Jaula y arco iris

Nuestra Universidad

12/05/2019

Tres décadas son muy poco en la vida de una universidad. Salamanca presume de sus ocho siglos, Bolonia surgió en el año 1088 y Oxford casi cien años más tarde. Sigue, por tanto, siendo muy joven la de Las Palmas de Gran Canaria, nacida en 1989 desde la integración en la entonces Universidad Politécnica de Canarias de los centros que La Laguna tenía en la capital grancanaria; la universidad tinerfeña haría lo mismo con los que, como Arquitectura Técnica, dependían de la Politécnica y tenían sede en La Laguna. La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria celebra estos días su treinta aniversario con distintos actos y con la mayoritaria consideración de que el esfuerzo ha valido la pena.

Todo ello ocurrió después de un agrio debate político y de relevantes movilizaciones sociales. De una presencia de la reivindicación universitaria en los medios de comunicación que pocas veces ha suscitado un asunto vinculado con el mundo educativo. No dudo que en ese momento hubiera personas y colectivos interesados en utilizar el asunto para estrechos objetivos o para atizar el viejo, pero parece que permanente, pleito insular, pero en la mayoría de ellos y en el conjunto de la ciudadanía solo había la legítima aspiración de contar con una universidad que facilitara el acceso a los estudios superiores. Era, en mi opinión, un objetivo muy noble. Y un hecho muy positivo que la gente se moviera en las calles por la educación pública.

En la Universidad de La Laguna estudié Filosofía y Ciencias de la Educación y en mi regreso a Gran Canaria me encontré con la reivindicación universitaria. Era difícil de entender inicialmente para quienes, como yo, defendíamos una universidad canaria, con campus no solo en Tenerife y con una oferta que respondiera a las necesidades de la población estudiantil de las Islas.

Entonces era escasa la oferta de estudios en Las Palmas de Gran Canaria. Lo que perjudicaba, especialmente, a la gente con menos recursos económicos que no podía permitirse salir de la isla con los costos que conllevaba y conlleva. Lo que frustró muchas vocaciones e hizo que sin ellas muchos alumnos y alumnas estudiaran carreras que sí estaban en Gran Canaria.

Pasiones

La reivindicación universitaria levantó pasiones. Se pronunciaron la totalidad de los ayuntamientos y el Cabildo Insular de Gran Canaria, los partidos políticos, las asociaciones empresariales y los sindicatos, las incipientes asociaciones de padres y madres de alumnos, los colectivos vecinales, en definitiva, prácticamente el conjunto de la sociedad. Y se produjeron manifestaciones multitudinarias, probablemente las más concurridas de nuestra historia. Se organizaron, asimismo, colectivos ciudadanos para su defensa.

Así sucedió en el 82 en la ciudad de Las Palmas, con una nutrida manifestación que apoyaron la totalidad de las fuerzas políticas y sociales de la isla. Salvo la UPC, que se opuso a la misma, acusándola de demagógica e insularista. En su hoja informativa, La Pintadera, tras destacar que la UPC es consciente plenamente de la necesidad de crear nuevos centros universitarios en la isla, así como de potenciar los existentes, y de mejorar la política de becas, así como la de comedores, colegios mayores y residencias universitarias, consideran que todo esto hay que hacerlo “en el marco de una sola y gran universidad canaria descentralizada (...) una sola universidad nacional que en materia cultural, técnica y socioeconómica tenga como horizonte el con- junto del archipiélago y no el veneno insularista y provinciano».

«Y se produjeron manifestaciones multitudinarias, probablemente las más concurridas de nuestra historia. Se organizaron, asimismo, colectivos ciudadanos para su defensa»

Como relato en mi libro UPC. Luces y sombras del nacionalismo autodeterminista canario de los 70 y 80, en Santa Cruz de Tenerife también se convocó una manifestación con caravana de coches. Coincidiendo con la celebración de un pleno en el Cabildo de Insular de Tenerife. En este caso, para oponerse a la creación de la universidad grancanaria y en defensa de la de La Laguna. «A su paso por la sede del Cabildo Insular los consejeros de todas las formaciones, con el núcleo de la futura ATI a la cabeza, suspenden el pleno y salen al balcón del edificio a saludar. Solo los tres consejeros de UPC, Pablo Ródenas, Chago Blancas y José Manuel de Villena Quintero se niegan a sumarse, lo que les costará alguna que otra portada periodística y duros ataques por parte de los medios de comunicación en los días siguientes», recojo en el capítulo titulado ¿Una universidad nacional canaria?

Rubio Royo

Las manifestaciones y reivindicaciones se repetirían en 1988. Estos días he rescatado de la hemeroteca una entrevista que en agosto de ese año le hice en CANARIAS7 al rector de la entonces Universidad Politécnica, Francisco Rubio Royo, que luego sería el primer máximo mandatario de la ULPGC y que merece todos los reconocimientos por su entrega a favor de nuestra universidad. En ella, Rubio Royo asegura que «algo que hubiera sido válido en los 70 o a principios de los 80 ya no lo es hoy. Hubo gente que pensábamos que el modelo regional era posible, pero nos hemos dado cuenta de que por esa vía no vamos a ninguna parte y que hay que trabajar en la línea de adscripción de los centros al Rectorado más cercano». Ese planteamiento se haría realidad con la aprobación en el Parlamento canario de la Ley de Reorganización Universitaria (1989).

La oposición de ATI, luego parte esencial de Coalición Canaria, a la creación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria fue visceral, aunque algunos dirigentes como Manuel Hermoso, que fuera alcalde de Santa Cruz de Tenerife (1979-1991) y vicepresidente (1991-1993) y presidente del Gobierno de Canarias (1993-1999), ha realizado declaraciones que tienen un tono autocritico, reconociendo que se puso solución a un problema.

Por eso, sigo sin entender la ofensiva ausencia del presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, en el acto institucional de conmemoración de los treinta años de creación de la ULPGC, desarrollado a finales del pasado mes de abril, decidiendo asistir a un acto en Tenerife de mucha menor relevancia. Se trata de una grave desconsideración. Y de una actitud que, ni de coña, hubiese tenido en la celebración de un acto similar en la Universidad de La Laguna. Cada cual tiene sus prioridades y preferencias. Y nuestra Universidad nunca gozó del apoyo, más bien todo lo contrario, de las elites tinerfeñas, de la vieja y de la nueva ATI.