indispensable y, en cambio, la oposición debe hacer su función parlamentaria. Y si el Gabinete no dispone de una mayoría, esta situación debe plantearse antes o después a criterio ciudadano en las urnas. Pero apoyar a un ministro para ir al BCE es otra cosa. Y de ser nombrado adquiriría un compromiso nacional superior a las reglas del partidismo. Quién sabe si mañana será otro en La Moncloa el que lo necesite.