Partido, ¿qué partido?

No pensemos en un Gobierno sobre el que manda el partido, sino lo contrario

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

La lectura general en torno a los cambios ejecutados por Pedro Sánchez en el Gobierno apunta a un retorno a las esencias del partido, superada ya la fase de enamoramiento o secuestro, según se mire, por la mercadotecnia y el asesoramiento externo que aportaba Iván Redondo. De acuerdo con esa tesis, seguramente acertada, la salida de Calvo y Ábalos, además de Redondo, junto a la llegada de Óscar López, significa que ahora habrá un Gobierno que no será tanto una corte de amigos como una traslación de lo que se cocina en Ferraz, sede federal del PSOE.

Pero me incluyo entre los que consideran que esos análisis están anclados en la concepción del PSOE de los tiempos de Felipe González y, en menor medida, de Rubalcaba y Zapatero. A día de hoy, lo que queda del PSOE se parece más bien poco a aquello.

El fin del bipartidismo con la irrupción de Podemos y Ciudadanos, que caminó en paralelo al creciente protagonismo en Madrid de los nacionalismos -más el catalán que el vasco, pero sin infravalorar a este- llevó al PSOE a ser rehén de un liderazgo unipersonal que tiene como paradigma al propio Sánchez. En su haber está conseguir algo que parecía impensable hace una década: convertirse en la referencia socialista a pesar de tener en contra a la dirección del partido, la mayoría de barones y nada menos que el mismísimo Felipe González. Fue ahí donde empezó a labrarse la leyenda de Sánchez el resistente y nadie puede quitarle ese mérito. Pero ese fue precisamente el principio del fin del PSOE como estructura jerárquica. No comparto del todo eso de que el PSOE empezó a morir el día que se 'podemizó', pero es evidente que las concepciones de antaño ya no valen.

Si Ábalos finalmente deja la secretaría de Organización socialista, será un problema pasajero. Quien la ocupe continuará siendo correa de transmisión de Moncloa, porque el mango de la sartén está en la sede presidencial. No pensemos en un Gobierno sobre el que manda el partido, sino lo contrario. Lo que sí sucede es que Sánchez ha olido la derrota y ahora quiere evitarla tirando de nuevos activos socialistas. Por eso recurre a las alcaldías emergentes, una solución inteligente pero que conlleva también un riesgo: si Sánchez es el lastre, arrastrará en su hundimiento a todos los que se suman a la operación de reflotamiento.

¿Es un problema exclusivo del PSOE? Ni mucho menos. Ahí está Díaz Ayuso: cuando ella arrasa, quien vence no es el PP sino exclusivamente ella misma.