En la imagen. Joe Biden. / EFE

Ojalá sea puro teatro

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

A falta de fuentes directas, uno tiene que limitarse a leer de terceros lo que nos llega del clima de tensión casi prebélico que ahora marca las relaciones entre Ucrania y Rusia. Y lo que nos dicen es que la cosa pinta fea, sobre todo por los andares de la Rusia de Putin, esa autocracia tan dada a extenderse a las bravas por aquellas tierras que no le pertenecen. Nos cuentan que ha desplegado a miles de soldados en la frontera con Ucrania y que la invasión del país vecino es inminente.

Anda el hombre enfadado por la pretensión ucraniana de enrolarse en la OTAN. Hasta ahí, a ojos de un occidental, todo parece encajar. Hay un malo muy malo, que parece obvio, y un bueno muy bueno. Pero de un tiempo a esta parte he de confesar ciertas dudas respecto al rol que juega cada cual.

Aún dejando claro que nada que venga de Putin ni de sus ínfulas imperialistas y totalitarias merece el menor crédito, tampoco termino de entender a qué anda jugando Estados Unidos, instalado desde hace semanas en una espiral dialéctica con la que no hace sino aventar que viene el lobo. No hay día en que no mueva una ficha. Que si les dice a sus compatriotas que dejen el país, que si trasladan al embajador 500 kilómetros más acá... Uno ya no sabe qué creer. Al fin y al cabo, hace años nos dijeron que había bombas de destrucción masiva en Irak y nunca aparecieron.

Por eso me pregunto: ¿Y si al final no estamos más que ante puro teatro, ante el simple juego de dos bloques que andan midiéndose las barbas? ¿O quizás, ante el viejo truco de muchos dirigentes de buscarse un enemigo fuera para ganarse el poco crédito que les queda en casa? De no ser así, ojalá no llegue la sangre al río.